Un remoto pueblo de Soria captó vecinos ofreciéndoles una casa y bar. Dos meses después se marcharon por el frío
Beratón es un pequeño municipio del Moncayo, provincia de Soria, que si por algo destaca en su elevada altitud (la mayor de la provincia) y reducido censo (38 habitantes, según el INE). Con todo, en las últimas semanas ha dejado uno de los ejemplos más claros de lo difícil que resulta doblarle el pulso a la despoblación de la ‘España vaciada’. Hace unos meses su Ayuntamiento intentó captar pobladores ofreciendo un combo de «negocio + vivienda» que consiguió despertar el interés de una joven pareja oriunda de Cuenca. No duraron ni tres meses. El frio y el desplome de actividad les ha llevado a hacer de nuevo las maletas.
Podría ser una anécdota sin más, pero ilustra hasta qué punto es complicado reactivar la España rural. Incluso cuando hay buena disposición e ideas.
¿Qué ha pasado? Que Beratón (Soria) ha dejado una de esas historias que, aunque a priori pueden parecer simples y anecdóticas, reflejan tendencias mucho más complejas. En mayo el municipio fue noticia porque su Ayuntamiento lanzó un anuncio poco común: quien aceptara gestionar la taberna de la villa tendría a su disposición una casa recién rehabilitada. Negocio y vivienda garantizados.
«Se darán todo tipo de facilidades», insistía la alcaldesa, Carmen Lapeña, en la cadena SER Soria, que recordaba además que Beratón era un punto concurrido por senderistas y grupos que se acercan al Moncayo para pasar el día.

¿Y funcionó? Sí. La oferta atrajo a una familia, una joven pareja oriunda de Cuenca. Su llegada fue una buena noticia por partida doble: no solo engrosó el magro censo de Beratón, sino que en teoría serviría para reactivar el principal punto de socialización de la villa. La alegría sin embargo duró poco.
Hace unos días nuestros compañeros de Directo al Paladar revelaron, citando a la SER, que los nuevos moradores no han durado ni dos meses allí. Hicieron las maletas a finales de diciembre, lo que no impide que la alcaldesa siga pensando en captar nueva sangre para la localidad. Eso sí, a partir de marzo, cuando las temperaturas empiecen a subir y el pueblo recupere actividad poco a poco.
¿Por qué se han ido? La decisión de la pareja tiene en realidad poco de sorprendente. Para empezar Beratón se vuelve un lugar gélido en invierno, con temperaturas que se sitúan a menudo bajo cero. «Los meses de invierno son muy duros», reconoce la regidora, quien por esa razón descarta intentar la llegada de nuevas familias durante enero y febrero, «malas fechas». La climatología solo es sin embargo parte del problema. Al fin y al cabo hay otras localidades gélidas (incluso más que Beratón) que no tienen dificultades en captar hosteleros.
Su otro gran problema es la despoblación y sobre todo los vaivenes del censo. Aunque el INE tiene registrados allí 38 habitantes, en realidad esa es solo una referencia. Si bien durante los meses de verano la localidad llega a acoger a más de 300 residentes, en los meses más duros del invierno se queda con un puñado de habitantes estables, apenas media decena. La cifra es tan baja que difícilmente permite mantener la rentabilidad de un negocio, aunque sea una bar. «Los días son muy cortos, muy fríos… tristes. Viene gente, pero de manera puntual».

¿Es un caso único? La historia de Beratón incluye algunos ingredientes propios, pero su problema de fondo no es muy distinto al que afrontan otros puntos de la ‘España vaciada’ a los que les cuesta frenar la sangría de población. Si a comienzos de este siglo había en España 934 municipios con menos de 100 habitantes, en 2021 ese dato se había elevado hasta los 1.379. Del lento vaciado de la ‘España vaciada’ se hacía eco antes de la pandemia la Red Española de Desarrollo Rural (REDR) y el problema no parece estar remitiendo.
Los últimos datos del INE muestran que el club de las localidades con menos de un centenar de empadronados ha sumado una treintena de ayuntamientos en el último lustro, quedándose a fecha de 2025 por encima de los 1.400.
¿Tan complicado resulta? Eso parece. En Galicia encontramos otros casos que, aunque de nuevo puedan parecer anecdóticos, ayudan a comprender mejor la tendencia general. Allí hay ayuntamientos del rural que están haciéndose cargo de negocios como gasolineras y tiendas para evitar que cierren, lo que equivaldría a quedarse sin servicios y acelerar aun más su declive. Tal vez parezca excesivo, pero un informe reciente del Consello de Contas alerta de que en Galicia hay casi un centenar de pueblos en ‘peligro de extinción’, muchos de ellos situados en A Coruña y Lugo. En España de hecho ya hay ‘pueblos fantasma’ a la venta.
¿Y eso, por qué? Por una combinación de factores: éxodo rural, comunicaciones deficientes, dificultades para encontrar empleo o fijar un proyecto de vida a largo plazo… Durante un tiempo la pandemia, la reconexión con la naturaleza y el teletrabajo parecieron despejar el futuro de algunas villas, pero ese ‘renacimiento’ no siempre cuajó. De fondo hay otro problema, mucho más complejo: la vivienda. Una cosa es que cuando visitamos áreas rurales de España veamos casas vacías y otra muy distinta que esas mismas propiedades estén disponibles para gente interesada en aprovecharlas o sean habitables.
¿Cómo solucionarlo? La gran pregunta. En el rural hay también segunda residencia, vivienda orientada al turismo, construcciones cuya propiedad ha quedado difuminada con el paso de las décadas y otras que directamente no reúnen las condiciones necesarias para acoger a nuevos inquilinos.
«La legislación a los ayuntamientos nos da armas para actuar en caso de ruina, pero somos tan pequeños y con tan pocos recursos que no podemos ejecutar las leyes», se lamentaba en 2024 Enrique Collada, alcalde de Alcarria, una villa de 71 habitantes de Guadalajara. Mensaje parecido lanza la Asociación Tierras Sorianas del Cid: «Hay mucha vivienda vacía o con uso residual que deberíamos intentar poner en el mercado». El objetivo: escapar a los efectos del invierno demográfico. Otra cosa (como ha ocurrido en Beratón) son los rigores del invierno climático.
Imágenes | Ayuntamiento de Beratón y Miguel Á. García (Flickr)
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