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Cleopatra no tenía origen egipcio ni se suicidó por amor. Esto es lo que sabemos sobre la última faraona de Egipto

La historia está trufada de personajes que se mueven en la fina línea entre los hechos comprobables y el puro mito, pero en pocos casos la balanza se inclina tanto hacia el lado de la leyenda como en el de Cleopatra. Y es normal. Por si su periplo vital no fuera lo suficientemente fascinante, Roma se encargó de activar su efectiva maquinaria propagandística para hacerla pasar por una femme fatale caprichosa que no dudaba en recurrir al sexo y el asesinato para alcanzar sus objetivos, un perfil maquiavélico que Hollywood no ha dudado en explotar.

La realidad es que (más allá del mito) Cleopatra VII fue un personaje poliédrico y, si bien es cierto que confabuló y no dudó en recurrir al sexo, la confabulación y la violencia, también ejerció como una diplomática talentosa que gobernó su país durante más de dos décadas, un mérito nada desdeñable en su tiempo. 

Su figura nos ha llegado tan adulterada que incluso hemos distorsionado capítulos clave de su vida. Por ejemplo, es bastante probable que por sus ventas no corriese ni una gota de sangre egipcia y todo indica que, si se suicidó (algo que tampoco puede darse por totalmente confirmado), no lo hizo como lo cuenta la leyenda. No hubo un sacrificio desesperado y romántico por la muerte de su amante Marco Antonio. Seguramente ni siquiera la mató una serpiente.

Macedonia y políglota

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Quizás Cleopatra sea la reina más famosa del antiguo Egipto, pero eso no significa que ella fuera egipcia. No en lo que a lazos de sangre se refiere. Su árbol genealógico se remonta a Ptolomeo I Sóter (366-282 a.C.), un noble macedonio que sirvió como general a las órdenes de Alejandro Magno y, tras la muerte de este último, se hizo con el control de Egipto, fundando la dinastía ptolemaica. 

Durante tres siglos sus sucesores controlaron el territorio con altibajos, aciertos y errores, hasta llegar a Ptolomeo XII Auletes, que ejerció casi como rey vasallo de la República Romana. Si por algo es recordado, sin embargo, no es tanto por su reinado como por su truculenta familia: fue el padre de Cleopatra VII.

El dato es interesante porque nos revela algo sobre la futura gobernante egipcia, que nació hacia el año 69 a.C. en Alejandría. Su tronco familiar no enraíza en el delta del Nilo, sino mucho más al norte, en Macedonia. Al menos por vía paterna todo indica que la suya es una etnia macedonia-griega, no egipcia. 

La cuestión es espinosa y lleva tiempo envuelto en un debate difícil de despejar, como explica Joshua J. Mark, de World History Enciclopedia. Primero porque las doce generaciones que transcurrieron desde Ptolomeo I Sóter hasta Cleopatra VII probablemente no se libaron de amoríos e hijos extraconyugales, lo que siembra dudas sobre hasta qué punto se preservó la herencia helénica. Segundo, porque el árbol genealógico de Cleopatra presenta también algunas sombras

No está claro quién fue su abuela, incluso hay dudas sobre la identidad de su madre, aunque suele señalarse a Cleopatra V Trifena. ¿Se colaron en su acerbo otras etnias, como la nubia, o heredó los rasgos que podía tener una macedonia del siglo I a.C.? Si la cuestión no fuera lo suficientemente espinosa, en los últimos años algunos investigadores han sugerido que incluso pudo tener la piel negra, una posibilidad que explotó (no sin revuelo) Netlix en ‘La reina Cleopatra’.

Lo que sí sabemos, gracias a Plutarco, es que Cleopatra fue de los pocos miembros de su familia (si no la única) que se tomó la molestia de aprender egipcio, lo que nos da una pista sobre sus raíces culturales y su inteligencia, una cualidad que también destacaba décadas después de su muerte el cronista griego: «Según se cuenta, su belleza no era de ese tipo incomparable que cautiva de inmediato […], pero había un atractivo en su persona y conversación que, junto con una peculiar fuerza de carácter en cada palabra y acción, hechizaba».

