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El Tribunal Superior de Justicia de Canarias multa a un abogado por citar hasta 48 sentencias falsas. Se las había sugerido la IA

La escena parece sacada de Ally McBeal: un abogado presenta un recurso de apelación ante la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de Canarias contra un fallo de la Audiencia Provincial de Santa Cruz de Tenerife. Dentro hay 48 citas de sentencias del Tribunal Supremo y un informe del Consejo General del Poder Judicial que, simple y llanamente, no existen. Se los sacó de la manga ChatGPT, ni siquiera una herramienta de IA diseñada para el ámbito jurídico. Un invent de toda la vida.

El letrado nunca comprobó que los números de sentencia, las fechas y los identificadores existieran efectivamente, ni cruzó los datos con el Cendoj, la base de jurisprudencia gratuita y de acceso universal. ¿El resultado? Una multa irónica, 450 euros, en base a calcular la mitad del coste anual de una suscripción a una IA jurídica fiable. Es decir, el TSJ le tiró de las orejas con una sanción simbólica para que no se le olvidase el espanto.

Es tan común que duele. La IA inventan sin parar. Y más en lo legal, donde la jurisprudencia lo es todo. Steven Schwartz, en Nueva York, sancionado en 2023 con 5.000 dólares por citar resoluciones inventadas por ChatGPT. Tres abogados en Alabama, apartados de un caso por la jueza Annemarie Carney Axon tras colar cinco citas falsas. Un letrado en Utah, obligado a pagar las costas de la parte contraria y donar 1.000 dólares a una ONG legal. En España, el Tribunal Constitucional reprochando «falta del debido respeto» a un abogado que citó literalmente pasajes de 19 sentencias del propio tribunal que jamás existieron.

En julio de 2026, el TSXG de Galicia impuso 1.800 euros —el doble que Canarias, cinco meses después— por 24 referencias inventadas o manipuladas en un recurso laboral, alegando falta de «control humano consciente y efectivo» según la Instrucción 2/2026 del CGPJ. Solo un caso, en el TSJ de Navarra, se archivó sin sanción porque la letrada rectificó a tiempo. Que sí, que los abogados de IA ganan juicios, pero sin supervisión, yaceremos en un limbo legal.

Ya lo sabíamos. El estudio Large Legal Fictions de Stanford RegLab, sobre 800.000 preguntas jurídicas verificables, encontró tasas de alucinación de entre el 58% (GPT-4) y el 88% (Llama 2) al pedir datos concretos sobre casos judiciales reales. La siguiente entrega, «Hallucination-Free?», auditó las herramientas jurídicas premium que prometían cero errores: Lexis+ AI falló el 17% de las veces, Westlaw AI-Assisted Research el 33%, y GPT-4 sin adaptar, el 43%. Ni las plataformas de pago se libran.

Es más, la consultora IA Dreadnode probó 22 modelos frontera y comprobó que todos menos uno hicieron trampas, al menos una vez, tomando atajos, como si fueran estudiantes de primaria. Esa imagen de abogado laboral que termina enterrado de libros y recortes de prensa antediluvianos dista varios kilómetros de la abogacía digital actual: ahorrar tokens es lo que les compensa. Y enseñarte anuncios.

¿Y ahora? Hemos progresado. Claude 5 Fable o la versión 5.6 de ChatGPT han presentado mejoras. El Vectara HHEM Leaderboard, cuyo objetivo es medir la fidelidad al resumir documentos situaba a GPT-5.5 en torno al 9,3% y Claude Opus entre el 4% y el 6%, muy lejos del 17%-43% que registraban las herramientas jurídicas premium en el estudio de Stanford de 2024. Pero lo de inventar jurisprudencia sigue igual de roto: una guía jurídica de 2026 dirigida a abogados en ejercicio sigue citando tasas de alucinación del 69% al 88% en consultas legales.

Juniors enseñando a seniors. Y esto genera trastorno de poder. El becario enseña y el jefe de producto firma sin mirar: un análisis reciente sobre cómo la IA desordena el poder cita el caso de McKinsey, que ya opera con 25.000 agentes de IA junto a 40.000 empleados humanos, y estima que el 58% de las horas de trabajo en Europa serían técnicamente automatizables ya mismo. El abogado de Canarias es ese tipo de senior: confiar en un output plausible y no contrastar.

Fe ciega. Un estudio del MIT pidió a 300 personas evaluar respuestas médicas de un profesional, una plataforma digital y una IA. Ya te imaginas el resultado: los participantes calificaron las respuestas de la IA como más completas y fiables, incluso sabiendo que uno de cada cuatro diagnósticos era incorrecto. Otra encuesta encontró que el 23% de los estadounidenses confía más en el juicio médico de una IA que en el humano. En España, un 18% ya acude a consulta porque una IA se lo recomendó. Los académicos llaman a esto sesgo de automatización: la tendencia a preferir respuestas rápidas frente a la verificación que exige tiempo.

Aún sobrevive el criterio. El último estudio del Pew Research Center mostró que el 52% de los estadounidenses se siente ahora más preocupado que entusiasmado por la creciente presencia de la IA en su vida diaria, frente al 37% de 2021. Solo el 9% se declara más entusiasmado que preocupado. Perder agencia, perder sentido crítico, es algo que trasciende el lenguaje (legal), porque es una percepción sensorial.

Imágenes | Flickr (Basictell, TSJC)

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