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La ciencia ya lo ha confirmado: el cerebro de los padres también cambia al tener hijos

Se habla mucho del cerebro de las mujeres cuando tienen hijos. Nada más comenzar el embarazo, el cerebro empieza a experimentar esos cambios que, con el tiempo, las convierten en supermamis capaces de distinguir el llanto de su hijo entre el de muchos más. Incluso reaccionan más fuertemente al llanto de sus bebés que al de sus parejas. Estas supermamis desarrollan una capacidad increíble para detectar si su pequeño las necesita en mitad de la noche y pueden compartimentalizar sus tareas para que siempre haya un hueco para la crianza. El cerebro cambia muchísimo, desde luego. Pero el cerebro de los padres también cambia. Obviamente, no hay cambios hormonales debidos a ningún embarazo, pero su cerebro se adapta para atender a esa nueva vida que llega al mundo.

Por ese motivo, no hay excusas. Los padres están tan capacitados biológicamente como las madres para atender las necesidades de sus hijos. Si un padre no sabe el nombre del pediatra, ni dónde se guardan los pañales, posiblemente sea porque no ha querido aprenderlo. 

Reconfiguración de la materia gris en el cerebro de los padres

Este 2026, se publicó un estudio en el que se analizaba mediante resonancia magnética funcional el cerebro de 25 padres recientes en las semanas 1, 3, 6, 9, 12 y 24 después del parto. Así,se observó que en las seis primeras semanas se redujeron drásticamente el volumen de materia gris en zonas como la ínsula, el hipocampo y los lóbulos occipital, frontal, temporal y parietal. La pérdida de materia gris puede sonarnos a que se hacían más tontos, pero nada más lejos de la realidad. Estaban reconfigurando su cerebro. 

Por eso, tras esas primeras seis semanas el proceso se estabilizó, para comenzar a convertirse en un ascenso de los niveles de materia gris a partir de la semana 12, sobre todo en la corteza frontal y el cerebelo. Básicamente, se cree que se estaba dando una poda neuronal. Las conexiones cerebrales que no son útiles se eliminan para invertir más energía en reforzar aquellas que serán esenciales en esa nueva vida. Es un proceso que ocurre a todas las personas a lo largo de la adolescencia, pero que puede ocurrir en situaciones específicas como la paternidad. 

De hecho, se vio también un gran cambio en las conexiones del cerebro de los padres. Por ejemplo, la amígdala, directamente involucrada con el procesamiento emocional, reforzó mucho sus conexiones con otras regiones del cerebro.

Todo estos datos se añaden a los de otro estudio previo, de 2014, en el que se observó un aumento en el volumen de materia gris en las regiones del cerebro involucradas en la motivación y en la recompensa. Básicamente, se estaba potenciando la motivación de los padres para cuidar a sus hijos. Esto es algo que nos ha hecho crecer como especie evolutivamente. Los sistemas de recompensa nos hacen sentirnos bien ante situaciones que son buenas para nosotros, como tener sexo o comer chocolate. El sexo nos ayuda a perpetuar la especie y el chocolate nos aporta mucha energía. Cuidar a los hijos también es beneficioso para nosotros, aunque a veces puede ser muy cansado, por lo que la motivación a través de los sistemas de recompensa es esencial.

Curiosamente, todas estas reconfiguraciones en el cerebro son más intensas en los padres que se implican más en el cuidado de los hijos. Vamos, que el cerebro se puede entrenar para ser un buen padre. Cuanto más se practica, más sencillos se van haciendo los cuidados. 

Padre y bebé

Los padres más implicados en la crianza son los que más cambios experimentan

También es una cuestión de hormonas

Los cambios hormonales son más intuitivos en las mujeres, ya que a menudo están asociados al embarazo. Sin embargo, en los hombres también hay cambios en sus niveles de hormonas una vez que se convierten en padres. De hecho, se ha observado que en los primeros años de vida de sus hijos caen los niveles de testosterona, mientras que aumentan los de oxitocina. Esto, lejos de ser malo o de robar la virilidad, como habrá quien se aventure a pensar, es esencial para desarrollar la paciencia y el apego hacia los hijos. 

Solo hay un pero

Cabe destacar que, generalmente, estos estudios se llevan a cabo con pocos participantes y, además, solo con padres que sí se implican en la crianza en mayor o menor medida. Los padres ausentes, esos que creen que con poner el espermatozoide ya hicieron suficiente, no se prestan voluntarios para saber cómo cambia su cerebro con la paternidad. Por suerte, cada vez hay más padres que sí que se involucran adecuadamente, pero los que no lo hacen siguen existiendo. 

Ese es el principal hándicap de estas investigaciones. De todos modos, está claro que el cerebro cambia y que se puede entrenar, así que seguro que incluso ellos podrían convertirse en superpapis si quisieran. O simplemente en padres. No es necesario ser un superhéroe ni una superheroína. Basta con implicarse en los cuidados con igualdad. El cerebro está preparado de sobra, solo hay que ponerse a usarlo. 

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