PAN mexiquense: entre el cálculo político y la ausencia de oposición

El Husmeador
En el Estado de México, donde la vida política atraviesa una etapa de reconfiguración tras la llegada de Delfina Gómez Álvarez al gobierno estatal, la oposición enfrenta un reto fundamental: definir si su papel será realmente el de contrapeso o simplemente el de espectador prudente del nuevo poder. Hasta ahora, todo indica que el Partido Acción Nacional ha optado por lo segundo.
Los coordinadores panistas, Pablo Fernández de Cevallos González y Anuar Azar Figueroa, parecen más concentrados en analizar las implicaciones políticas de cada movimiento que en asumir una postura clara frente a los problemas que enfrenta la entidad. Su estrategia aparenta basarse en el cálculo: no confrontar demasiado, no incomodar al nuevo gobierno y mantener abiertas las puertas de negociación.
En términos estrictamente políticos, algunos podrían llamarlo pragmatismo. Pero para muchos ciudadanos y militantes panistas, esa prudencia empieza a parecer más a una preocupante falta de oposición.
Porque mientras la dirigencia del Partido Acción Nacional mide costos y beneficios políticos, los problemas del estado siguen ahí: inseguridad persistente, cuestionamientos sobre la eficiencia de los servicios públicos y crecientes inconformidades en sectores como salud y seguridad social. En ese contexto, la ausencia de una voz firme desde el Congreso local resulta, cuando menos, desconcertante.
La lógica detrás de esta postura parece clara: en un estado donde Morena concentra el poder político, algunos sectores del panismo consideran que confrontar frontalmente al gobierno podría aislar al partido y reducir aún más su margen de influencia. Cooperar selectivamente, bajo esta visión, permitiría conservar espacios y participar en decisiones relevantes.
El problema es que esa estrategia tiene un costo político evidente: la pérdida de identidad como fuerza opositora. Un partido que evita incomodar al poder termina corriendo el riesgo de volverse irrelevante para los ciudadanos que esperan una representación crítica y vigilante.
La política democrática necesita acuerdos, sin duda. Pero también necesita contrapesos. Cuando los partidos opositores se limitan a administrar su presencia institucional sin ejercer una vigilancia real, la discusión pública se empobrece y el equilibrio del sistema político se debilita.
Por eso la pregunta que empieza a resonar dentro y fuera del panismo es inevitable: ¿hasta dónde llega el pragmatismo y dónde comienza la complacencia?
Si el Partido Acción Nacional aspira a reconstruirse como una alternativa real en el Estado de México, difícilmente lo logrará desde la tibieza política. El cálculo puede ser útil en el corto plazo, pero la historia electoral demuestra que los partidos que renuncian a confrontar al poder terminan perdiendo algo más importante que una negociación: pierden su razón de ser como oposición





