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Es tan pequeña que apenas se puede ver desde el espacio, pero esta isla secreta es el principal problema de EEUU para atacar a Irán

Desde la Guerra Fría, muchas de las grandes potencias entendieron que las guerras modernas no empiezan cuando despega el primer avión, sino cuando se asegura el acceso a las bases desde las que despegará. A veces, el factor decisivo no es tanto la potencia de fuego, sino la llave que abre o cierra una pista clave en el lugar exacto del mapa.

Eso está ocurriendo en estos momentos en un atolón perdido.

Un problema con nombre y apellidos. A Estados Unidos le ha salido un problema capital para “lo de Irán” y no está en Teherán, sino en el Índico. Reino Unido se niega a autorizar el uso de la isla de Diego García y de la base de RAF Fairford para una posible campaña aérea contra la República Islámica, alegando que podría vulnerar el derecho internacional si se trata de un ataque preventivo. 

Sin ese permiso, Washington pierde dos plataformas clave para proyectar su poder aéreo de largo alcance, justo cuando el presidente ha dado un ultimátum a Irán y ha insinuado que en cuestión de días podría decidir entre un acuerdo o una operación militar.

La isla secreta que sostiene las guerras largas. Lo contamos hace un tiempo. Ubicada a medio camino entre la costa este de África y la costa oeste de Indonesia, la isla fue parte del archipiélago de Chagos. Durante el siglo XVIII, fue colonizada por los franceses como un asentamiento agrícola. Entonces llevaron a los chagosianos, descendientes de esclavos de África e India, hasta las islas para trabajar en el cultivo de cocoteros para la producción de copra (carne seca de coco). Con el tiempo, los locales desarrollaron su propia cultura y dialecto, la conocida como criollo chagosiano.

Para 1814, tras la derrota de Napoleón, la isla pasó a control británico como parte del Tratado de París, integrándose en la colonia de Mauricio. A lo largo del siglo XIX, la vida en la isla continuó con una pequeña población que se dedicaba a la agricultura y la pesca, pero las cosas estaban a punto de cambiar con la entrada del nuevo siglo. 

El acuerdo. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y Reino Unido sellaron un acuerdo. Ambas naciones vieron en la isla un lugar estratégico para una base militar secreta en el Indico. 

En 1965, los británicos separaron las islas Chagos de Mauricio, formando así el Territorio Británico del Océano Índico (BIOT), que también incluye las otras 57 islas del archipiélago de Chagos. Para 1966, firmó un acuerdo secreto con Estados Unidos, permitiendo la construcción de la base militar «secreta».

B 2 Spirit Original 3

Nodo clave. Desde entonces, Diego García es de todo menos una base cualquiera, porque es uno de los enclaves más estratégicos del Pentágono en el océano Índico. Su pista central, su puerto capaz de acoger submarinos nucleares y su infraestructura logística permiten desplegar, mantener y rearmar bombarderos estratégicos en ciclos sostenidos. 

Sin irnos muy lejos, el año pasado ya sirvió como plataforma de presión cuando llegaron varios B-2 en un claro mensaje hacia Irán, y precisamente ese tipo de despliegue es el que ahora brilla por su ausencia. Que no haya movimientos visibles de bombarderos hacia la isla refuerza la idea de que el veto británico está condicionando la planificación militar.

Sin bases no hay campañas prolongadas. La diferencia geográfica es abismal y explica la tensión. Desde Diego García hasta Irán hay alrededor de 2.300 kilómetros, desde Estados Unidos más de 6.000. Esa distancia marca el ritmo de salidas, el desgaste de las tripulaciones y la intensidad de la ofensiva. 

Para una operación de una noche se puede volar ida y vuelta desde Misuri, como ocurrió en ataques anteriores, pero para una campaña de una semana o más contra instalaciones nucleares, mandos militares y lanzadores de misiles, se necesitan bases adelantadas que permitan generar salidas constantes. Dicho de otra forma, sin acceso a la isla y a Fairford, el papel de los B-2, B-1 o B-52 se reduce mucho y el plan pierde volumen.

Un choque entre aliados. El desacuerdo no es solo técnico, es profundamente político. Londres sostiene que apoyar un ataque podría implicarle legalmente si conoce las circunstancias de una acción considerada ilícita, y el primer ministro ha marcado distancias con la Casa Blanca. 

Washington, por su parte, ha respondido endureciendo el tono y vinculando la negativa al contencioso sobre el futuro de Diego García dentro del archipiélago de Chagos, cuyo estatus y posible cesión a Mauricio han abierto una grieta diplomática. Así, lo que empezó como un debate jurídico ha derivado en un pulso estratégico entre aliados históricos.

La guerra que se amplifica sin la pieza clave. Mientras tanto, Estados Unidos continúa acumulando cazas, aviones de guerra electrónica y reabastecedores en la región, preparando el tablero como si la opción militar siguiera viva y fuera inminente. 

Ocurre que el corazón de una campaña aérea prolongada no son los F-22 en tránsito, sino esos bombarderos estratégicos operando desde una base segura y cercana. Si Reino Unido mantiene el veto, Washington tendrá alternativas más lejanas y menos eficientes, lo que obligaría a rediseñar el alcance y la intensidad del golpe. En definitiva, en plena escalada con Irán, la pieza que podía hacerlo todo más sencillo para Washington es precisamente la que hoy bloquea el movimiento.

Imagen | Department of Defense, Royal Air Force, U.S. Air Force

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