Pensábamos que la clave para matar un mamut era la puntería de un arma letal. Ahora sabemos que no podíamos estar más equivocados

Hace más de un siglo, los arqueólogos estaban convencidos de que el llamado Hombre de Piltdown era el «eslabón perdido» de la evolución humana. Tuvieron que pasar más de 40 años para demostrar que se trataba de un fraude construido con un cráneo humano y la mandíbula de un orangután. Desde entonces, la arqueología ha aprendido una lección incómoda: incluso las teorías que parecen indiscutibles pueden derrumbarse cuando aparecen nuevas pruebas.
La gran certeza que se tambalea. Durante décadas, los libros de arqueología han presentado a la cultura Clovis como los grandes cazadores de mamuts de Norteamérica. La imagen era sencilla: grupos de cazadores armados con propulsores de lanzas, conocidos como atlatl, capaces de abatir enormes animales desde una distancia relativamente segura.
Sin embargo, dos estudios publicados recientemente cuestionan esa reconstrucción y obligan a replantearse una de las escenas más icónicas de la prehistoria americana.
El arma que nunca apareció. El primer estudio pone el foco sobre el atlatl, esa especie de prolongación del brazo que multiplica la velocidad y el alcance de una lanza. Durante años se asumió que los Clovis lo utilizaban para cazar mamuts, aunque existía un detalle sorprendente: jamás se ha encontrado un solo atlatl en un yacimiento Clovis.
Mediante modelos estadísticos, los investigadores concluyen ahora que esta tecnología probablemente no apareció en América hasta unos 4.000 años después de que desapareciera esta cultura, un desfase demasiado grande para seguir sosteniendo la teoría tradicional.

Sin rumbo. La consecuencia de ese vacío arqueológico es tan llamativa que el propio autor del estudio, el arqueólogo Metin Eren, la resume con una sinceridad poco habitual en un artículo científico: «No tenemos ni idea de qué demonios usaban». Porque si los Clovis no empleaban atlatls, solo quedan hipótesis.
Tal vez cazaban con jabalinas o lanzas de empuje, lo que habría obligado a acercarse mucho más a animales de varias toneladas y asumir un riesgo enorme. Paradójicamente, cuanto más se investiga sobre una de las culturas mejor conocidas de América, menos certezas existen sobre el arma con la que sobrevivía.
O no eran tan “cazadores”. El segundo estudio lleva esa revisión todavía más lejos. Tras analizar los quince yacimientos donde han aparecido puntas Clovis junto a restos de mamuts, mastodontes o gonfoterios, los investigadores concluyen que ninguno demuestra de forma inequívoca que esos animales fueran abatidos por seres humanos.
Las mismas marcas sobre los huesos y las mismas puntas rotas pueden producirse tanto tras una cacería como al aprovechar el cadáver de un animal que ya había muerto, un problema conocido en arqueología como equifinalidad.
Cazadores… o carroñeros. Por supuesto, los autores no sostienen que los Clovis nunca cazaran mamuts. Lo que afirman es que las pruebas actuales tampoco permiten descartar que, en muchas ocasiones, actuaran más bien como carroñeros oportunistas. De hecho, recuerdan que nunca se ha encontrado una punta Clovis incrustada en un hueso de mamut, una evidencia que sí existe en yacimientos euroasiáticos mucho más antiguos.
Incluso reinterpretan un famoso estudio isotópico sobre un niño Clovis, proponiendo que los elevados niveles de nitrógeno podrían explicarse por el consumo de larvas procedentes de cadáveres y no necesariamente por una dieta basada casi exclusivamente en carne de mamut.
La arqueología cambia certezas por preguntas. Ambos trabajos reflejan un cambio de tendencia en la investigación sobre la prehistoria. Durante décadas bastaba con que una explicación resultara razonable para convertirla en el relato dominante.
Hoy los investigadores exigen pruebas mucho más sólidas y están revisando algunas de las ideas que parecían mejor asentadas, desde las armas utilizadas por los primeros americanos hasta el papel que desempeñaron en la desaparición de la megafauna del final de la Edad de Hielo. A veces el mayor avance científico no consiste en encontrar una respuesta nueva, sino en reconocer que la antigua nunca estuvo realmente demostrada.
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