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Da igual cuántas horas pases buscando en el cielo nocturno: jamás vas a ver una estrella verde

Habrá a quién le de pereza pasear al perro de noche (sobre todo en invierno) o a las 6:30 de la mañana, pero a mí me encanta encontrármelo todo dormido y poder levantar la cabeza tranquilamente para, mientras me doy una vuelta por las afueras de mi ciudad para que mis perras hagan sus cosas, mirar al cielo para ver qué me encuentro. 

Uno de mis pasatiempos es, como cuando era pequeña, intentar distinguir qué me encuentro: La Estrella Polar, a estas alturas del año también El Carro, la brillantísima Sirio con un tono blanco azulado o la anaranjada Aldebarán, la roja Betelgeuse o la supergigante azul Rigel. Aunque hay contaminación lumínica, afortunadamente vivo cerca de varios municipios Starlight y no cuesta mucho encontrar auténticos espectáculos. He visto estrellas de unos cuantos colores, pero nunca verdes.

La realidad es que miro las estrellas sin más instrumental que mis ojos y eso implica solo ver aquellas lo suficientemente brillantes como para emitir suficiente luz como para activar los conos, las células sensibles al color que están en la retina. Pero aún así, las estrellas que me encuentro parecen blancas, azules, rojas, naranjas o amarillas. Viendo el cielo con un telescopio la cosa cambia y ahí sí que se pueden ver estrellas más débiles o incluso subir de nivel y echar un vistazo (e intentar interpretar lo que ven los telescopios espaciales). Lo que cuesta ver son estrellas verdes.

Spoiler: es cosa tanto de las estrellas como de nuestros ojos y su forma de percibir el color.

El pico de emisión del Sol es verde. Hay varias razones por las que nunca lo vemos de ese color

Una estrella se comporta como un cuerpo negro, esto es, emite luz en función de su temperatura. En pocas palabras: emiten luz porque están calientes. De hecho, su color depende de su temperatura: las más frías emiten con  luz roja y las que están muy calientes brillan en azul.  


Nasa

Diferentes curvas de Planck para estrellas de colores clásicos: azul, amarillo, rojo. NASA

Sin embargo, esto es una simplificación: en realidad emiten en una amplia gama de colores pero en diferentes proporciones en forma de campana asimétrica (la curva de Planck que ves sobre estas líneas) y es la mezcla la que da ese color final. La relación entre la temperatura de una estrella y el color donde emite la mayor cantidad de energía (la puntita de la curva) se obtiene de la Ley de Desplazamiento de Wien

Si una estrella tiene una temperatura de unos 5.500K (muy parecida a la del Sol), su pico de emisión estaría precisamente en esa zona verde. Pero nunca hemos visto que el Sol sea verde. Aquí entran en juego nuestros ojos: el color de una estrella no es una propiedad intrínseca de la luz, sino una interpretación de nuestro ojos frente ese batiburrillo de fotones.

Los ojos tienen tres tipos de conos, cada uno de ellos sensible a la luz roja, verde o azul respectivamente. Es decir, que si un objeto emite o refleja luz roja, solo los conos rojos enviarían una señal al cerebro para que lo perciba así. Obviamente el cerebro puede interpretar más colores: la clave está en que esos tres tipos de conos pueden enviar la señal en distinta proporción y luego se mezclan en el cerebro. 

Precisamente lo que pasa con el Sol, que aunque emite la mayor cantidad de luz en azul y verde, emite simultáneamente tanta cantidad de luz roja y azul que la combinación acaba promediando en el cerebro como blanco (otra cosa es que esté clasificada como una estrella enana amarilla. 

Debido a la física de los cuerpos negros, no existe una temperatura estelar que excite únicamente los conos verdes del ojo sin activar también los rojos y azules. Y como las cámaras imitan la visión de los ojos, las estrellas tampoco aparecen verdes en las fotos.

Sí, pero. Después de toda esta explicación resulta que hay un par de estrellas que hay quien dice ver verdes, pero no: en realidad son trucos del cerebro. Es el caso de Almach, un sistema estelar formado por una gigante y brillante naranja y un sistema triple de tres estrellas azules tan próximas que desde nuestra perspectiva no se distinguen por separado, sino que se mezclan en un punto de luz. Nuestro cerebro intenta equilibrar el naranja con su color complementario, el verde. El resultado: la podemos llegar a percibir como naranja. Eso sí, las cámaras no pican en este error de procesamiento biológico. La otra es Zubeneschamali, una estrella solitaria cuyo color confundimos bien por una percepción subjetiva o por efectos de la atmósfera. 

Eso no significa que no haya objetos celestes verdes en el cielo. Hay unas cuantas nebulosas con un tono verde de lo más llamativo gracias a la intensa emisión de los átomos de oxígeno, también hemos visto cometas color verde esmeralda (la culpa la tiene el carbono diatómico) o planetas como la Tierra por motivos obvios y hasta Urano por el metano de su atmósfera y cómo absorbe la luz. 

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Portada | Parastoo Maleki 

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