Amanda Ortiz, psicóloga, sobre el furor de los talleres de cerámica: “Estamos haciendo algo placentero, pero produciendo, y eso a nuestro cerebro le encanta”

Como cualquier usuario de redes sociales, durante los últimos años he sido bombardeada continuamente con publicaciones de personas que han ido a todo tipo de talleres de arte. Desde hacer cuencos de arcilla hasta pintar tote bags, cualquier cosa vale para hacerte la foto de rigor mientras tomas una copa de vino o meriendas con amigos o desconocidos. Todo por el módico precio de un trocito de riñón. Así es como lo veía yo. Un pedacito de capitalismo envuelto en purpurina y colores pastel, unido a un check más en la lista de fotos que cualquier buen usuario de Instagram del siglo XXI debería tener. Sin embargo, con el tiempo empecé a pensar que quizás hubiera algo más.
La fiebre por los talleres de cerámica o de pintura está durando bastante para ser una simple moda. ¿Y si en realidad tuviese alguna utilidad que esté enganchando a todas esas personas que no solo se animan a hacerlo una vez, sino que a menudo repiten?Está claro que tiene relación con el capitalismo. ¿Pero y si, más allá de ser una parte más del engranaje, fuese una forma de aliviar el estrés y la ansiedad que nos genera la hiperproductividad de esa sociedad capitalista en la que vivimos? Hablé sobre ello con la psicóloga sanitaria Amanda Ortiz Gabaldón, quien me dijo que, efectivamente, mis pensamientos no iban mal encaminados.
Por eso, me animé a hacer uno de estos talleres. Siempre he considerado que las manualidades no son lo mío. Sinceramente, me dolía el alma por gastarme 50 euros en un taller de cerámica para hacer un jarrón amorfo. Por eso, cuando supe que el Yacimiento del Barrio Andalusí de Almería, donde vivo, organizaba un taller de cerámica gratuito, no me lo pensé. Era el momento de hacer la prueba.
Los beneficios de los talleres de cerámica
Para Ortiz Gabaldón, hay tres claves por las que los talleres de cerámica y otras actividades artísticas están tan de moda. Para empezar, los seres humanos somos animales sociales, pero hoy por hoy vivimos en una sociedad individualizada. Tenemos la necesidad visceral de interaccionar con otras personas y eso es algo que pueden darnos los talleres de cerámica. “Estamos superdesconectados y estas son formas de conocer gente nueva”.
Por otro lado, los talleres de cerámica y otras disciplinas artísticas son una forma de mindfulness. “Es una forma de estar presentes, de obligarnos a parar”. Durante el tiempo que dure el taller, no hay emails que contestar, trabajo que hacer o listas de la compra que preparar. Solo queda estar presente en el sitio y concentrarse en la tarea. Esto también lo podemos hacer en casa. Incluso podemos ponernos a diario la tarea de no hacer nada. Podemos sentarnos en el sofá y meditar, leer o, directamente, parar. Pero claro, esto requiere una concentración que no siempre somos capaces de alcanzar. Por eso es tan importante la tercera razón por la que, según Ortiz Gabaldón, triunfan este tipo de talleres.
“Estamos haciendo algo placentero, pero produciendo, y eso a nuestro cerebro le encanta”. Así es, aunque estamos desconectando de las tareas que nos estresan, también estamos produciendo. Estamos fabricando algo. Eso calma esa sensación de tener que estar haciendo cosas continuamente que nos produce tanta ansiedad. Lo ideal sería poder sentarnos y no hacer nada; pero, mientras lo conseguimos, este es un punto intermedio ideal.
Moldear para no pensar en nada
En 1999, un psicólogo de la Universidad de Educación de Kioto llamado Fumio Kayo vio algo que llamó mucho su atención al visitar una escuela infantil de dicha ciudad. Tanto los niños como los maestros estaban concentrados y disfrutando de la simple tarea de hacer bolas de barro. Pero no hacían bolas sin más. Utilizaban una técnica que consiste en tomar la arena mojada a ir moldeándola y añadiendo tierra seca poco a poco, con mucha paciencia, hasta obtener una bola suave, dura y brillante. La técnica se llama Hikaru Dorodango y Kayo vio en ella una oportunidad para trabajar con niños más allá de esa escuela.
