Si la pregunta es cuál es el sitio más vigilado del mundo, la respuesta está en Canarias: 1.300 sensores vigilan un enemigo invisible

Durante casi tres meses, entre septiembre y diciembre de 2021, la isla de La Palma vivió la erupción más larga y destructiva de su historia reciente. Ocurrió cuando el volcán Tajogaite abrió la tierra en la dorsal de Cumbre Vieja y obligó a evacuar a miles de personas, sepultó barrios enteros bajo la lava y alteró de forma irreversible el paisaje y la vida de la isla, inaugurando una nueva etapa en la que el final del fuego no significó el final del volcán.
El pueblo que no dejó de respirar volcán. En Puerto Naos la lava nunca llegó, pero el volcán sí lo hizo, filtrándose bajo calles, garajes y cimientos en forma de dióxido de carbono, un gas invisible que durante años mantuvo al barrio evacuado y convirtió la vida cotidiana en una ecuación de riesgo permanente.
Tras la erupción del Tajogaite, el suelo siguió exhalando CO₂ de origen magmático, alcanzando en algunos puntos concentraciones extremas, propias de un entorno letal, obligando a cerrar viviendas, negocios y playas mientras los residentes aprendían que el peligro ya no ardía en la superficie, sino que se acumulaba silenciosamente bajo sus pies.
Miles de sensores y un experimento. Contaban esta semana en un reportaje de la BBC que se ha acercado hasta el enclave que la respuesta transformó Puerto Naos en el lugar más vigilado del mundo en materia de CO₂, con más de 1.300 sensores repartidos por viviendas, calles, farolas, playas, garajes y hoteles, conectados a un sistema de monitorización continua capaz de detectar cualquier repunte en tiempo real.
Este despliegue, impulsado por el proyecto Alerta CO₂, permitió que el gas dejara de ser una amenaza imprevisible y pasara a ser un fenómeno medido, interpretado y gestionado, haciendo posible el retorno progresivo de los vecinos y la reapertura del núcleo urbano, siempre bajo la premisa de que aquí la normalidad solo existe mientras los datos confirmen que el aire sigue siendo respirable.
Vivir con alarmas. Durante años, la vida en Puerto Naos se reorganizó alrededor de los sensores, con garajes permanentemente abiertos para ventilar, sótanos clausurados, zonas acordonadas y vecinos que aprendieron a convivir con pitidos de alerta como parte del paisaje sonoro.
El CO₂, más denso que el aire, se acumulaba en los puntos bajos y llegaba a hacerse visible como una cascada difusa en patios estrechos, matando por el camino animales pequeños, corroyendo metales y recordando que el volcán seguía activo aunque ya no expulsara lava, moldeando no solo el terreno sino también la psicología y las decisiones de quienes se negaban a abandonar definitivamente su hogar.

Vista de parte de Puerto Naos
Playa Chica, el pulso. En 2026 el problema ya no es general, sino quirúrgico: una pequeña franja en Playa Chica y algunos garajes concretos donde el CO₂ sigue emergiendo directamente del subsuelo a través de un terreno extremadamente poroso, uno descrito por los técnicos como un «queso gruyere volcánico».
Allí se concentra ahora todo el esfuerzo, no tanto para devolver el pueblo a la vida (porque ya ha vuelto) sino para cerrar el último punto donde el volcán aún marca el ritmo, recordando por el camino que la erupción no terminó cuando cesó el fuego, sino cuando el subsuelo deje de exhalar su último aliento.
Extraer el gas de la tierra. La solución probada con éxito por los expertos cambia la lógica tradicional en estas situaciones: en vez de ventilar los edificios, se ha ventilado el suelo, captando el CO₂ bajo tierra y conduciéndolo por tuberías hasta puntos de expulsión controlados cerca del mar, donde el gas se dispersa rápidamente sin peligro.
No solo eso. Las pruebas han demostrado reducciones drásticas, pasando de concentraciones cercanas al medio millón de ppm a niveles seguros. Dicho de otra forma, se ha confirmado que el método funciona y que el reto pendiente no es una hipótesis conceptual, sino técnico, un ajuste fino para evitar pérdidas de carga y garantizar que el sistema pueda operar de forma estable y permanente.
Cerrar el volcán. Puerto Naos ya está abierto, habitado y en funcionamiento, pero cerrar el volcán significa convertir este experimento en toda una infraestructura definitiva, integrar la extracción del CO₂ en la red urbana y aceptar que la isla seguirá siendo “volcán” incluso cuando parece tranquila.
Quizás por ello, nadie espera inauguraciones ni finales épicos a lo ocurrido, solo un momento silencioso en el que Playa Chica deje de ser una excepción y el aire vuelva a ser solo eso, demostrando que en la isla de La Palma las fuerzas volcánicas no solo han moldeado la tierra, sino también la forma en que una comunidad ha prendido a vivir, vigilar y resistir sobre ella.
Imagen | Eduardo Robaina, Hyperfinch








