Las empresas se han mudado a la periferia de las ciudades buscando mejores precios: sus empleados pagan esa factura cada mañana

Durante décadas, el desplazamiento al trabajo en las grandes ciudades españolas tenía una lógica clara: los trabajadores vivían en la periferia de las grandes ciudades y viajaban cada mañana hacia el centro a sus puestos de trabajo.
Era un modelo urbano bastante estable, reforzado por redes de transporte diseñadas para llevar a los trabajadores hacia los grandes distritos de oficinas del casco urbano. Sin embargo, en los últimos años ese patrón ha ido cambiando a medida que el precio del suelo del centro se iba disparando y las empresas también han tenido que desplazarse a la periferia.
Tal y como retrata El País, el problema es que las ciudades no están pensadas para moverse de periferia a periferia, y ese desplazamiento se ha convertido en una ratonera diaria para millones de empleados.
Ni las empresas soportan los precios del centro. Durante los últimos años muchas empresas han optado por trasladar sus oficinas a zonas periféricas donde el suelo es más barato y existe espacio para construir grandes complejos de oficinas. Ese movimiento ha permitido levantar enormes campus empresariales que serían inviables en el centro urbano de grandes ciudades con alta demanda de suelo como Madrid o Barcelona.
En Madrid, el norte de la ciudad se ha convertido en uno de los principales destinos para este tipo de proyectos. Un ejemplo es el Distrito Telefónica, situado en Las Tablas, que ocupa unas 22 hectáreas y concentra a más de 12.000 trabajadores en un único complejo empresarial. Los registros del Atlas de Movilidad Residencia-Trabajo de la Comunidad de Madrid muestran que distritos como Fuencarral-El Pardo (donde se encuentra el Distrito Telefónica) figuran ya entre las zonas con mayor concentración de empleo de la región.
Barcelona vivió un proceso parecido con el desarrollo del distrito tecnológico 22@ en Poblenou, donde se han ido instalando numerosas empresas tecnológicas y sedes corporativas en las dos últimas décadas. La transformación de ese antiguo barrio industrial creó un nuevo polo laboral fuera del centro histórico de la ciudad.
El empleo se mueve, pero los precios también. El problema de esta migración de empresas hacia la periferia de los centros urbanos es que cuando miles de trabajadores empiezan a concentrarse en una zona concreta, el mercado inmobiliario suele reaccionar rápido. La proximidad a los centros de trabajo aumenta el valor de los barrios cercanos, lo que termina elevando los precios del alquiler y de la vivienda. Este incremento, a su vez, obliga a los empleados a mudarse a municipios más alejados todavía del centro de la ciudad y de las oficinas en las que trabajan. El resultado es un incremento constante de los desplazamientos diarios dentro del área metropolitana.
En Madrid ese fenómeno se refleja en las cifras de movilidad laboral. Según los datos registrados por el Atlas de Movilidad de la Comunidad de Madrid, cada día 1,2 millones de personas entran en la capital desde otros municipios para trabajar, frente a las 790.000 que lo hacían en 2016. Algo parecido está sucediendo en la ciudad condal, que tras el crecimiento del 22@ ha atraído trabajadores desde numerosos municipios del área metropolitana congestionando las vías de acceso norte, sur y las vías de circunvalación de la ciudad debido al tráfico generado por estos empleados en las horas punta, tal y como recoge el informe de congestión de tráfico de Inrix de 2025.
El transporte te lleva al centro, no a la periferia. Todos estos problemas de congestión tienen su origen en que las grandes infraestructuras de transporte (metros, tranvías, Cercanías, líneas de autobús, etc.) de las grandes ciudades españolas se han diseñado durante décadas con una estructura radial. Se planificaron para conectar los barrios periféricos con el centro de la ciudad, que era donde se concentraba la mayor parte del empleo.
Cuando los nuevos polos empresariales comenzaron a crecer fuera del centro, esa estructura empezó a mostrar sus limitaciones. Muchos trabajadores ya no necesitan ir al casco urbano, sino desplazarse entre zonas periféricas que no están conectadas directamente por transporte público.
Eso obliga a realizar trayectos largos o con varios transbordos, algo que a menudo hace que el coche resulte más rápido. Aunque ello implique quedarse atascado todos los días de camino al trabajo. Además, el transporte público en muchas ciudades se ha convertido en una lotería con constantes retrasos y averías, lo que genera incertidumbre a la hora de plantearse alternativas al coche privado.
El precio: cientos de horas perdidas. El aumento de desplazamientos largos hacia el puesto de trabajo y la dependencia del coche se refleja claramente en los datos de tráfico. Según el TomTom Traffic Index, Madrid registró en 2025 un nivel medio de congestión del 38 %, lo que supone 3,6 puntos porcentuales más que el año anterior.
Ese nivel de tráfico significa que recorrer 10 kilómetros durante la hora punta puede requerir unos 34 minutos y medio, con velocidades medias cercanas a 17,5 km/h. El informe calcula además que los conductores madrileños pierden alrededor de 98 horas al año en atascos durante las horas punta. Cuando los trayectos diarios son largos, el tiempo acumulado puede multiplicarse y llegar hasta 500 horas al año por persona perdidas en un atasco. Barcelona afronta una situación similar, con un nivel de congestión de su centro urbano y vías de acceso del 41,1%, lo que supone una de las cifras más altas de Europa.
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Imagen | Unsplash (Kathy)









