Pensábamos que crecer definía al género 'Homo' desde sus inicios. Un análisis masivo demuestra que nos equivocábamos
Durante décadas, la paleoantropología ha intentado descifrar en qué momento exacto de nuestro árbol genealógico dimos el gran «estirón» en nuestra altura para pasar de ser personas relativamente pequeñas a las alturas que vemos a día de hoy en nuestro entorno. La creencia anatómica clásica sostenía que la aparición de nuestro género vino acompañada de un incremento drástico e inmediato del tamaño corporal, pero poco a poco vamos conociendo más detalles exactos.
Un nuevo estudio publicado recientemente apuntan que la evolución de nuestra masa corporal no fue un salto repentino que definió a todos los primeros humanos por igual en un mismo momento, sino un proceso mucho más complejo y escalonado de lo que pensábamos.
Lo que creíamos. Tradicionalmente, varios modelos evolutivos sugerían que el origen del género Homo marcó una frontera anatómica abrupta. Se asumía que los primeros humanos desarrollaron rápidamente cuerpos mucho más grandes que los de los australopitecos, justificando así nuevas adaptaciones locomotoras y energéticas para las nuevas ‘funciones’ que adquiriríamos en el día a día.
Para poner a prueba estas hipótesis en competencia, el equipo de investigación no se ha limitado a comparar las estimaciones de fósiles de manera aislada, sino que han usado herramientas estadísticas avanzadas en un conjunto de datos compuesto por 386 especímenes que abarcan 21 taxones distintos. Este rigor metodológico permite no solo comparar tamaños brutos, sino tener en cuenta la no independencia filogenética, la variación de tamaño dentro de una misma especie y los márgenes de incertidumbre inherentes al propio registro fósil.
¿Cuándo dimos el estirón? Los resultados del análisis son estadísticamente contundentes y reescriben el consenso previo, puesto que, en contra de las hipótesis clásicas, los investigadores encontraron un soporte muy débil a la idea de que el aumento de tamaño fuera una característica definitoria y transversal a todo el género Homo.
En su lugar, los datos muestran una fuerte evidencia de que el aumento marcado de la masa corporal se produjo exclusivamente en especies de Homo posteriores, excluyendo explícitamente al Homo habilis. Es decir, los primeros representantes de nuestro género seguían manteniendo un tamaño relativamente modesto y el verdadero salto biológico que nos llevó a escalar nuestras proporciones corporales ocurrió más tarde en el linaje evolutivo.
No era tan simple. Tal y como apunta New Scientist, comprender el tamaño corporal es fundamental para entender nuestro pasado. Sin embargo, para el rigor científico, el artículo de PNAS se erige como la fuente primaria imprescindible frente a las lecturas más generalistas, puesto que, mientras hay voces que tienden a buscar narrativas de «causa y efecto» inmediatas, los datos biológicos estrictos de este estudio demuestran que la evolución humana rara vez funciona con cambios que se den de la noche a la mañana todos de golpe.
Es por ello que este trabajo elimina el «ruido» de especulaciones previas al integrar múltiples variables en un único marco analítico, y el resultado es que fueron las presiones selectivas y millones de años los que modelaron la fisiología y el tamaño del ser humano moderno.