Al estudiarla a fondo, descubrió que es muy útil para el desarrollo intelectual infantil por muchos motivos. Están los motivos obvios, como que mejora la motricidad fina. Pero también hay razones más profundas. Pasar tanto tiempo moldeando ayuda a los niños a mejorar la concentración y la perseverancia a base de ensayo y error. Además, consiguen superar el impulso de gratificación inmediata que está cada vez más arraigado tanto en niños como en adultos. No reciben un chute de dopamina por mirar un vídeo de 20 segundos. Deben sentarse y concentrarse en esa bola de barro que se va formando en sus manos hasta que, con tiempo y paciencia, consiguen una bonita canica.
Después de que Kayo publicase varios artículos sobre ella, esta técnica traspasó las barreras hacia occidente y se convirtió en una forma de arte meditativo que triunfa también entre los adultos. En cierto modo, se consigue exactamente lo mismo que con los talleres de cerámica, pero sin más alicientes como una merienda o interacciones con otras personas.
Sea de la forma que sea, cada vez está más claro que estas actividades tienen una gran utilidad contra la ansiedad. En 2024, por ejemplo, se publicó un estudio en el que se encuestaba a 53 estudiantes universitarios en relación a su salud mental antes y después de realizar una serie de talleres de arteterapia. Se comprobó que los niveles de ansiedad autopercibidos disminuyeron notablemente con los talleres, especialmente con aquellos en los que estaba implicado el modelado de arcilla. Es cierto que normalmente este tipo de estudios se hacen con muy pocos participantes, pero la realidad es que todos apuntan a unos resultados muy parecidos que cuadran con lo que ya hemos visto.
Yo lo he corroborado
Últimamente estoy atravesando una época de bastante estrés, así que me lancé al taller de cerámica deseando que realmente a mí me funcionase como dicen los psicólogos. Y lo cierto es que sí. Fueron casi tres horas de un domingo por la mañana moldeando un candil andalusí. Tres horas en las que, efectivamente, me centré en el aquí y ahora. No negaré que de vez en cuando la mente se me iba a todo lo que tenía que hacer esa tarde, que no era poco. Aun así, el barro requería mi atención, así que no podía engancharme demasiado en esos pensamientos.
Por otro lado, aunque fui con mi pareja, también interactué con las otras dos personas con las que compartimos mesa de trabajo. Me sirvió para socializar. Y, efectivamente, a mi cerebro le debió parecer bien estar produciendo. Si a eso le sumas que saqué ideas para escribir este artículo, podemos considerarlo más productivo todavía. Es todo un win win.

En el tiempo que duró el taller, me concentré en el aquí y el ahora
Y sí, no negaré que subí una foto a Instagram, incluso a pesar de que, como buena patosa de las manualidades, el resultado no fue el más vistoso del mundo. Tenemos muy interiorizada esa parte de demostrar al mundo que hacemos cosas, que nuestras vidas son interesantes. Normalmente no enseñamos los momentos en los que no damos abasto con las tareas del día a día. Enseñamos los viajes, los atardeceres, las visitas al gimnasio o los talleres de cerámica. Mostramos que nos cuidamos y que disfrutamos de la vida, pero no sacamos al escaparate de las redes sociales los momentos en los que no podemos más.
Posiblemente sea por eso por lo que, a veces, nos parece que estamos solos. Que somos los únicos incapaces de gobernar nuestras vidas. Pero la realidad es que es algo mucho más común de lo que parece. Solo tenemos que dejar de hacer scroll y pararnos a hablar con otras personas más allá de las pantallas. Esto puede hacerse en un taller de cerámica; pero, en realidad, también en otras muchas circunstancias. La clave, en resumen, está en socializar y parar un momento. Hay millones de maneras de hacer eso. Aunque no con todas puedes poner un bonito candil hecho por ti en tu salón.
Imagen | Magnific | Alberto Prieto







