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Tinder ha entendido algo incómodo: los jóvenes están solos y ya no quieren ligar como antes

Nunca he sido muy de aplicaciones de citas. Probé una vez —poco tiempo, lo justo— y me abrumó. Demasiadas caras, demasiadas conversaciones empezadas al mismo tiempo, demasiada sensación de estar eligiendo a hombres como si fueran opciones de menú. Cerré la app y pensé que quizá el problema era mío. Durante años, esa sensación pareció quedar en minoría. El relato dominante era otro: si no estabas en las apps, te estabas perdiendo algo. El match como puerta de entrada a una vida sentimental activa, moderna y socialmente validada.

Pero algo ha empezado a romperse en ese relato. Y no lo dicen sus críticos, sino las propias empresas que construyeron el negocio del swipe. Hoy, las plataformas de citas reconocen que los jóvenes siguen queriendo amar, pero cada vez se sienten menos capaces de empezar una relación. No por falta de deseo, sino porque el proceso se ha vuelto emocionalmente pesado, socialmente expuesto y psicológicamente exigente. En medio de una generación hiperconectada, el resultado no es más amor, sino más soledad.

Según un informe elaborado por Match Group junto a Harris Poll y The Kinsey Institute, el 80% de la Generación Z cree que encontrará el amor verdadero algún día, más que cualquier otra generación. Sin embargo, solo el 55% se siente preparada ahora mismo para una relación. Esa distancia entre deseo y acción es lo que la compañía ha bautizado como la readiness paradox, o «paradoja de la preparación».

La contradicción es clave para entender el momento actual. Los jóvenes quieren vínculos, pero no saben cuándo —ni cómo— iniciarlos. El mismo informe señala que casi la mitad de la Generación Z afirma no estar lista para una relación en este momento y que el 75% no tiene ninguna prisa por empezarla. Como explicaba a Fortune Chine Mmegwa, responsable de estrategia de Match Group, el proceso se convierte en un ciclo que se retroalimenta: estándares muy altos de preparación emocional conducen a la espera; la espera, a la soledad; la soledad, al deseo de conexión; el deseo, al miedo a no estar listo. El resultado no es desapego, sino parálisis.

Soledad hiperconectada

Esta parálisis no ocurre en el vacío. Ocurre en un contexto donde la soledad juvenil se ha disparado, incluso entre personas con vida social activa y presencia constante en redes. Un estudio publicado en PLOS One define este fenómeno como una «ambivalencia social»: jóvenes rodeados de gente que, aun así, se sienten profundamente solos. 

En España, los datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada muestran que casi siete de cada diez jóvenes reconocen haberse sentido solos recientemente, independientemente del número de amigos o seguidores que tengan. La cantidad de interacción no compensa la falta de profundidad emocional. Tener likes no equivale a sentirse acompañado.

El informe de Match Group confirma esta sensación donde más del 50% de la Generación Z dice sentirse sola a pesar de tener conexiones online. Y, a diferencia de generaciones anteriores, muchos admiten que buscan vínculos no tanto por amor como para evitar la soledad, algo que después les genera culpa o la sensación de estar entrando en una relación «por el motivo equivocado».

El miedo no es a la cita, es al fracaso público

A esta fragilidad emocional se suma un factor decisivo, las redes sociales han cambiado la forma misma de iniciar una relación. Ya no se pide una cita. Se pide el Instagram. Y muchas veces, todo se queda ahí. Seguirse, mirar historias, reaccionar con un emoji, observar durante semanas —o meses— sin dar un paso claro. Una fase permanente de tanteo que reduce el riesgo, pero también bloquea el avance.

Cuando una relación parece avanzar, la presión no desaparece; se traslada al escaparate público. Según datos recogidos por Fortune a partir de informes de Match Group, casi la mitad de las relaciones de la Generación Z comienzan con un soft launch en Instagram —una foto ambigua, una historia sin contexto— frente al 27% del conjunto de la población. El hard launch, en cambio, es percibido como un compromiso serio por el 81% de quienes lo han hecho.

Hacer oficial una relación ya no es una fase más, se vive como un contrato simbólico. El miedo al fracaso público —tener que borrar fotos, gestionar explicaciones, exponerse al juicio— funciona como freno incluso antes de empezar. Mejor no iniciar nada que tener que deshacerlo delante de todos. Match Group describe este clima como una auténtica «presión de rendimiento» aplicada a la vida sentimental. Este repliegue no es exclusivo de las citas. Como ya analizamos en Xataka, la Generación Z está reduciendo de forma consciente su exposición pública en redes sociales: menos publicaciones, más mensajes privados; menos huella, menos riesgo. 

Este clima se ve reforzado por un cambio en las formas de tener citas. Como recoge Business Insider, el flirteo tradicional está en declive: pedir un perfil ha sustituido a invitar a un café. Las aplicaciones de citas y la pandemia han debilitado el «músculo» de hablar con desconocidos en persona, generando más ansiedad social. El resultado no es rechazo al contacto, sino una aproximación pasiva, prolongada y poco resolutiva.

