Temíamos que la temperatura del Mediterráneo nos trajera tormentas brutales: Tarragona ya ha vivido la primera
El lunes 24 de agosto de 2026, entre las 17:00 y las 18:30, un sistema convectivo atravesó el Camp de Tarragona descargando muchísima agua y granizo con una virulencia muy pocas veces vista. Cientos de incidencias, cortes de ferrocarril y una inexplicable sensación de incredulidad: los vídeos son alucinantes.
Más o menos a la misma hora, 250 kilómetros más al norte, un tornado supercelular arrasaba Pomas, un pueblo de unos mil habitantes al sur de Carcassonne. La estructura de gancho, el dipolo de velocidad bien ceñido: más de 300 viviendas dañadas y 26 heridos. Si las imágenes de Tarragona son impresionantes, las del Aude parecen directamente ciencia ficción.
Hablamos de dos sistemas independientes, sí. De dos tipos radicalmente distinto de tormenta, también. Pero si los miramos con perspectiva, en seguida nos damos cuenta de que no tanto como parece.
Lo que pasó en Tarragona. El Servei Meteorològic de Catalunya avisó de la posibilidad de lluvias intensas y se intuía que todas las piezas estaban encajando para provocar una tormenta muy intensa, pero la virulencia sorprendió a muchos.
Hay un vídeo circulando (decenas de palomas muertas tras la granizada) que nos sirve como indicador indirecto del tamaño, la fuerza y la velocidad de la piedra. Las 373 llamadas al 112, los 259 incidentes que requirieron a los bomberos y los 30 heridos lo confirman.
El evento, de forma inevitable, recuerda al que el 30 de agosto de 2022 sorprendió a la localidad gironesa de La Bisbal d’Empordà con piedras de hasta 12 centímetros. En aquella ocasión se demostró que el cambio climático multiplicó su fuerza y la hizo más peligrosa. En el fondo, es eso lo que explica que entre 2021 y 2023 se registraron en España tantos episodios de granizo gigante como en los ocho años que van de 2011 a 2019.
Lo que pasó en Francia. A la misma hora, en Pomas (Aude) se organizaba un tornado supercelular clásico de una intensidad estimada entre EF2 y EF3. Es decir, «bastante intenso para Europa», decía el meteorólogo González Alemán. De hecho, esa región no había visto nada igual desde un tornado similar que sorprendió a los vecinos en 1887.
Y el resultado es el esperable porque, llegado cierto punto, da igual que las casas sean de madera o de piedra. Más de 300 viviendas tocadas en un municipio de 1.000 habitantes: tejados arrancados, casas destruidas, vehículos volcados, árboles arrancados. Y miedo, mucho miedo.

¿Y no están conectados? El domingo 23 a las nueve de la noche, ESTOFEX (el experimento europeo de predicción de tormentas severas) publicó un boletín con un nivel 3 dibujado, a la vez, en Cataluña y Occitania. El nivel 3 es el máximo de la escala y se esperaba «granizo de tamaño grande a muy grande» y «tormentas de violencia extrema».
Hablamos del mismo polígono, de la misma masa de aire, del mismo mar bombeando humedad. Lo único que cambió fue la cizalladura (el contraste térmico entre zonas): mientras en Pomas fue suficiente para que dominara la rotación, en Tarragona no y las precipitaciones tomaron el mando de forma muy eficiente.
Llevamos meses hablando de las temperaturas del mar y aquí lo tenemos. Porque, aunque ahora no lo parezca, la de Tarragona no es la «primera tormenta que traer un mar caliente». En todo caso, es la más fuerte de una tanda que se remonta, al menos, al 16 de agosto y que lleva todos estos días causando problemas en la costa catalana.
Pero… ¿qué está pasando aquí? Está bien recordar una vez más que el mar solo aporta combustible, lo que «organiza» ese combustible es la atmósfera. Y precisamente ese es el problema. Como explicaba Víctor Gonzalez, «el Mediterráneo no está para bromas, se lleva diciendo todo el verano. Una vaguada típica y se lía, no ha hecho falta ninguna situación extraordinaria».
Y, con el otoño por delante, «situaciones ordinarias» tendremos muchas. Quizás demasiadas.
Imagen | Bombers de Catalunya
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