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El motivo por el que te paras a acariciar a cualquier gato que te cruzas por la calle

Hay algo que me ocurre cada vez que camino por la calle y me cruzo con un gato. Da igual si está encaramado en una pared, asomado desde una ventana o simplemente sentado en la acera mirando el mundo pasar. Paro. Saludos. Extiendo la mano despacio, espero a ver si se acerca, y si lo hace, lo acaricio. No es una decisión consciente: es automática. Me pasa también con los perros o con cualquier otro animal que se cruce en mi camino. 

Durante mucho tiempo pensé que era simplemente una rareza personal. Pero resulta que no. La psicología y la neurociencia llevan años estudiando exactamente ese gesto —ese impulso casi irrefrenable de buscar contacto con un gato— y lo que han encontrado dice bastante más sobre quiénes somos que lo que parece una simple vista.

Lo primero que hay que entender es que en este vínculo, el gato tiene la última palabra. No es como acariciar a un perro, que generalmente viene solo y con entusiasmo. Los gatos son selectivos, imprevisibles y mucho menos invasivos en sus demostraciones de afecto. Por eso, lo que dice la ciencia sobre este intercambio tiene una complejidad particular.

Un estudio, recogido por Science Alert , midió los niveles hormonales de dueños y gatos durante sesiones de 15 minutos de contacto físico en casa. Los resultados fueron elocuentes: cuando el contacto era relajado —caricias, abrazos suaves, acunamiento—, los niveles de oxitocina subían tanto en las personas como en los animales. Pero había una condición indispensable: la interacción no podía ser forzada. Los gatos tenían que poder alejarse si querían. «La hormona fluye cuando el gato se siente seguro y cómodo», escribieron los autores del estudio.

Lo que ocurriría cuando esa condición no se cumpliera era igual de revelador. Según Vice , los dueños que intentaban abrazar a gatos que no querían ser abrazados veían caer sus niveles de oxitocina, no subir. Y lo mismo ocurriría en el animal. El abrazo obligado no activa el amor: lo apaga. Hay algo profundamente humano en eso.

Oxitocina, cortisol y un ronroneo de 150 hercios

La oxitocina es la hormona que los científicos denominan «del amor» o «del vínculo». Es la misma que se dispara cuando abrazamos a alguien querido, cuando una madre ve a su hijo recién nacido, cuando hay confianza real entre dos personas. Que aparece también en el contacto con un gato —y que aparece en el gato también— no es un dato menor.

El vínculo con los animales y el aumento de oxitocina no es nuevo en las investigaciones científicas. Una revisión publicada en Frontiers in Psychology en 2012 ya documentó que la interacción con animales producía aumentos medibles de oxitocina y reducciones de cortisol, la hormona asociada al estrés. Pero los estudios sobre gatos en particular llegaron después y con matices importantes.

Investigadores en Japón publicaron en MDPI Animals un experimento con 32 propietarios de gatos: quienes interactuaron libremente con sus animales mostraron cambios hormonales significativos en comparación con los períodos de descanso sin contacto. Un estudio de 2002 ya documentó que el aumento de oxitocina generado por el contacto suave con gatos ayudaba a reducir el cortisol y, en consecuencia, la presión arterial e incluso la percepción del dolor. Es uno de los trabajos que recoge Laura Elin Pigott, profesora de Neurociencias en la London South Bank University, en su análisis publicado en The Conversation

Pero hay un tercer actor en esta ecuación que suele pasarse por alto: el ronroneo. Según una síntesis de investigaciones recogidas por PetShun , la frecuencia del ronroneo de un gato —que oscila enormemente entre los 25 y los 150 hercios— se sitúa dentro de lo que los especialistas llaman el «rango de estimulación biomecánica». Es, literalmente, el mismo rango de frecuencias que se emplea en terapia de vibración clínica para promover la reparación de tejidos y la densidad ósea. Algunos estudios sugieren que escuchar ese sonido puede reducir los niveles de cortisol entre un 10% y un 20% en apenas 15 minutos de exposición. No es magia ni intuición new age. Es física y bioquímica.

Con un perro el vínculo es automático. Con un gato, hay que ganárselo

Pero no todos los animales producen este efecto de la misma manera. Y entender esa diferencia es clave para comprender qué dice de ti que buscas precisamente a los gatos.

En un experimento realizado en 2016, los científicos midieron la oxitocina en mascotas y sus dueños antes y después de diez minutos de juego. Los perros observaron un aumento promedio del 57% en sus niveles de oxitocina. Los gatos, apenas un 12%. La diferencia, según los investigadores recogidos por Science Alert, no refleja la frialdad felina sino historia evolutiva: los perros fueron domesticados durante millones de años para el contacto visual constante y la dependencia del ser humano. Los gatos, no. Por eso reservan ese aumento hormonal —y esa confianza— para los momentos en que se sienten verdaderamente seguros.

Dicho de otro modo: con un perro, el vínculo emocional es casi automático. Con un gato, hay que ganárselo. Y eso cambia completamente lo que dice sobre la persona que lo busca.

