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Tendemos a pensar que la guerra de exterminio la inventó el Estado moderno. Una fosa común de hace 2.800 años acaba de destrozar el mito

Existe una tendencia casi romántica a idealizar el pasado remoto. Puede que, inspirados por el mito del «buen salvaje» a menudo imaginemos la prehistoria y las primeras sociedades como entornos pacíficos donde la violencia extrema y sistemática era una aberración o, en todo caso, un invento que llegó de la mano de los tiempos más modernos. Pero la realidad es que si tuviéramos una máquina del tiempo, este sería uno de los pocos sitios donde habría que viajar. 

Una realidad. La arqueología tiene la incómoda costumbre de desenterrar verdades que no encajan con nuestros prejuicios. El último golpe a esta visión idílica que pueden tener algunos proviene de los Balcanes, concretamente de una fosa común en Gomolava de hace 2.800 años que revela una masacre calculada, selectiva y brutal contra mujeres y niños. 

Un misterio. En el siglo IX a.C, durante la primera Edad de Hierro, la región de los Cárpatos y los Balcanes estaba habitada por sociedades que hoy consideramos primitivas. Concretamente, se podían encontrar grupos de seminómadas y comunidades sedentarias que empezaban a chocar por el control del territorio. Pero aquí no había ni estados ni ejércitos regulares. 

De esta manera, cuando los arqueólogos hallaron una enorme fosa común con los restos de 77 individuos en el yacimiento de Gomolava, la primera hipótesis fue la más lógica para la época: una epidemia catastrófica arrasó con todos. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Nature, ha reescrito por completo la historia de este yacimiento, combinando análisis forenses, genéticos e isotópicos.

Aniquilación. Aquí el ADN fue tajante, puesto que no había rastro de patógenos mortales. En este caso, las personas no murieron por una enfermedad, sino por un estallido de violencia deliberada que ha estremecido a la comunidad científica. No solo por la violencia, sino por el perfil demográfico, ya que el 70,8% de los adultos eran mujeres y el 66% del total eran niños y adolescentes. 

Aquí los análisis forenses revelaron un patrón terrorífico, puesto que la inmensa mayoría presentaba lesiones en el momento de la muerte en el cráneo. De esta manera, fueron golpes contundentes infligidos desde arriba, lo que sugiere que los atacantes podrían haber estado a caballo o ejecutando a las víctimas mientras estas se encontraban arrodilladas o sometidas.

¿Por qué niños y mujeres? La respuesta es puro cálculo estratégico, ya que el estudio de isótopos y ADN reveló que, a excepción de una madre y sus dos hijas, las víctimas no tenían parentesco entre sí y provenían de diversas regiones con dietas variadas. Pero no fue un simple robo que salió mal, sino que fue una aniquilación selectiva interregional diseñada para borrar del mapa el futuro reproductivo de grupos rivales. 

Y es que, en un contexto de profunda reestructuración social y conflictos territoriales en la Cuenca de los Cárpatos, eliminar a la descendencia y a aquellas personas que pueden dar más descendencia aún, como son las mujeres, era la forma más brutal y efectiva de afirmar el poder en una zona. Sin duda, una gran estrategia para evitar que nadie pudiera reclamar derechos en esa zona. 

Ritual. Para añadir una capa más de complejidad a este oscuro episodio, el entierro no fue improvisado. Al contrario de lo que ocurre en muchas fosas comunes que se hacen rápido para arrojar a los cadáveres, en este caso se tomaron su tiempo.

Los investigadores vieron que las víctimas fueron enterradas junto a joyas de bronce, cerámicas e incluso animales sacrificados, por lo que estaba bastante cuidado. Aquí la teoría que se plantea es que es una «macabra demostración de poder»: un acto donde la brutalidad de la matanza convive con el valor socioeconómico de las víctimas y la necesidad de mantener las costumbres funerarias de la época. 

Imagen | Sarah Nylund (Nature)

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