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Gabriel Rubio, experto en alcoholismo: "La adicción no está tan basada en la cantidad que consumes como en para qué consumes"

Nuevos tiempos, nuevas formas de beber. Los españoles de hoy no nos relacionamos con el alcohol igual que nuestros abuelos y padres y probablemente ese vínculo siga cambiando en tiempos de nuestros hijos y nietos. Llega con echar un vistazo a las estadísticas de la OMS para comprobarlo: en los 80 la ingesta per cápita rondaba los 17,7 litros de alcohol puro, el 54% ligado al vino; en 2024 (último dato publicado por la OMS) la media era ya de 11,1 litros y la cerveza superaba al vino como la principal fuente de consumo de alcohol.

La gente cambia sus hábitos de ocio y alimentación, el consumo de vino sale de los hogares para asociarse a bares, restaurantes y ocio, los jóvenes son cada vez menos dados a beber de forma habitual, y a las empresas del sector no les queda más remedio que reinventarse, apostando por nuevos productos, formatos o incluso bebidas ‘sin’ que directamente sacan el alcohol de la ecuación. 

Nada sorprendente si tenemos en cuenta que también ha cambiado la sociedad y su marco legislativo, cada vez menos permisivo con dónde pueden venderse latas y botellas (incluso publicitarse) o qué puede hacerse ebrio.

No todo cambia

Hay ciertas cosas que no han cambiado tanto, sin embargo, como comprueba en su día a día Gabriel Rubio, catedrático de Psiquiatría, jefe de ese servicio en el Hospital Universitario 12 de octubre, en Madrid, y experto en alcoholismo

Aunque las estadísticas oficiales sugieren que en general España bebe hoy menos que hace 60, 50 o 40 años, la botella sigue muy presente en la vida de millones de personas. De hecho hay estudios recientes que demuestran que, a pesar de todos los cambios culturales, información y campañas de concienciación, los jóvenes de la Gen Z siguen viéndose arrastrados al consumo por la presión social.

Consumo per cápita de listros puros de alcohol (población mayor de 15 años)

Cerveza

Vino

Espirituosas

Otras

Total

1962

1,05

10,49

3,10

14,64

1970

2,67

9,39

3,19

15,25

1980

3,64

9,69

4,36

0

17,69

1990

4,46

5,10

3,35

0,07

12,98

2000

3,60

5,10

3,50

0,20

12,40

2010

3,80

3,90

2,70

0,20

10,50

2020

4,20

2,70

1,60

0,20

8,60

2023

4,60

4,10

2,20

0,20

11,10

«Si nos atenemos a lo que dicen las estadísticas se ve que el consumo de litros de alcohol per cápita al año está estabilizándose, incluso un poco a la baja. También es cierto que en la población juvenil no hay incremento. Eso son las estadísticas y seguramente son ciertas, sin embargo lo que nosotros vemos en la clínica es que las solicitudes de ayuda por temas asociados al alcohol tienen un componente estacional», comenta Rubio, quien precisa que la demanda aumenta sobre todo en enero y septiembre, tras las Navidades y el verano. Algo similar, recuerda, ocurrió tras la pandemia, cuando se vio «un repunte muy importante».

«La pandemia fue un momento de inflexión donde se generó un repunte y ese repunte se sigue manteniendo«, advierte. Eso no significa que en las clínicas no se aprecien cambios relevantes. Uno, significativo, está en el perfil de quién busca ayuda. «Lo que sí llevamos año tras año apreciando es que la edad con la que las personas solicitan tratamiento por sus problemas cada vez es más joven».

«Cuando yo empecé quienes solicitaban ayuda eran diez hombres por cada mujer y se movían en torno a los 45 o 50 años. Ahora en Madrid, en un programa muy consolidado como el nuestro, hablamos de tres varones por cada dos mujeres. Se está equilibrando. Antes también era infrecuente ver a alguien de 30 años. Ahora cada vez resulta más común que soliciten ayuda personas de entre 25 y 45».

La tendencia coincide con un cambio en la forma de aproximarse y abordar la bebida. «La gente que tiene 40 o 50 años cuando era joven y salía a divertirse, el alcohol formaba parte de las fiestas, de los guateques. En los últimos 25 años hay jóvenes que salen a embriagarse. Ese fenómeno de salir a intoxicarse, a sedarse, hace que la aparición de la adicción sea mucho más prematura. Si antes costaba 10 o 15 años desarrollar una adicción, ahora cuesta menos».

Twitter 86

¿Que la gente acuda antes en busca de ayuda profesional es un indicador de que, en general, se bebe más o que sencillamente hay una mayor consciencia social sobre el alcoholismo y los casos de dependencia se detecten antes? 

Rubio reconoce que ha aumentado la información que manejan tanto los adolescentes como sus padres, del mismo modo que aprecia casos en los que los jóvenes recurren a la bebida directa y deliberadamente para «embriagarse, desconectar y anestesiarse», no tanto como un componente más del ocio.

«Eso hace que la pérdida del control ocurra mucho antes. Y cuando se pierde el control habitualmente deriva en problemas sociales: multas, peleas, malos rollos con amigos y familia… Son esas complicaciones sociales las que presionan para pedir ayuda. Por lo tanto, no solo hay que atribuir esa solicitud más temprana al hecho de que la gente tenga más información, sino a que la familia también está más sensibilizada», reflexiona. «El patrón de cómo bebemos hace que, cuando se desarrolla la adicción, las complicaciones conductuales sean muy aparentes».

