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Precios al nivel de Roland Garros, palcos VIP vacíos y la sombra de las apuestas: el raro ambiente del Mutua Madrid Open

La Caja Mágica es, sobre el papel, uno de los recintos tenísticos mejor concebidos del circuito en España. Instalaciones modernas, pistas de primera, organización cuidada. Y sin embargo, cada edición del Mutua Madrid Open desata la misma conversación: ¿por qué las gradas están tan vacías? ¿Por qué el ambiente se parece más al de un evento corporativo que al de un Masters 1000? Las respuestas son incómodas y señalan en direcciones muy concretas.

Qué es el Open de Madrid. El Mutua Madrid Open celebra en 2026 su 25ª edición. Desde 2009 se disputa en la Caja Mágica, el recinto diseñado por Dominique Perrault en el Parque Lineal del Manzanares, y desde 2019 lo dirige Feliciano López, que compagina ese rol con sus últimas temporadas como jugador profesional. Es un torneo Masters 1000 combinado, lo que significa que acoge simultáneamente el cuadro masculino ATP y el femenino WTA: uno de los nueve eventos de esa categoría en el mundo, un escalón por debajo de los cuatro Grand Slams.

Los precios. Las entradas para el Estadio Manolo Santana, la pista central del torneo, con aforo para algo menos de 10.000 espectadores, oscilan entre los 10 euros en las primeras jornadas y los 176 euros en semis y final. No son números escandalosos, pero en Roland Garros, las entradas para el cuadro principal con asiento asignado en la pista Philippe-Chatrier (el equivalente al Manolo Santana, con capacidad para más de 14.000 espectadores) parten de 95 euros en sesiones de día. Las entradas para las semifinales arrancaban en 120 euros, y la final en 220 euros. 

Dicho de otro modo: la semifinal del Grand Slam de tierra más importante del mundo tiene un precio similar al que pide Madrid para un partido de rondas finales en un Masters 1000. Y París es París. Desde aquí, los precios se disparan: un abono de segunda semana tiene precio de salida de más de 850 euros, lo que sitúa al Madrid Open en una liga de exclusividad que su peso en el circuito no termina de justificar.

Además, el modelo de venta (sesiones separadas, estadios con acceso diferenciado, multiplicación de categorías premium) convierte la compra de una entrada en un laberinto para bolsillos holgados.

Cuando el VIP está vacío. En mayo de 2024, una de las imágenes más comentadas en redes fue la estampa de los palcos VIP del Manolo Santana durante la final femenina, disputada entre las dos mejores tenistas del mundo en aquel momento, con decenas de localidades vacías. Las quejas de los aficionados se dirigieron especialmente a esa zona, ocupada en gran parte por invitados, con una escasa asistencia que era visible tanto en partidos de menor tirón como en los encuentros con las figuras más populares del torneo: las entradas se agotan rápido, los revendedores disparan los precios, y al mismo tiempo hay decenas de butacas reservadas para invitados que acaban por no aparecer.

Platinum Seats 1

Problemas de imagen. Fuera, el torneo proyecta una imagen exclusiva y aspiracional. Pero dentro, las gradas vacías no pasan desapercibidas. Cuando el propio Feliciano López habló este mes de las polémicas por las invitaciones, su explicación apuntó directamente a la estructura propietaria del evento: «Los dueños del torneo no somos nosotros; son otras empresas, con otros intereses, clientes a los que tienen que ayudar». 

Tenis y networking. La propia web oficial del torneo describe sus espacios premium como ideales para combinar «ocio, deporte y networking con la idea de satisfacer las necesidades de los aficionados más exigentes». No es un despiste en la redacción, es que ese es el modelo de negocio: en un torneo con la tradición relativamente corta del madrileño, queda aún más patente el desequilibrio entre el espacio concebido como experiencia social y como espectáculo deportivo. El resultado es un ambiente que los aficionados de toda la vida critican con frases como «voy para sacarme la foto, el tenis me da igual». Asistir al Open se ha convertido en una cita social donde el tenis es el decorado. 

Apostadores en las gradas. Otro tipo de networking: en el Madrid Challenger de 2025 (un torneo de categoría menor disputado en el Club de Campo) los incidentes relacionados con apostadores marcaron la semana entera. Durante los cuartos de final, se escuchaban comentarios como «Gaubas me va a pagar» mientras los asistentes miraban sus teléfonos para consultar apps de apuestas en vivo. El tenista eslovaco Norbert Gombos llegó a parar el partido para increpar directamente a un grupo de jóvenes en las gradas. Era una semifinal, y una escena difícil de imaginar en Roland Garros o en Wimbledon.

El director de Integridad de LaLiga advertía que el tenis y el baloncesto son los deportes donde la presión de los apostadores sobre el ambiente en las gradas se hace más evidente, por el ritmo del juego y la proliferación de mercados de microeventos (apuestas punto a punto, por juego, por set). El público ya no anima por afición: se está exaltando o enfureciendo en función del dinero que gana o pierde. Una actitud que degrada el ambiente de un deporte que exige concentración y silencio.

El drama. Ni el Madrid Open es un fracaso ni la Caja Mágica es un mal recinto. Pero hay dudas sobre el modelo de torneo que se ha construido: precios que dejan fuera al aficionado medio, gradas que parecen salas de reuniones corporativas, una política de invitaciones poco cuidada y resultados que dan mala imagen… una atmósfera que no acompaña a la calidad del tenis que se juega sobre la pista.

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