En 2026 todos vivimos agobiados y sin tiempo para nada. En el año 55 Séneca ya lo sabía: "La mayor rémora es la espera del mañana"

Ni la guerra, ni el hambre, ni el amor. Tampoco el odio, la amistad o la enfermedad. Si hay algo que realmente nos haya inquietado a los humanos a lo largo de los siglos es el paso del tiempo. Todos (del más rico al más miserable) llegamos al mundo con los días tasados. Antes o después se nos acaba la cuerda sin que nadie pueda evitarlo. Así de simple. De hecho (y por cruel irónico que suene) esa es una de las poquísimas certezas que podemos abrazar durante nuestra existencia, sea esta más o menos extensa: no hay vida sin muerte.
No es nada nuevo. Hace ya siglos los filósofos se dieron cuenta de que, en cierto modo, a medida que avanzan nuestras vidas lo hace también nuestra muerte.
Si el tiempo es escaso deberá ser valioso (igual que ocurre con los metales preciosos o gemas) y todo lo valioso acarrea siempre un desafío. ¿Cómo diablos gestionarlo? ¿Cómo sacarle el mayor provecho? Es más, ¿por qué intentar sacarle ‘el mayor provecho’? ¿Son más felices quienes se empeña en hacer de su tiempo algo útil y provechoso que quienes ven pasar los días tumbados en la playa?
Séneca al rescate

Hace unos cuantos siglos, allá por el año 55 de nuestra era, hubo un filósofo latino (nacido en Corduba, lo que hoy es Córdoba y entonces actuaba como capital de Hispania Ulterior) que se planteó estas mismas cuestiones.
Su nombre era Lucio Anneo Séneca y las respuestas que fue encontrando quedaron plasmadas en obras como ‘De brevitate vitae’, un texto dedicado a un tal Paulino (su suegro o cuñado) en el que desgrana una serie de consejos. Uno de los más famosos puede verse a menudo en las antologías de aforismos: «La mayor rémora de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy«.
La frase conecta con la vieja máxima del tempus fugit («el tiempo vuela»), aunque tiene más miga de lo que pueda parecer a simple vista. En ella Séneca aborda uno de los desafíos más complicados para quien se ha propuesto que el tiempo no se les escape entre los dedos: el equilibrio entre el presente y el futuro.
Un presente que es en nuestra única realidad cierta y un mañana que estará condicionado a su vez por lo que hagamos hoy. En otras palabras, ¿lo apostamos todo al presente o es más sabio condicionarlo pensando en el mañana?
Eran preguntas interesantes en la Roma del siglo I d.C. y lo siguen siendo hoy, veinte siglos después, en tiempos de procrastinación en los que la ecuación se complica aún más. Al fin y al cabo procrastinar no es más que ponerse trampas en el manejo del tiempo: diferir, aplazar, retrasar el momento en que debemos realizar una tarea que (habitualmente) será provechosa para nuestro futuro.
El punto de partida de Séneca es tan sugerente como desafiante.
Quizás nuestro tiempo esté limitado, pero eso no significa que la vida sea necesariamente breve. Si lo parece es porque nosotros mismos lo favorecemos al afrontarla de forma equivocada. Y eso no pasa solo por tumbarse en el sofá con el móvil para matar las horas abandonados al placer del scroll infinito. Para Séneca el panorama no es mucho mejor si nos obcecamos en tareas que nos hacen creer que no nos llegan las horas del día, pero en realidad carecen de importancia.
«No tenemos un tiempo escaso, lo que pasa es que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga y para realizar las cosas más importantes se nos ha otorgado con generosidad, si se emplea bien toda ella».
«Pero si se desparrama en la ostentación y la dejadez, donde no se gasta en nada bueno, cuando al fin nos acosa el inevitable trance final, nos damos cuenta de que ha pasado una vida que no supimos que estaba pasando».
«Es así: no recibimos una vida corta, sino que la hacemos corta«, concluye el pensador estoico, que falleció en el 65 de nuestra era, con unos 70 años.
La reflexión completa que Séneca dedica a Paulino y de la que se extrae la frase que antes citábamos sobre «la pérdida del hoy» resulta más demoledora porque advierte de lo fácil que es entregarse al espejismo de que estamos aprovechando el tiempo. Aquí reproducimos en concreto la traducción realizada por Francisco Socas Gavilán para la versión de la Biblioteca Virtual de Andalucía.
«¿Puede haber algo más estúpido que la actitud de algunos, me refiero a esos hombres que presumen de ser previsores? Andan empeñados en demasiadas tareas para poder vivir mejor, equipan la vida a base de gastar vida, sus pensamientos los dirigen a la lejanía. Pero, claro, el desperdicio mayor de vida es la dilación: ella anula cada día que se va presentando, ella escamotea lo presente en tanto promete lo de más allá».
«El mayor estorbo del vivir es la expectativa que depende del mañana y pierde lo de hoy. Dispones de lo que está puesto en manos de la suerte, abandonas lo que está en las tuyas. ¿Adónde miras? ¿Adónde te orientas? Todas las cosas venideras quedan en la incertidumbre: vive de inmediato».
La obra de Séneca resuena con fuerza veinte siglos después porque, como recuerda Socas, no solo nos habla de la muerte y el paso del tiempo, también lo hace de «la vida como realización positiva dentro de un ámbito limitado».
«A pesar de que los hombres no paran de quejarse de la brevedad de la vida, son ellos solos los verdaderos culpables de acortarla con su desidia y sus vicios. Desperdiciamos el tiempo y no lo consideramos el bien mayor y único», añade.
«La solución no será ni hiperactividad ni holganza, porque los muy ocupados, pendientes siempre del mañana, tampoco aprovechan el tiempo y pronto se ven sorprendidos por la vejez, mientras que en la ociosidad las pasiones y diversiones nos roban la paz íntima», comenta Socas tras recordar las palabras de Séneca. «Los ociosos temen más a la muerte. Los ocupados no podrán eludirla».
El riesgo último, sobre el que prevenía Séneca: pasar el tiempo muy ocupados en no hacer nada mientras pasa la vida. Una reflexión que suena con un eco especial en un mundo en el que se fomenta y premia la hiper productividad, que apenas deja espacio al aburrimiento y en el que tiempo se nos escapa de las manos.
Aunque a fin de cuentas esa última sensación quizás no sea tan nueva.
Imágenes | Jon Tyson (Unsplash), Wikipedia 1 y 2










