Opinión

El Husmeador

Los momentos difíciles en la Secretaría de Educación

En los pasillos de la Secretaría de Educación del Estado de México, donde el murmullo suele anticipar lo que después estalla, conviene leer con frialdad el momento que atraviesa la dependencia encabezada por Miguel Ángel Hernández Espejel. Más allá de los nombres que hoy circulan con ligereza en el radio pasillo, lo cierto es que los movimientos recientes que alcanzan direcciones, supervisiones, subsecretarías y estructuras completas no son menores ni aislados. En un sector históricamente atravesado por equilibrios delicados, cualquier reacomodo toca fibras sensibles y activa intereses que no se disuelven con falsos comunicados ni con la dispersión calculada de culpables que, por ahora, parecen estar en todas partes y en ninguna. Si el episodio de las llamadas “plazas fantasmas” fue apenas un detonante, la magnitud del remezón obliga a algo más que control administrativo: exige lectura política fina y, sobre todo, una estrategia de contención que no dependa de la inercia.

Cuando la rumorología deja de ser ruido y comienza a ordenar nombres, apellidos y responsabilidades en todos los niveles, el problema deja de ser percepción y se instala de lleno en la gobernabilidad interna. La simultaneidad de los frentes abiertos no es un dato menor: implica tensiones cruzadas, actores operando con agendas propias y márgenes de maniobra cada vez más estrechos, incluso para la propia conducción institucional, que comienza a perder claridad sobre el origen de los embates. Y cuando no se sabe con precisión de dónde proviene el golpe, responder de forma fragmentada sólo amplifica el conflicto. La prioridad, entonces, no es reaccionar, sino contener: contener el daño, ordenar los frentes, recuperar la conducción.

En ese contexto, la Secretaría está obligada a operar en varios planos de manera simultánea: reconstruir interlocución efectiva con el magisterio en sus distintas expresiones, delimitar responsabilidades hacia dentro sin ambigüedades y articular una narrativa institucional que ordene, no que persiga el ritmo del escándalo. No se trata únicamente de administrar la coyuntura, sino de recuperar control político sobre ella. Porque si el incendio sigue avanzando sin un dique claro, lo que hoy es una crisis sectorial puede escalar a un problema de mayor calado en el tablero estatal. Y con la antesala electoral de 2027 cada vez más próxima, lo que ocurra en torno a Lerdo 300 no sólo definirá la estabilidad del sistema educativo, sino el equilibrio de fuerzas en un Estado de México donde la educación, históricamente, no sólo forma: también se configura como termómetro y motor de poder.

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