Esa es la clave: los cambios en «el patrón de consumo», «para qué y cómo bebemos». «Hace 50 años bebíamos porque el vino, la cerveza, formaban parte de nuestra alimentación. En las películas de los años 60 o 70 la gente tenía vino con gaseosa, una bota… El vino acompañaba las comidas. Eso se ha ido modificando. Ahora ya es muy difícil, salvo en comidas especiales o cuando uno sale. En las cocinas y mesas un martes o miércoles no es frecuente que haya una botella».

«Se trata de la manera de utilizar el alcohol. Antes era casi imprescindible en las comidas y ahora ya no. Ahora ya se relaciona mucho más con el ocio, con el beber del fin de semana. Si antes estaba asociado a las comidas, ahora se asocia también a su uso para quitar el estrés, para desconectar entre los jóvenes, para tener esa especie de desconexión, de anestésico que a veces tiene el alcohol».

Es un fenómeno complejo y lleno de claroscuros. Sin ir más lejos, hace unos días The Conversation publicó un amplio análisis en el que advierte de una doble tendencia: cada vez más jóvenes se reconocen abstemios, pero también crece el porcentaje de adolescentes que beben a diario. De hecho este último grupo se ha más que duplicado en un lustro, entre 2019 y 2025. «Se está ampliando la brecha entre quienes no beben y quienes lo hacen frecuentemente», concluye.

No solo se equilibra el consumo por sexos, el experto aprecia cómo se están difuminando también las diferencias en la edad a la que los jóvenes empiezan a beber. Ya no hay grandes distinciones entre el rural, los pequeños municipios y las ciudades. «Está entre los 12 y 15 años y también se aprecia una importante igualdad entre chicos y chicas». El fenómeno coincide con la popularización del binge drinking, los atracones de alcohol para emborracharse rápido.

«Es un patrón anglosajón que hemos incorporado. Lo usamos de la manera que vemos en las redes y las películas. Cuando los estudios que han comparado los patrones de consumo mediterráneos con los anglosajones se han dando cuenta de que este último es el que se está extendiendo», comenta Rubio. 

Lo que se mantiene es la función de la bebida como herramienta de socialización, un «rito iniciático» para adolescentes que les ayuda a sentirse integrados y adultos. Eso es un problema porque al final, como han comprobado ya los expertos, acaba ejerciendo una presión social que favorece el consumo.

«Cuando uno es adolescente lo hace porque preferimos sentirnos parte de un grupo que aislados, pero luego si comenzamos a utilizar la bebida para aliviar los estados emocionales negativos estamos abriendo la puerta a la adicción, esa es la línea roja que separaba el consumo recreativo del consumo adictivo», advierte el experto. Es un matiz importante porque entronca con una pregunta clave y a que a menudo pasamos por alto: ¿Qué es ‘tener problemas con la bebida’? 

¿Cuándo se debe buscar ayuda?

«La idea que aún persiste en mucha gente es que el dependiente del alcohol es aquella persona que bebe todos los días, cosa que no es cierto, que bebe desde la mañana hasta la noche, que tampoco es correcto, y que ya es casi un marginado social que no tolera ni su familia ni la gente que lo quiere. Eso tampoco es verdad. Todo eso contribuye a que la gente le cueste identificarlo». 

Rubio reconoce que cuando le preguntan en qué momento deben saltar las alarmas la gente suele tener en mente la cantidad de litros consumidos, pero la clave es otra: «El diagnóstico se basa en cómo te relacionas con la bebida».

Kelsey Knight Udj2td3wksy Unsplash

«La adición al alcohol no está tan basada en la cantidad de consumo como en para qué consumes. Dicho de otra manera, la línea roja que separa el consumo recreativo de la adicción es cuando empezamos a utilizar el alcohol de manera importante para aliviar nuestros estados emocionales negativos».

«Si empiezo a usar el alcohol porque llego por las tardes estresado, cansado, y lo primero que hago nada más entrar en casa, en vez de decirle buenas tardes a mi mujer o darle un beso al niño, es irme a la nevera a por una cervecita. Si utilizo una sustancia, en este caso el alcohol, para aliviar estados emocionales negativos, esa es la puerta que me abre el paso a la adicción, esa es la línea roja«.

Rubio reconoce también que hay mucha «confusión» sobre si uno llega o no a sanarse del abuso del alcohol, una dependencia que, aclara, «no se cura de la manera que se tiene en el imaginario como curación». Para aclararlo con casos concretos, hablar del proceso y demostrar que pese a todo se puede cortar la dependencia, hace un tiempo publicó un libro: ‘La salida del laberinto’.

«En la adicción al alcohol, la curación en el sentido de que ya puedo beber como antes sin ningún problema, no existe. Lo que sí existe es la recuperación, y tras años de recuperación la gente ya le importa poco que haya o no haya alcohol. Es importante que la gente sepa que de esto se recupera y cuáles son las fases».

Imágenes | Fred Moon (Unsplash), Hospital 12 de octubre y Kelsey Knight (Unsplash)

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