Opinión

Política en Violeta 

El Estado en deuda: Wendy y el miedo que no prescribe

Por Malva

Ecatepec vuelve a ser el epicentro de una historia que nos desgarra, pero que sobre todo, nos indigna. El nombre de Wendy, enfermera y sobreviviente, se suma a la lista de mujeres que han tenido que luchar dos veces: primero contra la muerte, tras recibir más de 25 puñaladas, y ahora contra un sistema judicial que procesa expedientes, pero no garantiza vidas.

El silencio cómplice y la saña

Lo ocurrido el 10 de marzo en La Guadalupana no fue solo un «ataque». Fue un intento de aniquilación frente a testigos —familiares del agresor— que decidieron que el parentesco pesaba más que la vida de una mujer. Esa omisión es también violencia. Cuando el entorno calla mientras un hombre apuñaló 25 veces a su pareja, la sociedad entera se desangra.

Wendy sobrevivió de milagro. Pasó un mes en un hospital donde, en lugar de encontrar refugio absoluto, encontró intimidación. Es inaudito que una mujer con órganos vitales comprometidos tenga que resistir presiones para desistir de su denuncia mientras aún sanan sus heridas. ¿De qué lado están las instituciones?

La prisión preventiva no es suficiente

Hoy, Pedro Jared “N” duerme en una celda, pero Wendy no duerme tranquila. La audiencia de vinculación a proceso este 1 de mayo es un momento crítico. Sin embargo, la columna de hoy no es solo sobre el agresor, sino sobre la protección real.

¿Qué significa «protección» para el Estado?

• No son solo patrullas que pasan de vez en cuando por el domicilio.

• No es un papel que prohíbe el contacto (que muchas veces termina siendo letra muerta).

• La protección real es el desmantelamiento de la red de impunidad del agresor.

Si Wendy teme que él salga a «acabar lo que inició», es porque sabe que el sistema es poroso. La justicia en México suele ser una puerta giratoria donde los agresores encuentran rendijas legales, mientras las víctimas viven en una cárcel de pánico constante.

La deuda de Ecatepec

Ecatepec no necesita más discursos sobre el «combate a la violencia de género»; necesita que las mujeres dejen de ser valientes por obligación y empiecen a ser libres por derecho. La pregunta que queda en el aire, y que las autoridades deben responder este 1 de mayo, es: ¿Cuántas puñaladas son suficientes para que el Estado entienda que la vida de Wendy no es negociable?

El caso de Wendy es el espejo de miles. Si ella, que es enfermera y cuida vidas, fue dejada a su suerte en el momento de mayor vulnerabilidad, ¿qué esperanza le queda a las demás?

Pedir justicia para Wendy no es solo una sentencia; es que ella pueda volver a caminar por la calle sin mirar por encima del hombro.

Resulta de una ironía lacerante que Wendy, una mujer dedicada a sanar cuerpos y salvar vidas desde la enfermería, haya sido abandonada por un sistema que no supo curar su miedo ni proteger su integridad.

Mientras ella se desvivía por los demás en los pasillos de un hospital, el Estado permitía que en su propio hogar se gestara una tragedia de 25 puñaladas. Hoy, la justicia mexicana tiene una deuda de honor con sus manos sanadoras: no basta con una celda preventiva; justicia es que quien salvó a tantos, no tenga que pasar el resto de su vida cuidándose de quien intentó arrebatársela. Porque si el sistema no es capaz de cuidar a quienes nos cuidan, entonces el sistema es el que está en estado terminal.

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