Donde los errores se pagan con sangre

Durante su infancia Cleopatra no solo aprendió a hablar egipcio y adquirió una sólida cultura formal que, siglos más tarde, alabarían los cronistas musulmanes. Desde muy pequeña también comprendió que la vida en palacio está marcada por las maquinaciones, los asesinatos y la violencia, incluso dentro de su familia. 

Cuando todavía era una niña, el padre de Cleopatra tuvo que refugiarse en Éfeso por miedo a una insurrección popular, circunstancia que aprovechó su hermana mayor, Berenice IV, para ascender al trono. Cuando el patriarca regresó a Egipto gracias a la ayuda romana no se contentó con recuperar su palacio y deponer a Berenice. La mandó ejecutar. A ella, su propia hija, y todos sus partidarios.

La joven Cleopatra aprendió que en el palacio los descuidos se pagaban con sangre, igual que la debilidad. Esa lección la pudo aplicar muy pronto. Al fallecer su padre, en el 51 a.C., la joven ascendió al trono de Egipto junto a su hermano pequeño, Ptolomeo XIII, con quien se esposó para cumplir la tradición. Ella tenía 18 años. Él apenas pasaba de los 10. Esa diferencia de edad y su enorme sed de poder le facilitó tomar el control y convertirse en la principal gobernante.

No le duró mucho.

Es probable que el estilo y las formas de Cleopatra disgustasen a los altos funcionarios de la corte de Alejandría, como Potino, quienes probablemente vieron en Ptolomeo XIII una figura más influenciable. El caso es que hacia finales del 50 a.C. algo cambia en palacio. Por primera vez se dicta un decreto en el que el nombre de Ptolomeo antecede al de Cleopatra y poco después la joven reina opta por hacer las maletas y abandonar el país para refugiarse en Siria.

Los errores, ya lo sabemos, se pagaban caros.

Cleopatra And Caesar By Jean Leon Gerome

La historia de Cleopatra pudo haberse terminado entonces, en el exilio, si no fuera porque se solapó con las intrigas que se vivían a casi 2.000 kilómetros de Alejandría, en Roma. Allí Julio César y Pompeyo Magno estaban enzarzados en una guerra que, tras la batalla de Farsalia, llevó a este último a buscar refugio en Egipto. Fue un gran error que le costó la vida y precipitó uno de los encuentros más legendarios de todos los tiempos: el de Julio César y Cleopatra.

Nos explicamos.

Aunque los consejeros de Ptolomeo XIII garantizaron a Pompeyo que podría refugiarse en Egipto, lo cierto fue que en cuanto el líder romano puso un pie en el país lo asesinaron. Corría septiembre del 48 a.C. y el episodio llevó a Julio César a desplazarse a Alejandría, donde se encontró con dos cosas: la cabeza cercenada de Pompeyo y una realeza local revuelta, con Ptolomeo XIII asentado en el trono, Cleopatra reuniendo partidarios para recuperar el poder y una tercera hermana en discordia, Arsinoe IV, maniobrando para defender su propio interés. 

Si Ptolomeo XIII pretendía ganarse el favor de César con el asesinato de Pompeyo, la jugada le salió mal. No solo no consiguió congraciarse con el líder romano, sino que lo acercó a Egipto, donde Cleopatra se las apañó para saltarse su exilio y entrevistarse con él. ¿Cómo? Tirando de ingenio… y teatralidad,

«Cleopatra, acompañada únicamente por uno de sus amigos, embarcó en una pequeña barca y llegó al palacio al anochecer. Como no parecía haber otra forma de entrar sin ser vista, se estiró dentro de una alfombra y Apolodoro, tras atarla, la llevó al interior, donde se la entregó a Julio César. Esta artimaña de Cleopatra, que demostró su descaro, fue lo primero que cautivó a César», relata Plutarco.

Fantasía o realidad, lo cierto es que Julio César decidió apostar por la joven egipcia, desatando la furia de Ptolomeo XIII. La cosa no terminó bien para él. Tras un largo asedio, tuvo que huir y acabó ahogándose en el Nilo. Arsinoe no corrió mejor suerte. Los romanos la capturaron y acabó exiliada en el Templo de Artemisa (Éfeso), donde años después fue asesinada por encargo de Cleopatra.

Ya se sabe, en palacio los errores se pagan caros.

