El gran error de los lácteos 'light': cómo la industria nos vendió calorías vacías a cambio de cargarse nuestra saciedad

Hubo un tiempo en que comprar leche entera o yogur “con grasa” se consideraba una imprudencia nutricional. Las guías alimentarias, obsesionadas con la reducción de grasas saturadas, empujaron durante décadas a los consumidores hacia versiones desnatadas, líquidas y pálidas de lo que una vez fue un alimento básico. Comer “ligero” se convirtió en sinónimo de comer bien.
Sin embargo, la narrativa empieza a resquebrajarse. La historia de María Branyas, la mujer que vivió hasta los 117 años y que consumía varios yogures enteros al día, es solo la punta del iceberg de un cambio de mirada más profundo. Los propios investigadores que estudiaron su caso advierten de que el yogur no explica por sí solo su longevidad —en la ecuación entran genética, estilo de vida y entorno—, pero sí pudo desempeñar un papel relevante en el equilibrio de su microbiota intestinal. El foco, hoy, ya no está solo en las calorías que restamos, sino en cuánto procesamiento añadimos por el camino.
El error del procesamiento. Durante más de medio siglo, las autoridades sanitarias animaron a limitar la carne roja y los lácteos grasos, advirtiendo que sus grasas saturadas elevaban el colesterol LDL y, por ende, el riesgo de enfermedades cardíacas. Esta premisa alimentó una industria masiva de productos «light» y «0%».
Sin embargo, el problema no era la vaca. Como explica la Dra. Montse Prados Pérez, miembro de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), cuando se elimina la grasa natural de un alimento se altera su textura, su sabor y su perfil nutricional. Para compensar esa pérdida de sabor, muchos fabricantes recurren a azúcares, almidones, edulcorantes o aditivos. El resultado es un producto con menos grasa, sí, pero también más procesado, menos saciante y potencialmente perjudicial para la microbiota intestinal y los mecanismos de regulación del apetito.
A este fenómeno se suma un posible efecto rebote metabólico. La nutricionista Laura Isabel Arranz advierte de que los edulcorantes, frecuentes en los yogures desnatados, envían una señal dulce al cerebro sin aportar energía real. Esa discordancia puede confundir al metabolismo y favorecer una respuesta más “ahorradora”, preparando al organismo para almacenar con mayor eficacia la energía que llega después.
¿Por qué la grasa entera no actúa igual? Hay una ironía técnica en el pasillo de los lácteos: nos llevamos el bote desnatado para mantener la línea, pero olvidamos que para que el cuerpo las use necesita, precisamente, la grasa que le acaban de quitar. Vitaminas como la A o la D son liposolubles; sin ese vehículo graso natural, la absorción es una quimera. Al final, intentar enriquecer un yogur 0% es como intentar que un coche ande echándole gasolina por fuera. La industria añade el nutriente, pero ha eliminado el mecanismo para que funcione.
Todo ello, se explica mediante la «matriz láctea». A diferencia de otras grasas, la de la leche se presenta de forma natural envuelta en una estructura compleja conocida como membrana del glóbulo graso lácteo (MFGM), rica en fosfolípidos y proteínas bioactivas. Este «envoltorio» biológico, es fundamental porque parece modular positivamente la manera en que nuestro cuerpo procesa el colesterol.
De hecho, investigaciones recientes publicadas en The American Journal of Clinical Nutrition han observado que el consumo de yogur y queso mantiene una relación neutra —e incluso potencialmente beneficiosa— con la salud cardiovascular, a diferencia de lo que cabría esperar si solo se analizara su contenido en grasas saturadas de forma aislada.
Yogur entero y riesgo metabólico. Las evidencias empiezan a concretarse también en ensayos clínicos. Un estudio publicado en 2025 comparó el consumo de yogur entero (3,25 % de grasa) frente al desnatado en adultos con prediabetes. Tras tres semanas, quienes consumieron yogur entero mostraron una reducción significativa de los triglicéridos en sangre en comparación con el grupo que tomó yogur sin grasa. Aunque se trata de un estudio de corta duración y en una población específica, sus resultados se suman a una literatura científica cada vez más consistente.
En esta línea, el cardiólogo Dariush Mozaffarian, director del Instituto Food Is Medicine de la Universidad de Tufts, sostiene que las grasas lácteas no son intrínsecamente perjudiciales y que existe “amplia evidencia” de los beneficios de los lácteos fermentados. Por su parte, el yogur natural y kéfir aportan saciedad, favorecen la salud intestinal y ayudan a evitar el consumo posterior de calorías vacías.
Volver a los alimentos de verdad. La conclusión para el consumidor empieza a ser clara: el miedo no debería estar en la grasa natural, sino en el procesamiento artificial. Las nuevas directrices dietéticas en Estados Unidos ya reflejan este cambio de paradigma al insistir, por primera vez de forma explícita, en la necesidad de priorizar alimentos reales y evitar los ultraprocesados cargados de azúcares, sodio y aditivos.
Esto no significa que los lácteos enteros deban consumirse sin límite ni que sean adecuados para todos los perfiles. Instituciones como Harvard recuerdan que la grasa láctea sigue siendo mayoritariamente saturada y que la moderación continúa siendo clave, especialmente en personas con enfermedad cardiovascular o hipercolesterolemia familiar. Pero fuera de esos contextos clínicos, como resume la doctora Prados Pérez, el yogur natural entero vuelve a tener sentido: sacia más, conserva su matriz original y requiere menos intervenciones industriales.
Al final, quizá el secreto no estaba en reformular los alimentos en un laboratorio, sino en algo mucho más simple: abrir un yogur natural y comérselo tal como siempre fue.
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