Qué quería decir el filósofo Montaigne cuando dijo: "Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis"
Más que como filósofo, escritor, humanista, estadista y padre del ensayo moderno, a Michel de Montaigne (1533-1592) se le recuerda como «el más clásico de los modernos y más moderno de los clásicos». Y ese no es un título cualquiera. El francés supo encarnó como pocos el espíritu del Renacimiento, un tiempo convulso en lo político y optimismo en lo intelectual, una era de hallazgos en la que el hombre se reivindicó a sí mismo como centro y medida del universo.
Montaigne no solo sintonizó con ese torrente filosófico. Lo hizo con un estilo propio, personal, que mantuvo pese a no levantar precisamente pasiones entre sus contemporáneos. A él tampoco pareció importarle gran cosa. «Yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano», escribió en el prefacio de sus ‘Ensayos’, anticipándose con un tono a medio camino entre el orgullo y la (¿falsa?) modestia a posibles lectores indignados.
¿Otro filósofo de la ESO?
Hoy el nombre de Montaigne quizás suene extemporáneo, ‘uno de tantos (tantísimos) filósofos que se desempolva de vez en cuando para repescar frases ingeniosas’, podría alegarse. No es así. Aunque escribió sus obras hace más de cuatro siglos, las palabras del humanista francés siguen teniendo una vigencia rabiosa. Su forma quizás suene antigua, pero a poco que se repase el fondo e incluso el por qué de sus palabras encajan en el 2026 como un guante.
Lo recordaba hace unos años la profesora Sarah Bakewell en el maravilloso libro que dedicó a Montaigne. En pleno XVI el intelectual francés impulsó un enfoque que a cualquier lector/escritor/usuario de redes le sonará de lo más normal, pero no lo era tanto en la Europa de hace cuatro siglos: «Escribir sobre sí mismo para crear un espejo en que otras personas pudieran reconocer su humanidad».
«A diferencia de la mayoría de los memorialistas de su época, no escribía para que quedase constancia de sus grandes hazañas y logros. Tampoco escribió un relato como testigo presencial de acontecimientos históricos, aunque podría haberlo hecho», reivindica Bakewell. «Miembro de una generación despojada del esperanzado idealismo que disfrutaron los contemporáneos de su padre, soportó los sufrimientos públicos centrando su atención en la vida privada».

La otra razón de la vigencia de Montaigne es qué lo llevaba a escribir. Mejor dicho, qué pregunta buscaba aclarar cada vez que se sentaba pluma en mano para dejar por escrito su torrente de reflexiones. Aunque podía tratar diferentes temas, en sus páginas, «libérrimas», asoma siempre la misma cuestión, que sigue siendo tan vigente hoy como en 1580: ¿Cómo diablos vivir? ¿Cómo gestionar nuestros días para disfrutar de una vida plena, honesta y que nos resulte satisfactoria?
Con semejante historial se entenderá mejor que hace unos días recurriese a las páginas de Montaigne en busca de respuestas para uno de los grandes retos de nuestro tiempo: la polarización, «el ruido de fondo de nuestra vida pública y una presencia incómoda en la privada», como lo definía en diciembre More in Common, organización que se ha dedicado a monitorizar la crispación.
Quizás suene exagerado, pero según sus datos el 14% de los españoles ha roto alguna relación con familiares o amigos en el último año ni más ni menos que por eso mismo: discusiones aparentemente irresolubles sobre cuestiones políticas.
En un país en el que la cuarta parte (25%) de los encuestados asegura haberse sentido «atacado» o muy «criticado» por expresar sus ideas y el 65% admite que vivimos en una sociedad fragmentada, ¿cómo demonios lidiar con la crispación? ¿Cómo calmar el debate con casi la mitad de la población inmersa en ‘cámaras de resonancia’ en las que prácticamente todo su entorno piensa igual o de manera muy similar? ¿Tiene Montaigne algún consejo desde la Francia del XVI?
La respuesta está en la obra más famosa del francés, Ensayos (disponibles por cierto en la web de la Biblioteca Virtual Cervantes). Allí, al principio del primer capítulo del tercer libro, como frase destacada, Montaigne nos deja un aforismo tan rotundo como apropiado para el problema que tenemos entre manos:
«Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis».
Las traducciones pueden variar (no todas son tan malhabladas), pero el fondo es siempre el mismo. A renglón seguido, el autor desliza otra frase en latín inspirada en Terencio: «Este hombre ha dicho grandes tonterías con gran esfuerzo».
¿Qué quiere decirnos Montaigne?
Que todos podemos equivocarnos. Incluso los más sabios. Incluso él mismo, con lo que a la hora de sentarse a confrontar ideas hay tres palabras que no conviene olvidar. Tres palabras que suenan a vacuna en tiempos de crispación.
Honestidad.
Moderación.
Prudencia.
«Un hombre de costumbres excelentes puede albergar opiniones falsas; un malvado predicar la verdad, hasta aquel que no cree en ella», escribe el humanista tras recordarnos que «el decir» es algo muy distinto «del hacer» y a menudo resulta útil analizar por separado al predicador y lo que predica.
A lo largo de sus ‘Ensayos’ Montaigne incluso llega a recordar al lector: «Jamás en el mundo han existido dos opiniones iguales como tampoco dos cabellos, ni dos granos idénticos. La cualidad más universal de aquellas es la diversidad».
¿Significa eso que todo sea relativo o no se puedan discutir ideas? En absoluto. Lo importante, parece recordar Montaigne desde su escritorio iluminado a la luz de las velas, es tener presente que ni el más sabio de los sabios está libre de equivocarse y decir “estupideces”. Y no pasa nada porque eso ocurra.
Lo importante es cómo se plantean esas ideas («decirlas con énfasis»). Su obra está salpicada de mensajes similares conectados con el estoicismo, como cuando recuerda: «La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo».
Una vacuna contra la crispación en un momento en el que el debate público tira de las costuras de la sociedad y parecemos más dispuestos que nunca (recuerda ese 14% de españoles que ha ‘roto’ con parientes y amigos por ideología) a dar por perdida una relación simplemente por diferencias políticas. Recuerda, «nadie está libre», nos susurra Michel de Montaigne desde las páginas de sus ‘Ensayos’.
Imágenes | Clem Onojeghuo (Unsplash), Wikipedia