Reina de Egipto, amante de romanos

La anécdota leyenda de la alfombra es el preludio del que probablemente sea el capítulo más popular en la crónica de Cleopatra: su relación con Julio César. En el 47 a.C. ella tenía poco más de 20 años, él pasaba de los 50. Esa diferencia de edad no impidió que la restituida reina egipcia y el líder romano trabaran una relación en la que la seducción se combinaba con el poder y el cálculo político.

Se dice que para celebrar la victoria sobre Ptolomeo, Cleopatra invitó al general un crucero por el Nilo a bordo de un fastuoso palacio flotante en el que acabó de fascinar a César. El episodio sirvió probablemente para reforzar el vínculo.

A Cleopatra le convenía granjearse el apoyo de César para reforzar su poder y devolver a Egipto su antiguo esplendor, recuperando parte de los dominios perdidos en el sur de Siria o Palestina. El líder romano encontró en ella una habilidosa aliada territorial y probablemente la forma de saldar las deudas contraídas en su día por el patriarca de la dinastía, el rey Ptolomeo XII.

¿Cuál fue el resultado de esa conjunción de astros? Cleopatra VII volvió a sentarse en el trono de Alejandría y se convirtió en amante de César, quien ya estaba casado con una aristócrata romana, Calpurnia Pisonis. Ni eso ni las leyes contra la bigamia impidieron que Cleopatra llegase a visitar la ciudad del Tíber, donde se alojó en la villa de César, y se erigiese una estatua en su honor.

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Para cumplir con la tradición Cleopatra tuvo que casarse con uno de sus hermanos pequeños, Ptolomeo XIV, un títere en manos de la reina que no tardó en desaparecer de escena: hacia el 44 a.C. falleció siendo un adolescente en un episodio aún rodeado de incógnitas y una duda eterna: ¿Tuvo algo que ver Cleopatra? ¿Corrió la misma suerte que Ptolomeo XIII y Arsinoe?

El romance con César llegó al punto de que hacia el 47 a.C. la reina egipcia dio a luz a un niño al que llamaron Ptolomeo César, aunque en Alejandría se le conocía de otra forma: Cesarión, «el pequeño César», que incluso la acompañó durante su visita de Estado a Roma. ¿Llegó a reconocerlo Julio? Algunas fuentes afirman que nunca asumió su paternidad, al menos de forma pública y oficial. Otras dicen que sí reconoció el vínculo entre su círculo de colaboradores más íntimos.

El caso es que la suerte de la reina egipcia no tardó en torcerse. 

En el 44 a.C Roma vivió uno de sus episodios más truculentos: el asesinato de Julio César. Su muerte no solo dejó a Cleopatra sin su amante y probable padre de su hijo, también la privó de su gran aliado frente a la creciente animadversión que despertaba entre parte de Roma, algo que se ha encargado de dejarnos claro Cicerón, quien hacia el 45 a.C. se lamentaba del comportamiento «insolente» de Cleopatra al alojarse en la villa de César. «Detesto a la reina», reconoció.

Esa aparente fragilidad no se prolongó mucho tiempo. 

Una vez asentado en el poder, tras la batalla de Filipos, Marco Antonio ordenó a Cleopatra que acudiese a Tarso para asegurarse de que no había participado en el asesinato de César La reina egipcia supo aprovechar la ocasión para ganarse un nuevo aliado en Roma. Se hizo de rogar, planificó el encuentro de forma similar a como lo había hecho años antes cuando se presentó ante César oculta en una alfombra y midió hasta el último detalle para impresionar a Antonio.

Funcionó. 

Ya fuese por su entrada triunfal en la ciudad, a bordo de una barcaza y vestida como la diosa Isis, o por el magnetismo del que nos hablaba Plutarco, todo indica que el militar romano se quedó fascinado al ver a Cleopatra. Para él la heredera de la dinastía de los Ptolomeos representaba además una valiosa aliada para controlar las posesiones orientales de Roma y financiar sus campañas.

El resultado fue algo más que una alianza de gobernantes: la pareja tuvo un romance del que nacieron tres niños. Hacia el 40 a.C. Cleopatra diese a luz a gemelos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene. Unos años después, en el 36 a.C., la pareja aún tuvo un hijo más, al que llamaron Ptolomeo Filadelfo.

