Ultimas Noticias

"Un safari humano": salir a la calle en una ciudad de Ucrania equivale ahora mismo a ser un blanco de tiro para los drones

Durante décadas la guerra se pensó como una línea de frente reconocible, con soldados, trincheras y retaguardias más o menos seguras. La irrupción masiva de los drones ha dinamitado ese esquema: el cielo se ha convertido en un campo de caza permanente, la distinción entre combatiente y civil se ha difuminado y ciudades enteras viven ahora bajo la amenaza constante de máquinas baratas y letales que pueden atacar en cualquier momento. En Ucrania han obligado a la vida cotidiana a esconderse bajo tierra para seguir existiendo.

Jersón y la amenaza tras las ventanas. La ciudad clave ucraniana se ha convertido en el ejemplo más extremo de cómo los drones han transformado la guerra y la vida civil, hasta el punto de que salir a la calle se ha vuelto en lo más parecido a un “deporte mortal”, con cuadricópteros rusos operando desde la otra orilla del Dniéper que cazan personas al azar en lo que los propios ucranianos describen como un “safari humano”. 

En una ciudad de amplias avenidas y arquitectura zarista, hoy el cielo es el verdadero enemigo, responsable de centenares de muertos y miles de heridos en un solo año, en lo que Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos califican como crímenes de guerra y el uso más intensivo del mundo de drones contra una población civil.

Vivir bajo tierra. Ante la imposibilidad de proteger completamente la superficie, la vida en Jersón ha descendido literalmente al subsuelo. No hay retórica, ya que, literalmente, conviven bajo tierra con hospitales, maternidades, oficinas públicas, teatros y espacios culturales trasladados a sótanos y antiguos refugios soviéticos, mientras los parques infantiles han sido sustituidos por salas de juego bajo tierra y todas las escuelas de la ciudad funcionan solo online. 

Este desplazamiento forzado ha creado una rutina extraña y opresiva en la que el día a día transcurre entre pasillos, búnkeres y estancias improvisadas, porque cualquier exposición al cielo abierto puede acabar en segundos con una explosión guiada desde una cámara remota. Es la versión real de cualquier escenario que el cine o la literatura de ciencia ficción escenificaron alguna vez.

Defensas improvisadas. Ante esa amenaza omnipresente, las autoridades han desplegado una combinación de soluciones de emergencia que ilustran hasta qué punto la ciudad vive en un futuro casi postapocalíptico, con kilómetros de redes antidrón cubriendo calles enteras, túneles de malla sobre las principales vías de acceso, muros de interferencia electrónica junto al río y centenares de cápsulas de hormigón repartidas por las aceras para ofrecer refugio inmediato. 

Aun así, los propios responsables admiten que nada es completamente eficaz, porque los drones evolucionan, esquivan defensas, lanzan granadas o minas y convierten cualquier trayecto cotidiano en una carrera desesperada en la que no se puede correr más rápido que la máquina que persigue desde el aire.

Vivir, no solo sobrevivir. En este contexto extremo, el esfuerzo no se limita a mantener con vida a la población, sino a preservar una mínima sensación de normalidad, especialmente para los más pequeños, los niños, que crecen bajo estrés constante y miedo a salir al exterior. 

De hecho, existe toda una red de psicólogos, educadores y voluntarios que organizan clases de danza, arte o biología en sótanos, instalan cajas de arena para que los más pequeños puedan tocar tierra e incluso crean espacios donde elegir, jugar y aprender sea una forma de resistencia emocional frente a una guerra que lo invade todo. La idea está clara en Jersón: no basta con esconderse, hay que seguir viviendo, aunque sea bajo capas de cemento.

El laboratorio de un futuro inquietante. Si se quiere también, Jersón no es solo una ciudad devastada, sino un anticipo de lo que muchos temen que se convierta en norma en otros tantos conflictos del futuro, uno donde drones baratos y precisos democratizan la capacidad de atacar civiles con una facilidad impensable hace tan solo unos años. 

Así, tras una ocupación rusa, una liberación celebrada y un regreso inmediato del horror desde la distancia, la ciudad ha quedado atrapada a un kilómetro del frente, con una población reducida a una fracción de la original que, pese a todo, se niega a marcharse. Bajo tierra, entre redes, refugios y alarmas constantes, Jersón sobrevive como un aviso brutal de cómo la guerra del futuro puede vaciar las calles y empujar la vida humana a simplemente esconderse para existir.

Imagen | Ministry of Defense of Ukraine

En Xataka | Un dron apunta y hace saltar por los aires a un pingüino ruso en el frente. Es el resultado de una guerra cada vez más absurda

En Xataka | Tres rusos se rinden ante la cámara: lo que antes era una escena «normal» en la guerra en Ucrania es ciencia ficción

source

Mostrar más
Botón volver arriba