Del servicio público a la soberbia del poder

Cuando el cargo se convierte en privilegio
Staff
En la política municipal mexicana existe una frase popular que resume una realidad que los ciudadanos observan con frecuencia: “se suben a un tabique y se marean”. La expresión parece hecha a la medida de muchos alcaldes, regidores y funcionarios que llegan al poder prometiendo cercanía con la gente, humildad y servicio, pero que terminan transformados por los privilegios del cargo.
Cada tres años se repite la misma historia. Candidatos recorren colonias, estrechan manos, escuchan demandas y aseguran que gobernarán con sensibilidad social. Sin embargo, una vez instalados en las oficinas municipales, algunos comienzan a comportarse como si el ayuntamiento fuera una propiedad privada y no una institución al servicio de los ciudadanos.
La prepotencia suele ser el primer síntoma. Vehículos oficiales utilizados para asuntos personales, escoltas convertidos en símbolos de estatus, funcionarios que desprecian a los ciudadanos que los llevaron al cargo y una creciente distancia entre el gobernante y la realidad cotidiana de la población.
El problema no es únicamente de actitud. La soberbia suele venir acompañada de decisiones que favorecen intereses particulares. Contratos asignados a empresas cercanas, familiares incorporados a la nómina pública, licitaciones cuestionadas y un manejo discrecional de los recursos municipales terminan alimentando una percepción de enriquecimiento que difícilmente puede explicarse únicamente con los salarios oficiales.
Mientras tanto, las calles continúan llenas de baches, los servicios públicos presentan deficiencias, la inseguridad preocupa a las familias y las demandas ciudadanas se acumulan en escritorios donde pocas veces reciben respuesta.
Lo más grave es que algunos funcionarios llegan a creer que el cargo les otorga una especie de inmunidad moral. Confunden autoridad con autoritarismo y liderazgo con imposición. Se rodean de aduladores que celebran cada decisión y pierden contacto con las voces críticas que podrían ayudarles a corregir el rumbo.
La historia política mexicana demuestra que el poder es temporal. Los cargos terminan, los gobiernos cambian y las administraciones pasan. Lo que permanece es la memoria ciudadana. Los alcaldes que utilizan el presupuesto para servir a la población son recordados con respeto. Aquellos que utilizan el cargo para enriquecerse, intimidar o satisfacer intereses personales terminan convertidos en ejemplos de lo que no debe ocurrir en el servicio público.
Los municipios necesitan gobernantes que entiendan que los recursos públicos no son patrimonio personal y que la autoridad debe ejercerse con responsabilidad, no con arrogancia. La función pública exige rendición de cuentas, transparencia y cercanía con la ciudadanía.
Porque cuando un político se sube a un tabique y se marea con el poder, quienes terminan pagando las consecuencias son los ciudadanos que confiaron en él para gobernar.









