POR: EL HUSMEADOR

¡SHEINBAUM Y SU GABINETE, DÉBILES: ¡FUNCIONARIOS REBELDES LES DICTAN LAS REGLAS!
- La humillante farsa de un gobierno que parece que no sabe mandar; el exdirector del CIDE y Marx Arriaga se atrincheran, y el régimen les ruega con guantes de seda.
En un México donde el poder se ejerce con puño de hierro en la retórica, pero con manos temblorosas en la práctica, dos casos grotescos desnudan la podredumbre del gobierno de Claudia Sheinbaum. El exdirector del CIDE, José Antonio Romero Tellaeche, y el incendiario Marx Arriaga, exresponsable de los libros de texto en la SEP, se niegan a renunciar a puestos de confianza esos que, por definición, se sirven a placer del superior y el federalismo morenista, en lugar de echarlos a patadas, les pide permiso como un niño regañado. Es el espejo de un gabinete en descomposición, de una presidenta cuya imagen ya está hecha trizas por la ineficacia, la corrupción encubierta y la incapacidad para imponer autoridad. ¿Esto es la «cuarta transformación»? No, esto es el circo de los ineptos. Primero, el sainete en el CIDE. Romero Tellaeche, un tipo que llegó al Centro de Investigación y Docencia Económicas con aires de reformador, pero dejó un rastro de irregularidades, plagios y un descontento generalizado entre académicos y estudiantes. Destituido el 26 de enero por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación bajo el pretexto de incumplir estatutos y no entregar informes—, el hombre no solo se resistió: interpuso un amparo para aferrarse al cargo. Un juez federal lo rechazó, pero ¿qué hizo el gobierno? En vez de ejecutarlo con la frialdad de un funcionario de confianza, permitió que el litigio se arrastrara, que la comunidad académica se polarizara y que la institución, ya de por sí en crisis, se hundiera más en el caos. ¿Dónde quedó la «firmeza»? ¿En pedirle «por favor» que se fuera? Patético. Es el mismo patrón de un régimen que nombra a dedo a sus leales y luego no tiene huevos para despedirlos cuando se vuelven un lastre. Y luego está Marx Arriaga, el rey de la provocación ideológica, el arquitecto de esos libros de texto que dividieron al país como una brecha ideológica. Nombrado en 2021 para la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP, Arriaga se convirtió en el rostro del adoctrinamiento de la Nueva Escuela Mexicana: contenidos sesgados, ausencia de perspectiva de género, acusaciones de corrupción y un pulso constante con sus superiores. El viernes 13 de febrero, la SEP bajo Mario Delgado lo notifica: su plaza pasa a «libre designación», es decir, se va. ¿Reacción? Arriaga se atrinchera en su oficina de Avenida Universidad, llama a la policía para que lo «desaloje» (con video viral incluido), denuncia «violencia» y «traición a la 4T», y se planta como mártir: «Hasta que no me entreguen un documento conforme a la ley, sigo en el puesto». Dos días después, sigue allí, convocando protestas y comités de defensa. La SEP, en su comunicado más cobarde, niega el «desalojo» y habla de «diligencia administrativa». ¿Y Sheinbaum? Silencio sepulcral, o evasivas sobre que «los libros no cambian». ¡Qué vergüenza! Un funcionario de confianza, removible con un chasquido de dedos, humilla al gobierno entero. Delgado le ofreció puestos alternos, incluso diplomáticos, y Arriaga los rechazó riéndose en su cara. El gabinete, en vez de actuar, negocia como en un bazar. Esto no es un par de anécdotas aisladas. Es el síntoma terminal de un gobierno que llegó prometiendo transformación y se ha convertido en un club de pusilánimes. Funcionarios de confianza — esos que el propio morenismo usó para purgar opositores ahora se rebelan porque saben que no hay consecuencias reales. El CIDE y la SEP, dos pilares educativos clave, se convierten en teatros de resistencia interna, mientras Sheinbaum y su equipo miran para otro lado. ¿Dónde está la autoridad presidencial? ¿En las giras y las fotos con el pueblo? No: en la incapacidad para despedir a dos rebeldes sin que el país entero lo vea como una derrota. La imagen de la presidenta ya estaba deteriorada por la inflación galopante, la violencia descontrolada, los escándalos de nepotismo y la erosión de instituciones. Ahora, con estos fiascos, se hunde en el ridículo. Su gabinete Delgado, la secretaria de Ciencia, los subsecretarios parecen un grupo de becarios asustados, pidiendo disculpas por ejercer el poder que les dieron. ¿Esto es gobernar? No, es claudicar ante los propios. Sheinbaum, que heredó el trono de López Obrador con promesas de continuidad, está dejando que su legado se pudra en oficinas atrincheradas y corrupción.
El mensaje es claro y demoledor: en este sexenio, los leales de ayer se convierten en los verdugos de hoy, y el gobierno no tiene ni la fuerza ni la dignidad para ponerlos en su lugar. México merece líderes, no personajes improvisados. Sheinbaum y su troupe, con su debilidad crónica, están cavando su propia tumba política. Y el país paga la factura.







