POR: EL HUSMEADOR

Féretro dorado, Estado protector del narco… y un país en luto eterno
México entero fue testigo de algo que debería indignarnos hasta el tuétano: un féretro dorado, más de 500 coronas fúnebres, música a todo volumen, logística perfecta y un despliegue masivo de fuerzas federales digno de una cumbre presidencial… pero se trataba del entierro de un jefe criminal de alto rango. Para las víctimas del crimen organizado: fosas clandestinas excavadas con picos y palas por manos temblorosas, madres buscadoras solas enfrentando el terror, expedientes olvidados en archivos polvorientos y una impunidad que se cuenta por generaciones. Para el capo: orden impecable, seguridad absoluta, coordinación total y control indiscutible del territorio. No es solo una foto escandalosa. Es un mensaje brutal y clarísimo. El Estado demostró —una vez más— que sí puede garantizar seguridad: cerrar carreteras, instalar retenes, movilizar miles de elementos y mantener el orden cuando realmente lo quiere. La pregunta que quema es demoledora: ¿Por qué esa misma eficacia nunca aparece para proteger a los ciudadanos de a pie? Mientras miles de familias siguen rastreando a sus desaparecidos sin apoyo real del gobierno —y con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas reportando más de 130 mil personas aún sin localizar (y casi 14 mil nuevas desapariciones solo en 2025, la cifra anual más alta registrada)—, el funeral de uno de los líderes de los cárteles más sangrientos del país se desarrolló sin un solo incidente. Ni caos, ni balaceras, ni descontrol. Todo bajo estricta supervisión oficial. Y en medio de ese operativo blindado, un joven fotógrafo extranjero fue agredido. Había seguridad… pero no para todos. La herida es profunda y política: el gobierno presume capacidad operativa, pero la aplica de forma selectiva. Presume autoridad, pero el país entero vive bajo el miedo constante. Presume control, pero las víctimas siguen sumando muertos y ausentes. En México, la violencia ligada al crimen organizado ha dejado decenas de miles de homicidios en los últimos años: cifras oficiales del INEGI registraron 33,241 presuntos homicidios en 2024, y aunque 2025 mostró una reducción (con promedios diarios bajando de ~87 a ~55 en algunos periodos), el saldo acumulado sigue siendo devastador, con la mayoría de estos crímenes atribuidos a disputas entre cárteles. Al otro lado de la frontera, el fentanilo producido y traficado por estos mismos grupos ha causado una catástrofe de salud pública en Estados Unidos: más de 100 mil muertes anuales por sobredosis en picos recientes (principalmente fentanilo), aunque en 2024-2025 las cifras bajaron drásticamente (~27-30% menos, con estimados de ~80 mil a ~87 mil muertes en periodos de 12 meses), gracias a decomisos y presión binacional. Aun así, el opioide sintético sigue matando a decenas de miles cada año, financiando la maquinaria criminal que devora vidas en ambos lados. Un ataúd dorado no es solo ostentación del narco. Es el espejo cruel de un Estado que llega tarde —o nunca— para los ciudadanos comunes, pero siempre puntual para resguardar el poder y el espectáculo del crimen organizado. Mientras las madres buscadoras siguen cavando en la tierra con las uñas rotas, arriesgando su vida (en 2025 fueron asesinadas o desaparecidas varias de ellas en pleno ejercicio de su búsqueda desesperada), el mensaje queda grabado: la seguridad existe… pero solo para quien el poder decide proteger. Eso, más que rabia momentánea, debería desatar una crisis de conciencia nacional irreversible. Porque mientras sigamos tolerando esta doble moral, el féretro dorado no será el último.







