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POR. EL HUSMEADOR

San Lázaro en Llamas: Sheinbaum y Morena Cocinan una Reforma que Desarma al INE

En las sombras de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum afina los detalles de una reforma electoral que, bajo el pretexto de «democratizar» el sistema, amenaza con desmantelar los contrapesos que han sostenido la frágil democracia mexicana post-2000. A solo días de que la iniciativa aterrice en la Cámara de Diputados –posiblemente esta semana o la próxima–, el Congreso se convierte en el escenario de una batalla donde Morena y sus aliados buscan imponer cambios que, según la oposición, no son más que un «golpe de Estado» disfrazado de progreso. ¿El objetivo? Asegurar que el partido guinda se perpetúe en el poder, incluso si las urnas dictan lo contrario en 2030. Y todo esto, en un contexto donde la coalición oficialista depende de aliados renuentes como el PT y el PVEM, mientras la oposición grita «Ley Maduro» desde las trincheras. El estatus de esta reforma, que se cuece desde los foros de consulta realizados entre septiembre y diciembre de 2025, es claro: prioritaria para el gobierno, pero estancada en negociaciones internas. La Comisión Presidencial encabezada por Pablo Gómez –un fiel morenista– presentó un bosquejo preliminar a Sheinbaum y a los coordinadores de Morena en el Congreso, Ricardo Monreal y Adán Augusto López, el pasado lunes. Los pilares: reducir el financiamiento público a los partidos (hasta un 50% en algunos planteamientos), eliminar o limitar las diputaciones plurinominales, achicar el Congreso federal (de 500 a posiblemente 300 diputados), y hasta elegir consejeros del INE por voto popular. También se baraja la desaparición de los OPLES estatales y una «reducción del costo de las elecciones», que críticos ven como un eufemismo para debilitar al árbitro electoral. Pero el diablo está en los detalles, y aquí es donde la reforma patina. Monreal, coordinador de Morena en San Lázaro, admitió sin tapujos que sin el aval del PT y el PVEM, «no tiene posibilidades de salir». Estos aliados, que juntos suman los votos para la mayoría calificada requerida en reformas constitucionales, muestran reservas. Carlos Puente, líder del Verde en Diputados, dijo que apoyaría la baja en presupuestos «con condiciones», pero no oculta su temor a perder prerrogativas que engordan sus arcas. El PT, por su parte, guarda silencio estratégico, pero fuentes internas sugieren que no cederán fácilmente en temas como los plurinominales, que les garantizan supervivencia parlamentaria. ¿Resultado? Morena negocia a puerta cerrada, priorizando la lealtad de su coalición sobre un debate nacional genuino. La presidenta Sheinbaum, en sus mañaneras, pinta un panorama idílico: «Hay consenso en reducir financiamiento y costos electorales, pero no en los plurinominales». Insiste en que la reforma nace de «consultas al pueblo», no de élites o burócratas, y que será enviada al Congreso en enero para discutirse en febrero. Pero sus palabras chocan con la realidad: la oposición acusa que estos «foros» fueron un show controlado, y que el verdadero fin es neutralizar al INE, ese órgano autónomo que ha resistido embates previos como el fallido «Plan B» de López Obrador. Sheinbaum, heredera directa del obradorismo, parece ignorar que su énfasis en «elecciones baratas» podría traducirse en un árbitro debilitado, vulnerable a presiones políticas. Del lado opositor, las voces son unánimes y furiosas. Rubén Moreira, coordinador del PRI en Diputados, la bautizó «Ley Maduro»: un mecanismo para que Morena se quede en el poder «aunque no gane en 2030», inspirado en el autoritarismo venezolano. Acusa un «golpe de Estado desde el Congreso» que eliminaría contrapesos y perpetuaría la sobrerrepresentación oficialista –irónicamente, el mismo pecado que Morena denuncia en el pasado. Kenia López Rabadán, panista y presidenta de la Mesa Directiva en San Lázaro, exige «altura de miras» y presentó un decálogo para una reforma que represente a todos, no solo a los votantes de la 4T. Ha recibido propuestas ciudadanas, como las de la organización Somos MX, y planea reunirse con la presidenta del INE, Guadalupe Taddei, para contrarrestar el avance morenista. El PAN y el PRI anticipan un rechazo total, advirtiendo regresiones democráticas que harían palidecer las reglas del viejo PRIAN. Incluso dentro de las paredes de San Lázaro, el fuego cruza pasillos. El morenista Sergio Gutiérrez Luna encaró al exconsejero del INE, Lorenzo Córdova, llamándolo «mentiroso y cínico» por criticar ahora la sobrerrepresentación que, según él, avaló en su época. Córdova, ignorando el ataque, representa a esos «expertos» que Sheinbaum dice no priorizar, pero cuya ausencia en el debate real evidencia el sesgo oficial. En suma, esta reforma no es solo técnica: es un termómetro de la salud democrática mexicana. Si avanza sin consensos amplios, podría consagrar un régimen de partido único, donde el dinero público fluya menos a la oposición y el INE se convierta en marioneta. Sheinbaum y Morena tienen la mayoría, pero ¿a qué costo? La historia juzgará si esta «cocina» en San Lázaro fortalece la democracia o la entierra bajo el peso de ambiciones perpetuas. Mientras tanto, el reloj corre, y México observa con escepticismo, pero también Marco Rubio.

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