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España espera frente a Rusia una alarma que sonó 500 veces en 2025. Sus pilotos tienen 15 minutos para lanzar sus cazas

A pocos minutos del espacio aéreo ruso, un puñado de pilotos españoles vive instalado en la rutina más tensa que existe en tiempos de paz: estar listo para despegar en cualquier momento desde una base helada del Báltico, una donde el cielo se vigila como si cada señal en el radar pudiera ser el inicio de algo más grande.

Quince minutos. En Šiauliai, una base aérea lituana que funciona como primera línea de vigilancia sobre el Báltico, la rutina puede romperse en cualquier segundo con una sirena y una cuenta atrás. Cuando salta la alerta (solo en 2025 lo hizo hasta 500 veces), los pilotos españoles del Ala 15 se ponen el equipo, suben a las furgonetas y corren hacia los hangares con un único objetivo: estar en el aire en menos de quince minutos. 

Se trata de una mecánica milimétrica, repetida tantas veces en entrenamiento que se vuelve automática, porque la misión no espera a nadie y porque en esa zona un avión sin identificar, sin transpondedor o sin comunicación puede ser el principio de un incidente serio.

La sombra de un enemigo. La función de estas salidas rápidas, los llamados “scrambles”, es interceptar y escoltar aeronaves sospechosas hasta que se alejen del espacio aliado o se aclaren sus intenciones, y en el Báltico son casi un lenguaje cotidiano

La ruta es especialmente sensible porque conecta a Rusia con el enclave militarizado de Kaliningrado, y ahí se cruzan cazas, aviones de vigilancia y tráficos que a veces vuelan sin plan de vuelo o sin las señales esperadas. El resultado es una tensión constante: algunos días hay varias salidas y otras semanas todo parece tranquilo, pero la sensación es siempre la misma, que el siguiente aviso puede llegar cuando estás descansando o medio dormido.

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Caza del Ala 15

Misión desde 2004. La OTAN inició esta policía aérea báltica en 2004 para proteger el espacio de Lituania, Letonia y Estonia, y desde entonces los países se turnan en rotaciones de cuatro meses para que el paraguas sea permanente. Con el tiempo, el despliegue se amplió a otras bases de la región, primero tras la primera invasión rusa de Ucrania y más tarde con una expansión adicional, porque el frente oriental dejó de ser un concepto teórico. 

En los últimos meses, además, las incursiones se volvieron más inquietantes por un detalle nuevo: no solo aparecían aviones tripulados, también drones que cruzaban fronteras y obligaban a reaccionar en caliente.

España y los cazas. El contingente español llegó en diciembre con más de 200 efectivos y once EF-18M, una versión modernizada del Hornet que España opera y mantiene lista para volar de día o de noche. Los aviones van armados con misiles aire-aire y los pilotos entrenan con gafas de visión nocturna, porque la vigilancia no se detiene cuando baja el sol. 

Detrás de cada salida hay un sistema que vigila el cielo sin descanso, centros de control que detectan trazas en el radar y una cadena de decisión que, cuando se activa, convierte la base entera en una coreografía rápida, silenciosa y perfectamente ensayada.

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Los drones cambian el guion. El gran giro es que ahora el problema no es solo el avión militar clásico que se acerca sin identificarse, sino la aparición de drones baratos, lentos, bajos y erráticos, más difíciles de clasificar y más complicados de frenar con medios pensados para otra época. 

Lo hemos contado. En septiembre del año pasado, una oleada de drones rusos penetró el espacio aéreo polaco durante un ataque contra Ucrania, y después hubo episodios similares que obligaron a activar cazas en países como Rumanía. En paralelo, empezaron a verse pequeños drones no identificados cerca de aeropuertos, bases e instalaciones sensibles por toda Europa, alimentando la sensación de vulnerabilidad y la sospecha de que alguien está midiendo tiempos de respuesta y puntos ciegos.

Crow, el anti-drones. Por eso, en este despliegue el Ala 15 llegó con una novedad histórica para ellos: el sistema Crow de Indra, una defensa anti-drones que añade una capa diferente de protección a la base y su entorno. Crow combina radares, cámaras y sensores para detectar aeronaves pequeñas y, una vez localizadas, intenta derribarlas mediante interferencia de señal, es decir, guerra electrónica desde posiciones fijas o móviles. 

Su alcance no solo protege los aviones y las pistas, también cubre la ciudad cercana, porque el objetivo real es blindar la infraestructura crítica y reducir el riesgo de que un dron barato cause un daño desproporcionado.

El dilema del coste. Detrás de esta adaptación hay un problema que la OTAN se está viendo obligada a resolver a toda velocidad: interceptar drones económicos con armas diseñadas para derribar cazas es una ecuación insostenible

Disparar misiles costosos desde un avión de combate para abatir un aparato pequeño puede funcionar, pero convierte cada defensa en un derroche y abre la puerta a una saturación por volumen. Por eso se están revisando procedimientos y tácticas, buscando sistemas más baratos y específicos, y asumiendo que el caza ya no siempre será la mejor herramienta para apagar el incendio.

La señal estratégica. La llegada de cazas con protección anti-drones refleja una Europa que empieza a fortificar el cielo como si la guerra ya estuviera llamando a la puerta, aunque aún no haya cruzado del todo. En el Báltico, cada rotación es un mensaje político y militar: hay presencia, hay respuesta y hay intención de cubrir huecos que antes no existían. 

Así, lo que antes era una misión casi rutinaria de escolta e identificación se está transformando en un ejercicio de defensa integral contra amenazas híbridas, donde el enemigo puede ser un avión grande, un dron minúsculo o una provocación diseñada únicamente para comprobar si, cuando suena la alarma, de verdad hay alguien capaz de despegar en esos quince minutos.

Imagen | Pexels, Pavel Vanka

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