Las intrigas de Roma volvieron a cruzarse sin embargo en el camino de Cleopatra, esta vez de una forma trágica para ella su familia.

Muere la reina, nace la leyenda

Que Marco Antonio fuese un valioso aliado para Cleopatra no significa que su posición en Roma fuese infalible. Al contrario. Tras la muerte de Julio César pasó a formar parte de un triunvirato en el que se repartió el control de los territorios de Roma con Marco Emilio Lépido y Augusto Octaviano, hijo adoptivo de Julio. Cuando este último murió asesinado, Augusto era un joven de 19 años, pero con los años su ambición fue creciendo, igual que sus diferencias con Antonio.

De poco sirvió que Marco Antonio y Octaviano limasen asperezas con un pacto que incluía que el primero se casase con la hermana del segundo. Los dos líderes se distanciaron hasta llegar a un punto de no retorno hacia el 34 a.C., cuando Antonio declaró a Cesarión, el hijo que habían tenido Julio y Cleopatra, como el auténtico y legítimo heredero de César. El objetivo: reivindicar su derecho a gobernar frente a Octaviano, relegado así al rol de simple usurpador.

Por si eso no fuera suficiente, Cleopatra fue aclamada como reina y se planteó repartir importantes territorios entre los tres hijos (Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo) que había tenido con Marco Antonio. 

Para contrarrestar ese movimiento político, Octaviano buscó la forma de dinamitar la imagen de su rival. Se apoderó del testamento de Marco Antonio, custodiado en el templo de las vestales, y difundió su deseo de que lo enterrasen en Egipto. Por si eso no fuera suficiente dio alas al rumor de que planeaba quitar a Roma su condición de capital para transferírsela a Alejandría.

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La guerra no tardó en estallar. Con consecuencias nefastas para Marco Antonio y Cleopatra. A pesar de que unieron fuerzas, durante la batalla de Actium, en el 31 a.C., la flota romana de Octaviano logró una victoria que aplastó los sueños de la pareja de afianzar una dinastía de líderes. Hundidos sus planes, derrotados y obligados a plegarse a su enemigo, ambos decidieron quitarse la vida.

La historia dice que Marco Antonio se suicidió con su propia espada. Cleopatra, convertida en una prisionera de Octaviano y ante la perspectiva de verse reducida a un trofeo de guerra, se mató junto a sus sirvientes al dejar que la mordiera una serpiente, aunque esa versión está empañada por algunas dudas. 

¿A qué serpiente recurrió para matarse, una áspid, una víbora, una cobra egipcia…? La serpiente era símbolo de la realiza divina, pero… ¿Y si buscó un veneno menos dramático y más efectivo? Hay quien incluso va más allá y desliza que quizás Cleopatra no se suicidó, sino que fue envenenada por Octaviano.

Lo que parece claro es que, si bien la pasión pudo jugar un papel importante en los últimos días de Cleopatra y Marco Antonio (cuentan que este último se sintió abandonado por su amamante en Actium) en su suicidio no solo influyó el amor. Ambos estaban derrotados y se enfrentaban a un destino incierto. De hecho su fin no fue muy distinto al de Marco Junio Brutus o Cayo Casio Longino, asesinos de César, quienes también se quitaron la vida al caer en la batalla de Filipos.

La muerte de Cleopatra VII no solo acabó con la historia de una de las gobernantes más fascinantes de la antigüedad, también precipitó el fin de la dinastía ptolemaica (Cesarión acabó asesinado en Alejandría y sus hermanastros fueron criados en Roma) y marcó un antes y un después en la historia de su tierra: tras su muerte, Egipto se convirtió en una provincia de Roma.

Más de 20 siglos después la figura de Cleopatra sigue fascinándonos, replicada hasta la saciedad (incluso reinventada) por la industria del entretenimiento. El mayor de todos sus misterios sigue vivo sin embargo en pleno 2026 y aún hoy da pie a nuevas nvestigaciones: ¿Dónde se encuentra su tumba? ¿En Alejandría? ¿En la antigua Taposiris Magna? ¿Permanece oculta la gran reina bajo el mar?

Esa incógnita ayuda a que milenios después su figura conserve su magnetismo, la misma virtud que encandiló en su día a Julio César y Marco Antonio.

Imágenes | Wikipedia 1, 2, 3, 4 y 5

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