Las dos caras del cine: el director de 'Sirat' critica Netflix, pero el 40% de directores europeos no llega a su segunda película

Las declaraciones de Oliver Laxe comparando el cine comercial con «pan bimbo», especialmente señalando la contradicción de hacer películas para Netflix. han generado una polémica inesperada en el sector audiovisual español, relativizando la extraordinaria trayectoria de ‘Sirat’. La película no solo obtuvo cinco estatuillas en los Premios del Cine Europeo, sino que ha conseguido once nominaciones a los Goya y dos a los Oscar. El debate surge en un momento significativo: un estudio del Observatorio Europeo Audiovisual revela que cuatro de cada diez directores y guionistas europeos que estrenaron un largometraje en 2015 no volvieron a firmar otro durante los diez años siguientes.
Una metáfora complicada. Oliver Laxe concedió una entrevista a El Mundo en la que ofreció su diagnóstico sobre la crisis de asistencia juvenil a las salas: «Es nuestra culpa y nuestra responsabilidad que los jóvenes no vayan a los cines. Se les ha dado forraje, pan bimbo y tienen el paladar acostumbrado al azúcar y a los procesados». La metáfora alimentaria no quedó ahí. Laxe continuó argumentando que cuando se ofrece a estos espectadores «un pan de centeno o con un cereal puro», el paladar no está preparado, aunque insistió en que «la sensibilidad está ahí».
El cineasta, cuya película ha superado los tres millones de euros en taquilla española y ha atraído precisamente a público joven, cerró su razonamiento con una afirmación rotunda: «Tener proclamas muy políticas, pero luego hacer una película con Netflix me parece una pura contradicción que anula tu discurso».
No salen las cuentas. La respuesta no tardó en materializarse. Jota Linares, cineasta gaditano que ha rodado a menudo para Netflix, replicó en la SER cuestionando el análisis de Laxe. Linares desafiaba la simplificación del problema: «te contaré qué es lo que me permite seguir manteniendo ideas políticas y expresarlas libremente a pesar de haber dirigido series y películas para Netflix: mi clase social». Y añadía: «Te aseguro que, debido a mi clase social, yo sería incapaz de mantenerme haciendo solo cine de autor espaciado en el tiempo unos dos o tres años. No me salen las cuentas, aunque veo que a ti sí”.
Finalmente, concluía que «no se hackea el sistema desde dentro con una peli de seis millones de euros con treinta publicistas trabajando a tus pies. No, querido Oliver. Eso es estar en la cúspide del mainstream»
El dinero de ‘Sirat’. El contraste entre ambas posiciones revela tensiones más amplias en el sector. Laxe habla desde una posición relativamente privilegiada, ya que su película contó con el respaldo financiero de Movistar Plus+ y ahora disfruta de una campaña internacional que le ha llevado a los Oscar. Linares, por su parte, representa a una mayoría silenciosa de cineastas que luchan por conseguir cada nueva oportunidad.
La precariedad como telón de fondo. El debate adquiere una dimensión más urgente cuando se confronta con los datos que publicó El País a partir del estudio del Observatorio Europeo Audiovisual. La investigación, que analiza la trayectoria de 38.762 profesionales, abarcando unos 30.000 proyectos, arroja cifras reveladoras: el 40% de quienes estrenaron un largometraje en salas durante 2015 no volvieron a firmar ningún otro en toda la década posterior. Paralelamente, más de la mitad de las películas que se estrenan cada año son óperas primas. Las conclusiones del informe no dejan lugar a dudas: existe «un impresionante recambio y una gran precariedad».
Cine contra televisión. El documento evidencia además una separación creciente entre cine y televisión. Solo el 11% de directores y guionistas trabajó en ambos formatos entre 2015 y 2024, desmontando la idea del trasvase fluido entre pantallas. En televisión y plataformas, el 85% de los guionistas y el 91% de los directores activos en 2015 continuaron trabajando posteriormente, frente a ese 60% que desaparece del cine en salas. «La mayoría malvive. Quien aguanta tiene soporte económico familiar detrás», explicaba en 2021 la directora Cristina Andreu. Poco parece haber cambiado desde entonces.
Contradicción estructural. ¿Puede la industria exigir «pan de centeno», como dice Laxe que hace él, cuando el sistema expulsa al 40% de sus creadores tras una película? ¿Es justo responsabilizar al público de tener el paladar «acostumbrado a los procesados» en un ecosistema donde la continuidad profesional es más excepción que norma? El propio Laxe reconoce que ‘Sirat’ fue considerada «un suicidio» durante la búsqueda de financiación. Si incluso un proyecto finalmente exitoso se enfrentó a ese diagnóstico inicial, ¿qué ocurre con las propuestas de cineastas sin red de seguridad?
La tensión entre el discurso de la calidad cinematográfica y la realidad precaria de la producción europea plantea preguntas incómodas sobre quién puede permitirse cultivar paladares exigentes. Cuando, además, el sistema mismo no garantiza nada.





