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"Nunca somos tan felices ni tan desdichados como creemos": qué quería decir el filósofo La Rochefoucauld al hablar sobre la felicidad

Ponte en situación. Llegas a la oficina pensando que será un miércoles más de marzo cuando de repente tu jefe te dice que la empresa ha decidido ascenderte y (de paso) doblarte el sueldo. No solo eso. Mientras compartes la noticia con tus colegas notas que el móvil vibra en el bolsillo, lo sacas y te encuentras con que esa chica por la que llevas meses suspirando acaba de invitarte a cenar. Dopamina por las nubes. Chorreo de endorfinas. Te sientes el rey del mambo y es lógico, ¿no? Al fin y al cabo si existe la felicidad debe ser algo muy parecido a eso.

Desde la Francia del siglo XVII François de La Rochefoucauld, un aristócrata al que le gustaba llenar cuartillas con sus reflexiones, tiene un mensaje para ti: «Nunca somos tan felices ni tan desdichados como nosotros creemos».

¿Por qué hacemos lo que hacemos? Una pregunta parecida a esa se hizo en la Francia del XVII François de La Rochefoucauld, político, aristócrata, literato y un agudo moralista de ingenio afilado. Responderla le llevó tiempo y dar forma a una obra fascinante, Máximas, una colección de reflexiones breves con las que el autor busca básicamente «retratar el corazón del hombre». Es curioso lo que dice. Y es curioso también cómo lo dice, recurriendo a un tono perspicaz, irreverente (por veces incluso descarnado), pero en el que ante todo prima la sinceridad.

Para muestra un botón. Cuando La Rochefoucauld intenta aclarar qué es la amistad, llega a la siguiente conclusión: «No es más que un pacto, un respeto recíproco de intereses y un intercambio de favores; en resumidas cuentas, una relación en la que el amor propio siempre se propone ganar algo». ¿Duro? No más que cuando observa, en la misma obra, que «los viejos gustan de dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en condiciones de dar malos ejemplos».

Buscando la felicidad. Si hay una idea que se repite con frecuencia en Máximas es la de la felicidad. ¿Qué es? ¿Cómo alcanzarla? ¿Cómo actuar ante ella? Al intentar responder esas preguntas el filósofo galo deja reflexiones como esta: «La felicidad estriba en nuestro placer y no en las cosas. Somos felices por poseer lo que amamos y no por poseer lo que los demás consideran deseable». Y por si no quedase lo suficientemente claro, insiste unas páginas más adelante: «Cuando no se encuentra la paz en uno mismo resulta inútil buscarla fuera».

Hay sin embargo una ‘máxima’ de La Rochefoucauld que resuena con una rotundidad especial en pleno 2026: «Nunca somos tan felices ni desdichados como creemos». En ella el filósofo nos recuerda que no importa si nos sentimos invadidos de placer por un ascenso, una subida de sueldo o la perspectiva de una cita con nuestro crush. Tampoco si tenemos el ánimo por los suelos. En ambos casos lo más probable que el cerebro nos ‘engañe’, adulterando la realidad.

¿Y es eso cierto? Para responderlo viene bien volver al ejemplo con el que arrancábamos este artículo. Imagínate que efectivamente acaban de ascenderte y tu sueldo se ha multiplicado por dos. ¿Te garantiza eso la felicidad eterna? ¿No es probable que con el paso de la semanas te acomodes a tu nuevo puesto y salario? Lo mismo con tu cita. Si empiezas una relación, ¿no acabará incorporándose ese romance a tu ‘normalidad’? Ni siqueira hay que irse a ejemplos tan extremos. ¿No acaba evaporándose el subidón que sientes cuando te compras un coche?

Hace unos meses la coach Hailey Magee compartía su propia experiencia en Medium. Durante toda su vida Magee había soñado con publicar un libro, un objetivo con el que ya fantaseaba cuando era una niña. El día en que cerró un contrato con una editorial de Nueva York se sintió pletórica, pero esa sensación fue efímera. A los pocos días su cerebro estaba ocupada por cuestiones mucho menos edificantes: ¿Tendría éxito el libro? ¿Era lo suficientemente bueno? ¿Qué tareas le quedaban por delante antes de dar el manuscrito por finalizado? 

«En el momento en el que alcanzaba cada nuevo objetivo, la tierra prometida se desvanecía bajo mis pies», ironiza. Las alegrías eran efímeras. No desaparecían ni se estropeaban. Sencillamente daban paso a objetivos y propósitos nuevos.

La «cinta de correr hedónica». La experiencia de Magee tiene poco de sorprendente. Responde a una característica humana que los expertos conocen desde hace bastante tiempo: la «adaptación hedónica», la tendencia que nos lleva a retornar una y otra vez a un estado de felicidad relativa y estable. No importa si te ocurre algo buenísimo o una desgracia. Lo normal es que acabes retornando a un sentimiento base. Igual que si estuvieses avanzando en una cinta de correr.

«Incluso nuestros mayores éxitos se convierten en nuestra nueva normalidad y terminamos persiguiendo el siguiente hito solo para sentirnos iguales», explica la coach. Esa capacidad de adaptación en la que los deseos se modelan nos impulsa a progresar, pero también representa un arma para quienes pretenden explotar nuestra capacidad para habituarnos al placer y la búsqueda de gratificaciones.

¿Lotería o accidente? Quizás suene abstracto, pero se entiende mejor al repasar el experimento realizado en los años 70 por Philip Brickman y Donald Campbell. Para su prueba escogieron a un grupo de personas a las que les había tocado la lotería y otro de gente que había quedado en silla de ruedas por un accidente. Luego investigaron cómo evolucionaban sus niveles de felicidad.

¿Qué descubrieron? ¿Había aumentado de forma permanente la sensación de felicidad de los premiados con la lotería mientras los segundos (aquellos que habían sufrido lesiones graves) experimentaban la sensación contraria?

Respuesta: no. «Descubrieron que los participantes del estudio se adaptaban tanto a los cambios positivos como a los negativos y su felicidad general tendió a estabilizarse con el tiempo», recuerda Magee antes de aclarar que esa ‘adaptación hedonista’ es fruto de una serie de procesos psicológicos entre los que se incluye la capacidad de «habituación», la misma que disminuye nuestra respuesta emocional ante estímulos a los que nos enfrentamos de forma reiterada.

La teoría ha recibido algunas críticas, pero ayuda a entender a qué se refería La Rochefoucauld cuando nos advertía de que ni somos tan felices cuando nos sentimos pletóricos ni tan desgraciados cuando nos sentimos deprimidos.

Ojo con las expectativas. Las palabras del francés no solo conectan con cómo afrontamos las circunstancias que nos van saliendo en el camino. También es interesante para las que asoman en el futuro y nos generan expectativas. 

Sobre ese tema advertía en 2024 Emmanuel Ferrario: «Nos enfocamos demasiado en lo que creemos que vamos a sentir y subestimamos nuestra capacidad de adaptación. Cuando queremos predecir cómo nos va a afectar un evento nuestra tendencia es a verlo de forma aislada, como una visión de túnel. Lo increíble es que nos pasa tanto con experiencias positivas como negativas».

Ya lo decía La Rochefoucauld: no importa qué te haya pasado, si te sientes exultante o tienes la moral por los suelos: ni eres tan dichoso como crees cuando te sientes pletórico ni desgraciado como cuando sientes que el mundo se acaba.

Imagen | Wikipedia

Vía | Trendencias

En Xataka | Qué quería decir el filósofo Demócrito al afirmar: «El que todo lo aplaza no dejará nada concluido ni perfecto»

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