Apple ha decidido no entrar en la guerra de la IA porque cree que tiene algo más importante: la "puerta" de entrada
Apple acaba de hacer algo hasta hace poco impensable: admitir públicamente que no tiene la mejor IA. Que tras quince años intentando hacer funcionar a Siri, con la ventaja que daba golpear primero, se rinde. Que el cerebro de Apple Intelligence, incluida la nueva Siri, lo pondrá Google. Y sin embargo, acaba de ganar enteros para preservar su posición dominante para la próxima década. Una paradoja tecnológica.
Este no es un movimiento del que Apple deba estar muy orgullosa, pero tiene una cara B más simpática: en la era de la IA, es posible que ser el mejor no resulte tan importante. Lo que importa es ser la puerta.
Durante medio siglo, el valor en tecnología ha estado en la innovación. IBM, Microsoft, Google, Facebook… todos fueron ganando al crear algo que nadie más tenía. La lectura con este paso de Apple es que esa era puede haber terminado: si los modelos de IA se actualizan cada trimestre y la diferencia entre el mejor y el segundo es indistinguible para el 95% de los usuarios, ¿qué sentido tiene gastar 50.000 kilos en investigación para ir por detrás?
Suena más sexy, sobre todo para los inversores, ser quien cobra un peaje por cada interacción. Y para eso no necesitas el mejor modelo, necesitas el dispositivo que la gente tiene en el bolsillo.
Esa es la apuesta: Siri seguirá funcionando, siendo propiedad de Apple y corriendo en el hardware de Apple, pero la pieza que cambia es la inteligencia, el LLM. La pieza más cara de desarrollar y la que posiblemente menos diferenciación aporta cuando tienes mil millones de iPhone.
Apple no renuncia a algo que le importe del todo, sino que externaliza la parte en la que no puede competir. Agridulce para la empresa, amargo para sus devotos, razonable para sus inversores.
El negocio real no está en lo que Apple paga, sino en lo que obtiene. Google paga 20.000 millones al año por ser el buscador por defecto en Safari, y ahora vende (o entrega, no se han hecho públicos los términos del acuerdo) la alimentación de Apple Intelligence.
Pero Apple no solo cobra, también recibe los datos de cómo mil millones de usuarios interactúan con la IA en contexto móvil:
- Sabe qué preguntan.
- Cuándo.
- Cómo formulan las consultas.
- Qué rechazan.
- Qué repiten.
Google accede a una mejor distribución, y Apple consigue un entrenamiento tremendamente valioso.
Si tener la mejor IA ya no es una ventaja competitiva, ¿qué lo es?
- OpenAI tiene el mejor producto.
- Anthropic tiene la mejor tecnología.
- Google tiene la mejor infraestructura.
- Pero Apple tiene el iPhone.
Y en un mundo donde la IA se va commoditizando, en el que un modelo vale hasta que llega el siguiente tres meses después, el único moat que aguanta es el dispositivo. No hace tanta falta innovar si controlas el acceso. Solo necesitas que lo que pase por tu puerta sea lo suficientemente bueno. Y Gemini es fantástico.
Ahí está el problema. En la era de la IA, quien controla el dispositivo puede vivir de rentas dejando que innoven otros.
¿Qué incentivo tiene Apple para que la IA mejore de verdad? Mientras Gemini funcione bien en los iPhone, a Apple le dará igual si hay modelos un 12% mejores. Su negocio es cobrar el peaje, no empujar la frontera. La innovación sigue existiendo y Google / OpenAI / Anthropic / xAI seguirán compitiendo, pero ahora la hacen empresas que no capturan todo su valor mientras la explotan quienes no la crean.
Bienvenidos al rentismo digital. Donde el que controla la puerta decide cuánto deben mejorar los que pasan por ella. Y «suficiente» siempre gana a «excepcional» cuando quien decide no paga por la diferencia. Apple hizo lo racionalmente correcto. Y eso, precisamente, debería asustarnos.
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Imagen destacada | Rubaitul Azad, Dennis Brendel