Algunos expertos matizan, sin embargo, que no se trata tanto de una pérdida de habilidades como de un cambio de código. La Generación Z es más directa con sus límites y expectativas, y menos tolerante con la ambigüedad prolongada. Lo indefinido cansa. Lo confuso agota.

Eso encaja con los datos del informe Year in Swipe 2025 de Tinder, donde se observa un rechazo creciente al «mínimo esfuerzo» y a las señales ambiguas. Tendencias como el clear-coding o el loud looking —decir explícitamente qué se busca y desde dónde— reflejan ese deseo de claridad emocional en un ecosistema que, paradójicamente, empuja a no decir nada y esperar.

Las apps se adaptan: menos presión, más contexto

Frente a este escenario, las aplicaciones de citas han decidido cambiar el enfoque. Ya no venden la promesa de ligar rápido, sino en reducir la ansiedad del primer contacto.

Tinder, propiedad de Match Group, ha sido la más explícita en este giro. El año pasado lanzó Modes, un sistema que permite elegir cómo y desde dónde conocer gente: modo clásico, Double Date (citas en pareja con un amigo) y College Mode, que limita los contactos a estudiantes del mismo entorno universitario,

El objetivo es bajar la presión psicológica del encuentro uno a uno. Según datos de la propia compañía, los usuarios de Double Date envían cerca de un 25% más de mensajes por match y una parte relevante son personas que habían abandonado la app y han decidido volver. 

Como explicaba Cleo Long, directora de marketing de producto de Tinder, la idea es «dar a los usuarios el control sobre lo que buscan en cada momento» y facilitar conexiones que no tengan que convertirse inmediatamente en citas románticas.

No obstante, no todo el mundo cree que este rediseño sea suficiente. Ilana Dunn, exresponsable de contenidos de Hinge y actual dating coach, advertía en Fortune que mientras las aplicaciones no empujen de verdad a la gente a conocerse en persona, su capacidad de revertir la tendencia es limitada.

No es casual que, en paralelo, estén creciendo los encuentros presenciales: speed dating, eventos para solteros, fiestas organizadas o incluso «clases para aprender a conocer gente». El deseo de volver al cara a cara existe, pero necesita estructuras que lo hagan menos intimidante.

Lo que ninguna app puede arreglar

Reducir esta crisis afectiva a un problema de diseño sería engañoso. Hay factores estructurales que ninguna app puede resolver.

El primero es económico. Como señalaban los responsables de Coffee Meets Bagel a Business Insider, para muchos jóvenes elegir pareja se ha convertido en una decisión profundamente pragmática. Con la vivienda disparada y la emancipación retrasada, encontrar a alguien estable financiera y profesionalmente es casi una necesidad. «Hoy hacen falta dos ingresos para aspirar a una vida mínimamente estable», explicaban.

En paralelo, algunos jóvenes, especialmente en entornos de alta exigencia como Silicon Valley, priorizan el trabajo por encima de cualquier vínculo emocional. El llamado «celibato consciente» no responde a falta de deseo, sino a una lógica de productividad extrema. Las relaciones se perciben como una distracción o una inversión incierta.

A este escenario se suma un desgaste emocional desigual. Entre muchas mujeres heterosexuales se acumula una sensación de cansancio que no nace del rechazo al amor, sino de la repetición de dinámicas poco resolutivas: conversaciones que se prolongan sin llegar a concretarse, vínculos que se mantienen en una ambigüedad permanente y relaciones que avanzan solo hasta donde resultan cómodas para una de las partes.

Gestionar expectativas difusas, interpretar señales contradictorias o sostener el peso del «qué somos» acaba convirtiéndose en un esfuerzo continuado que muchas optan por reducir o pausar. El resultado no es desapego, sino fatiga emocional acumulada en un ecosistema que penaliza la claridad y normaliza la incertidumbre.

El fondo del asunto

La Generación Z no es cínica ni incapaz de amar. Es, quizá, la primera que ha interiorizado que amar mal tiene un coste emocional alto y visible, y que equivocarse ya no ocurre en privado.

Las aplicaciones de citas han entendido el síntoma y tratan de suavizarlo ofreciendo entornos de bajo riesgo. Pero lo que no pueden ofrecer —porque ninguna tecnología puede— es el aprendizaje que solo llega al exponerse.

Al final, quizá no era que yo fuera demasiado clásica ni que estuviera fuera de época. Quizá lo que me abrumó aquella vez no fue la aplicación, sino la sensación de que para empezar algo había que saber demasiado, estar demasiado preparada, tenerlo todo claro antes incluso de conocer a alguien.

Porque nadie estuvo nunca completamente preparado para conocer a alguien.
Y quizá el verdadero problema no sea que los jóvenes no quieran ligar, sino que vivimos en una sociedad que ha convertido el amor en un examen permanente. Y que, por miedo a suspender, ha dejado de presentarse.

Imagen | Unsplash y Unsplash 

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