Lo que dice de ti parar en la calle a saludar a un gato

Un estudio de la Universidad de Nottingham Trent, publicado en PLOS ONE por Lauren Finka y su equipo con una muestra de más de 3.300 propietarios de gatos, encontró algo que al principio parece llamativo: determinados rasgos de personalidad observados en los propietarios también aparecían en sus gatos. La hipótesis de los investigadores es que los gatos podrían estar reflejando, en parte, las personalidades de quienes los cuidan. No es un dato menor: sugiere que la relación no es unidireccional y que el vínculo humano-felino es tan real que deja marca en ambos.

Por otro lado, las investigaciones sobre las personas que prefieren la compañía de gatos apuntan consistentemente a ciertos rasgos compartidos. Un estudio publicado en Humanities and Social Sciences Communications analizó a 319 jóvenes adultos propietarios de gatos y encontró que el apego a la mascota estaba positivamente correlacionado con la empatía, la regulación emocional y el apoyo social percibido. En otras palabras, quienes construyen un vínculo sólido con su gato tendencia a tener también mayor capacidad empática en sus relaciones humanas.

Este hallazgo conecta con lo que Faunalytics, una organización que sintetiza investigaciones sobre el vínculo humano-animal, ha documentado: las personas que conviven con animales de compañía están en general más sintonizadas con sus señales emocionales. Quienes viven con gatos, en particular, aprenden a leer mejor sus maullidos y gestos que quienes no lo hacen. Eso implica un entrenamiento cotidiano, casi inconsciente, de la lectura emocional no verbal.

Acariciar un gato como forma de regulación emocional

Hay algo más que los estudios señalan y que cualquiera que haya pasado diez minutos con un gato en el regazo reconocerá de inmediato: la acción de acariciarlo, combinada con el sonido del ronroneo y el calor del cuerpo del animal, funciona como un regulador emocional.

Investigadores citados por Rutherford Veterinary Hospital lo describen así: concentrar la atención en el sonido rítmico y la sensación del ronroneo redirige la mente lejos de los factores de estrés y genera una conciencia del momento presente similar a la que se busca en la meditación. A diferencia de casi cualquier otro momento del día, acariciar a un gato exige estar ahí: el animal lo nota si no estás.

Además, un estudio adicional publicado en el Journal of Veterinary Behavior encontró que acariciar un gato durante 10 o 15 minutos reducía la ansiedad y los niveles de estrés en estudiantes universitarios. Y otro experimento confirmó que escuchar grabaciones de gatos ronroneando tenía un efecto calmante medible sobre la frecuencia cardíaca y la presión arterial de los participantes.

No hace falta tener un gato propio para acceder a parte de ese beneficio. Pero sí hace falta ser el tipo de persona que se detiene, que escucha, que presta atención.

Un matiz que la ciencia también anota

Sería deshonesto terminar este recorrido sin mencionar lo que las investigaciones también documentan al otro lado del espejo.

El mismo estudio de Nottingham Trent publicado en PLOS ONE encontró que los propietarios con mayores niveles de neuroticismo —tendencia a la ansiedad, la irritabilidad y la inestabilidad emocional— tendían a tener gatos con más comportamientos ansiosos o agresivos, más enfermedades relacionadas con el estrés y menor bienestar general. Y el estudio japonés sobre oxitocina publicado en MDPI Animals también documentó que los gatos con estilos de apego ansioso partían de niveles elevados de oxitocina que caían bruscamente ante el manejo no deseado.

La relación humano-felino es bidireccional y real: el gato absorbe también lo que el humano trae consigo. Esto no invalida nada de lo anterior. Lo complejiza. Dice que el vínculo con un gato no es simplemente un espejo de las virtudes de alguien, sino de su estado emocional completo, con sus luces y sus sombras.

El saludo que lo dice todo

Vuelvo a la escena del principio. La calle, el gato, la mano extendida.

Lo que la ciencia acumulada en los últimos años permite decir es esto: ese gesto no es trivial. Quien para a saludar a un gato en la calle está ejerciendo, sin saberlo, una forma de lectura emocional. Está ajustando su velocidad a la del otro, leyendo señales no verbales, decidiendo no imponer sino esperar. Y si el gato se acerca, ambos salen bioquímicamente distintos de ese encuentro: con más oxitocina, con menos cortisol, con el sistema nervioso parasimpático un poco más activo.

La neurociencia dice que eso es lo que pasa en el cuerpo. La psicología dice que ese tipo de personas —las que buscan ese contacto, las que saben esperar, las que respetan la distancia del otro— suelen vincularse de manera similar con los demás: con paciencia, con lectura emocional, con menos necesidad de control.

Los gatos, que llevan siglos siendo estudiados y siglos resistiéndose a ser completamente comprendidos, nos enseñan algo que parece sencillo y no lo es: el afecto que se gana pesa más que el que se exige.

¿Y tú? ¿El gato te eligió?

Imagen | Unsplash

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