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EEUU tenía algo que paralizó la defensa de Venezuela: un arma invisible que cegó a sus soldados sin disparar una sola bala

El número de bajas venezolanas tras la incursión de Estados Unidos en Caracas y la posterior captura de Nicolás Maduro varía con el paso de los días y las fuentes, pero parece claro que asciende como mínimo a los dobles dígitos (se habla de hasta 100). En cualquier caso, ahora se ha conocido otro dato que amplifica la misión.

En realidad, el arma clave de Washington no disparó una sola bala. 

El ataque que no se oyó. Sí, la operación estadounidense en Caracas no se definió por explosiones ni por columnas de humo, sino por el silencio repentino de radares, radios y centros de mando, una demostración de fuerza en la que más de 150 aeronaves actuaron de forma coordinada para entrar, golpear y salir sin apenas resistencia visible. 

De hecho y como explica el Wall Street Journal, la clave no fue destruir al enemigo, sino dejarlo ciego y desorientado desde el primer minuto, incapaz de entender qué estaba ocurriendo ni de reaccionar de forma coherente mientras fuerzas especiales capturaban a Maduro en pleno corazón del poder venezolano.

El arma invisible. En el centro de ese apagón estuvo el EA-18G Growler, un avión que no ataca personas ni posiciones físicas, sino el sistema nervioso del adversario, especializado en localizar, interferir y neutralizar radares y comunicaciones hasta convertir un entramado defensivo aparentemente sólido en una colección de sensores mudos y pantallas inútiles

Mientras cazas furtivos y bombarderos cumplían funciones de disuasión y ataque puntual, el Growler se encargó de que las defensas venezolanas nunca llegaran a verlos con claridad, demostrando hasta qué punto la guerra electrónica ha dejado de ser un complemento para convertirse en la condición previa de cualquier operación moderna de alta intensidad.

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Cegar antes de golpear. La lógica aplicada en Caracas refleja una lección aprendida y refinada en Ucrania: no hace falta destruir físicamente todos los sistemas enemigos si puedes saturarlos, confundirlos o engañarlos hasta anular su utilidad operativa

El Growler puede simular múltiples blancos en el radar, inundar el espectro electromagnético con ruido, interferir enlaces de mando y, llegado el caso, guiar misiles antirradiación contra emisores activos, creando ventanas temporales de superioridad absoluta que permiten a helicópteros y fuerzas terrestres operar con un riesgo mínimo incluso en entornos teóricamente defendidos.

Las defensas rusas que no dispararon. Recordaban en Insider que el resultado más llamativo fue que ninguna de las defensas aéreas de fabricación rusa en poder de Venezuela logró derribar un solo avión estadounidense durante la operación, pese a que el país contaba sobre el papel con sistemas respetables como S-300VM, Buk-M2, Pantsir-S1 y radares de origen ruso y chino. 

La imagen de un espacio aéreo que simplemente colapsa bajo una operación bien planificada ha sido demoledora desde el punto de vista simbólico, porque muestra que disponer de sistemas avanzados no garantiza su eficacia si estos son superados por una combinación de sorpresa, guerra electrónica, sigilo y coordinación multidominio.

Lanzador 9A83ME del sistema de misiles S-300VM Antey-2500.

Lanzador 9A83ME del sistema de misiles S-300VM Antey-2500

No todo es el sistema. El fracaso venezolano no puede explicarse únicamente por las limitaciones técnicas de los sistemas rusos, sino también por factores estructurales como el estado de mantenimiento, la integración real de la red de defensa, la calidad del mando y control y, sobre todo, la formación y experiencia de los operadores. 

Un sistema antiaéreo es tan eficaz como la doctrina que lo sostiene y las personas que lo manejan, y en Caracas quedó patente que, frente a una fuerza occidental bien entrenada, incluso equipos temidos pueden quedar reducidos a espectadores pasivos si no funcionan como parte de un todo coherente.

Patrón que se repite. Lo ocurrido en Venezuela no es un caso aislado, sino que encaja con un patrón observado en otros escenarios como Siria o los ataques israelíes contra Irán, donde defensas aéreas de origen ruso han mostrado un rendimiento irregular frente a fuerzas que dominan la guerra electrónica y el sigilo. 

Aunque en Ucrania, operadas directamente por Rusia, estas defensas han funcionado mejor, tampoco han alcanzado la invulnerabilidad que prometía su reputación, lo que refuerza la idea de que su eficacia disminuye bastante cuando se enfrentan a adversarios capaces de combinar interferencia, ciberataques, engaño y ataques de precisión.

Sin triunfalismo. Qué duda cabe, para Estados Unidos, la operación de Caracas refuerza la confianza en su capacidad para penetrar espacios aéreos defendidos por sistemas rusos, pero también subraya que ese éxito depende de una planificación exhaustiva y de un uso intensivo de capacidades invisibles que no se improvisan. 

La lección no es tanto que las defensas rusas sean inútiles, sino que frente a un adversario que domina el espectro electromagnético, incluso sistemas temidos pueden quedar neutralizados durante el tiempo suficiente para que una operación decisiva tenga lugar.

La guerra que no se ve. Si se quiere también, el asalto a Caracas deja una conclusión incómoda y cada vez más evidente: la guerra moderna se decide antes del primer disparo, en un espacio intangible hecho de señales, enlaces y frecuencias, donde quien controla la información controla el resultado. 

El Growler no disparó una sola bala, pero su efecto fue más devastador que el de muchas bombas, recordando que en los conflictos actuales perder la vista y la escucha equivale, casi siempre, a perder la guerra antes de empezar.

Imagen | COMSEVENTHFLT, Senior Airman John Linzmeier, Vitaly V. Kuzmin 

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