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POR: EL HUSMEADOR

OXFAM EXHIBE LA DESIGUALDAD FISCAL: RICOS PAGAN 21 CENTAVOS DE IMPUESTOS POR CADA 100 PESOS RECAUDADOS

En México, mientras millones de trabajadores pagan puntualmente su ISR, IVA y cuotas al IMSS con cada quincena, los multimillonarios esos 22 individuos cuya fortuna conjunta alcanzó los 3.9 billones de pesos en 2025 contribuyen apenas 21 centavos por cada 100 pesos que ingresa al fisco federal. Este dato, revelado por Oxfam México en su informe Oligarquía o democracia: nueve propuestas contra la acumulación extrema de poder, no es un error de cálculo ni una hipérbole periodística: es la cruda radiografía de un sistema fiscal regresivo que protege privilegios en lugar de redistribuir justicia. El número es demoledor porque ilustra una verdad incómoda: el modelo económico mexicano ha sido extraordinariamente generoso con el capital concentrado y despiadado con el trabajo. En los últimos cinco años, la fortuna de estos ultrarricos se duplicó, impulsada no solo por el mérito individual, sino por un entramado de exenciones, deducciones, regímenes especiales y una opacidad tributaria que hace imposible saber con precisión cuánto pagan realmente. Mientras tanto, el 1% más rico concentra cerca del 35% a 40% de la riqueza privada nacional, pero su aporte efectivo a la recaudación es insignificante en proporción. Los impuestos al consumo (como el IVA) y las retenciones salariales siguen cargando la mayor parte del peso sobre hombros medios y bajos. Oxfam lo dice sin rodeos: esta estructura no corrige la desigualdad; la agrava. La fortuna de los multimillonarios mexicanos se cuadruplicó en tres décadas, mientras la economía creció a ritmos mediocres y la pobreza persiste. El informe denuncia una “falta alarmante de transparencia tributaria” algo poco común en el mundo desarrollado que impide el escrutinio público y permite que los datos sobre los más ricos se vuelvan “difusos o inexistentes”. En palabras de Carlos Brown, director de Programas de Oxfam México: de cada 100 pesos recaudados, los multimillonarios como individuos aportan solo 21 centavos. Punto. La reforma fiscal es, por tanto, urgente e indispensable. Se necesitan impuestos más progresivos sobre la riqueza extrema, ganancias de capital y herencias; la eliminación de privilegios fiscales injustificados; y una mayor transparencia en los pagos de grandes contribuyentes. Oxfam propone nueve medidas concretas: desde democratizar el campo fiscal hasta visibilizar la “irresponsabilidad fiscal” de los ultrarricos, fortalecer reguladores y orientar inversiones hacia infraestructura social y sistemas de cuidados. Sin estos cambios, será imposible financiar un Estado capaz de enfrentar la crisis climática, reducir la pobreza o garantizar derechos básicos. Pero aquí radica el gran nudo gordiano: la sociedad mexicana desconfía profundamente del gobierno. La percepción de corrupción es abrumadora, encuestas regionales como Latinobarómetro la sitúan en niveles altísimos, y la idea de que “más dinero al fisco termina en bolsillos privados o en obras faraónicas” está arraigada. ¿Cómo convencer a la gente de aceptar una carga mayor (aunque sea sobre los ricos) cuando el pacto social está roto por la opacidad, el clientelismo y la captura de instituciones por intereses poderosos? La respuesta no puede ser solo técnica. Una reforma exitosa requiere reconstruir legitimidad: auditorías independientes, rendición de cuentas visible, combate real a la corrupción (no solo discursos), participación ciudadana en el diseño fiscal y resultados tangibles en salud, educación y seguridad. Sin atacar de raíz la desconfianza y la corrupción, cualquier intento de gravar más a los ricos enfrentará resistencia masiva, amparos interminables y más evasión. México está ante una disyuntiva clara, como la plantea Oxfam: ¿oligarquía, donde unos pocos captaron el poder económico y político, o democracia, con un pacto fiscal justo, transparente y redistributivo? El dato de los 21 centavos no es solo una estadística; es una llamada de atención. Ignorarla perpetúa la injusticia; enfrentarla con valentía y honestidad podría ser el primer paso hacia un país menos desigual.

La pelota está en la cancha del gobierno, el Congreso y la sociedad. ¿Seguiremos tolerando que los que más tienen paguen menos? O, finalmente, ¿exigimos que paguen lo justo? El tiempo de las excusas se agota.

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