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Roma ha decidido activar el mayor experimento anti-turístico de Europa: cobrar para ver la Fontana de Trevi

Desde que el turismo de masas se consolidó, muchos enclaves históricos y paisajes emblemáticos han pasado de ser espacios vividos a convertirse en escenarios sometidos a una presión constante, primero por la popularización de los viajes y después por la amplificación de las redes sociales. Con el tiempo, esa acumulación de visitantes ha obligado a ciudades y pueblos de todo el mundo a ensayar soluciones cada vez más diversas (tasas, cupos, restricciones de acceso o cambios en los usos del espacio) en un intento de preservar lugares pensados para durar siglos frente a una forma de consumo turístico cada vez más intensa.

El selfie como entrada de pago. Y es justo en este punto donde aparece el último movimiento de las autoridades en Roma, quienes han empezado a poner precio no a la contemplación de sus monumentos, sino al acto concreto de situarse delante de ellos y producir contenido, convirtiendo el selfie en una experiencia que pasa por caja

El caso más simbólico es el de la Fontana di Trevi, donde ver el monumento sigue siendo gratis desde la plaza, pero bajar a su nivel, ocupar el encuadre icónico, lanzar la moneda y hacerse la foto exige ahora pagar dos euros. Dicho de otra forma, la tasa no compra historia ni patrimonio, sino tiempo, espacio y proximidad en un escenario saturado, asumiendo de forma explícita que el verdadero valor turístico ya no está en mirar, sino en aparecer en la imagen.

La Fontana como set de rodaje permanente. Durante años, la Fontana di Trevi se había convertido en un embudo humano donde miles de visitantes diarios competían por unos segundos frente al mármol, el agua y la cámara del móvil, hasta convertir la experiencia en un horror casi impracticable. 

Si se quiere, el nuevo sistema de acceso acotado funciona como si fuera una taquilla de plató: quien paga puede bajar, posar, repetir la foto y permanecer el tiempo que quiera, mientras se prohíben gestos que rompen la ilusión del escenario, como comer o beber. Roma asume así que el ritual contemporáneo ya no es lanzar la moneda para volver a la ciudad, sino certificar en redes que se ha estado allí, y que ese gesto tiene un coste económico y de gestión.

Trevi Tourists

Entre la normalización y la polémica. Qué duda cabe, una medida así ha dividido a los visitantes, entre quienes ven razonable pagar “lo que cuesta un café” por una experiencia ordenada, y quienes consideran inadmisible poner barreras económicas a un símbolo histórico. 

Sin embargo, el debate oculta una realidad más amplia: el acceso de pago no nace tanto de la necesidad de recaudar como de filtrar flujos, reducir masas y monetizar una presión que ya existe, o eso dicen en la administración. Con más de diez millones de personas al año acercándose a la Fontana, el pago actúa como un regulador del deseo de proximidad, no del interés cultural.

Tirar monedas, nuevo deporte de riesgo. Contaba la CNN que el primer día del nuevo sistema, no todos estaban convencidos. Al parecer, un grupo de turistas españoles, reacios a pagar, se situó fuera de las barreras y lanzó monedas hacia la fuente desde arriba.

De hecho, varias fallaron por completo y no llegaron al agua, mientras abajo, los visitantes que pagaban se agacharon mientras las monedas llovían desde arriba. Un funcionario municipal dijo que en los próximos días se introducirían patrullas para prevenir lesiones por lanzamientos erróneos.

Mismo problema, otra solución. También en Italia, en el pequeño pueblo alpino de Santa Maddalena, al pie de los Dolomitas, la respuesta ha sido distinta, pero parte del mismo diagnóstico: el selfie exprés está vaciando de sentido los lugares que convierte en virales. En su caso, la iglesia del enclave. 

Allí no se cobra por bajar a una foto, sino que se limita directamente el acceso a quienes no pernoctan, se encarece el aparcamiento y se obliga a caminar un largo trayecto para llegar a la iglesia que se ha convertido en icono de Instagram. El objetivo: desincentivar al visitante que llega, hace la foto y se va, dejando saturación, pero poco valor para la comunidad.

De ver a consumir el encuadre. En resumen, tanto en Roma como en los Dolomitas, el mensaje de fondo es el mismo: el turismo masivo ya no gira en torno a descubrir lugares, sino más bien a consumir imágenes, y las administraciones están empezando a gestionar ese fenómeno como un producto con límites

Bajo ese prisma, la Fontana di Trevi simboliza el paso definitivo, al separar claramente la contemplación gratuita del acceso al “set de rodaje”, mientras que Santa Maddalena apuesta por frenar directamente al turista de paso. Dos enfoques distintos para un mismo problema contemporáneo: cuando el viaje se reduce a un selfie, el patrimonio acaba convertido en escenario y el acceso, inevitablemente, en un bien regulado.

Imagen | Benson Kua

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