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Los últimos camuflajes de las tropas rusas confirman un secreto a voces: la guerra en Ucrania es la más Looney Tunes de la historia

En Ucrania, el camuflaje ha dejado de ser un detalle táctico para convertirse en una cuestión de supervivencia inmediata. El frente ya no es solo una línea de trincheras sino un espacio permanentemente iluminado por sensores, drones de reconocimiento y FPV de ataque que aparecen en segundos y castigan cualquier rutina. En ese escenario la diferencia entre el ingenio y la desesperación es una línea difusa para el escondite.

El nuevo campo de batalla. La consecuencia es sencilla y brutal: lo que antes servía para esconderse de un soldado con prismáticos ahora resulta insuficiente frente a un ojo electrónico que no se cansa, no parpadea y puede observar desde arriba, repitiendo pasadas hasta encontrar el mínimo error. 

En ese punto, Rusia está empujada a improvisar nuevas formas de ocultación para sus tropas, no porque sea una excentricidad estética, sino porque la alternativa es quedar expuesto en un entorno donde la detección es casi automática y el castigo llega con precisión quirúrgica.

Camuflaje “realista”. Una de las adaptaciones más llamativas ha sido el uso de cubiertas de camuflaje que ya no se limitan a romper siluetas con manchas de color, sino que incorporan materiales y formas pensadas para mimetizar elementos del terreno, como si se tratara de un escenario construido a mano: rocas falsas, superficies rugosas, texturas que imitan escombros e irregularidades que engañan a la vista desde arriba. 

La idea es simple y bastante lógica en un frente saturado de drones: si el enemigo mira desde el aire, no basta con “parecer verde”, hay que “parecer terreno”, integrarse en el ruido visual del paisaje y reducir las pistas que delatan una posición. Es un intento de ganar esos minutos de invisibilidad que separan un avance posible de una emboscada fallida, y encaja con una evolución en la que Rusia intenta apoyarse más en ataques pequeños y móviles, con grupos reducidos, asumiendo que las concentraciones masivas y los despliegues evidentes se han vuelto un regalo para la vigilancia ucraniana.

Escombros urbanos como piel. La misma lógica se traslada a zonas urbanas devastadas, donde el terreno no es un bosque n uni campo abierto sino un ladrillo roto, paredes caídas y polvo, y donde el camuflaje más útil no es tanto el “militar” tradicional sino el que te convierte en parte de la destrucción. Ahí aparecen redes y coberturas diseñadas para parecer cascotes, restos de construcción y fragmentos de edificios, como si el soldado no se escondiera detrás de la ruina sino que se fundiera con ella. 

Es también la respuesta a una presión constante: el impacto de los drones sobre la infantería rusa se ha vuelto tan frecuente que el frente se transforma en una trituradora de pequeños movimientos, y cada posición expuesta puede convertirse en una escena repetida miles de veces. No deja de ser una paradoja más en un paisaje de escombros, una donde el camuflaje eficaz es el que te convierte… en escombro.

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«Lonas» de camuflaje de escombros

Casetas de campaña. Luego está la imagen que parece sacada de una parodia, aunque nace posiblemente de una desesperación táctica real: soldados refugiándose en estructuras individuales verticales, como cápsulas o fundas que los cubren casi por completo y solo dejan un pequeño hueco para observar. No son tiendas de campaña al uso, ni refugios para vivir, sino envoltorios pensados para reducir firma visual y, sobre todo, térmica, frente a drones que buscan objetivos y los rematan con precisión. 

La lógica es simple: si el dron te encuentra, estás muerto, así que lo primero es evitar que te encuentre. Dicho esto, el precio a pagar puede ser enorme porque esconderse de esa forma significa renunciar a toda movilidad, reacción y conciencia situacional, justo lo que un soldado necesita cuando el peligro llega rápido y desde cualquier ángulo. 

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Camuflaje térmico

El gran enemigo invisible. Lo hemos contado estos días. El giro más decisivo, sin embargo, no está solo en lo que se ve, sino en lo que se siente: el calor. En invierno, las cámaras térmicas se vuelven aún más letales porque el contraste aumenta y todo lo que emite temperatura constante (cuerpos humanos, motores, electrónica, calefactores) resalta como una señal luminosa sobre un fondo helado, incluso de noche. 

Los drones bombarderos ucranianos, los apodados “Baba Yaga”, han explotado esa ventaja con eficacia: buscan formaciones o posiciones, identifican anomalías térmicas y sueltan munición con una facilidad que convierte el ocultarse en un problema casi matemático. En esas condiciones, el camuflaje visual sirve de poco si la posición “brilla” en infrarrojo, y hasta lo que parece insignificante (pisadas recientes en la nieve, actividad repetida en un punto fijo) puede convertirse en una pista. Por eso aparece el camuflaje térmico, que no elimina el calor porque eso es imposible, pero intenta romper la silueta y mezclarla con el entorno, aunque sea degradando la señal en vez de borrándola.

El gran dilema ruso. La situación obliga a Rusia a moverse en un equilibrio imposible: si intenta avanzar hacia zonas de muerte bajo drones, la exposición se multiplica, y si decide quedarse en posiciones fijas, la observación persistente acaba descubriendo patrones, entradas y salidas, momentos de actividad, pequeñas rutinas que un dron puede registrar hasta que llega el ataque. 

El resultado es que cada medida defensiva trae consigo una limitación nueva: esconderte mejor suele significar ver menos y reaccionar peor, moverte más suele significar ser detectado antes. Y mientras Ucrania reserva las cámaras térmicas para drones reutilizables porque encarecen el sistema y no se pueden poner en todo, también juega con combinaciones inteligentes, usando un dron con buena óptica para detectar y otros más baratos para ejecutar.

Looney Tunes, pero con bajas reales. Si se quiere también, todo esto nos lleva a una idea que suena a chiste que no lo es: la guerra en Ucrania se está pareciendo a un episodio de los Looney Tunes, con soldados escondiéndose en cápsulas verticales, redes que imitan ladrillos y camuflajes que parecen atrezo de cine

Qué duda cabe, el fondo es terriblemente serio, porque esa estética absurda nace de una presión tecnológica real, de un entorno donde el aire está lleno de sensores y el camuflaje ya no compite contra ojos humanos, sino contra máquinas que detectan contrastes, anomalías y calor. 

La paradoja final es brutal: cuanto más “ridículo” parece el camuflaje, más evidente se hace lo moderno del problema. Y cuanto más se parece la escena a una broma, más claro queda que la guerra se ha convertido en una caza constante donde sobrevivir depende, literalmente, de que el enemigo no te vea ni siquiera cuando no hay luz.

Imagen | War & Military, Radio Technology Center NGO 

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