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Ucrania se ha convertido en una carnicería de animales: los soldados rusos aparecen con caballos y los drones los estallan

La guerra de Ucrania, presentada durante meses como el gran laboratorio del combate del siglo XXI dominado por drones, sensores y guerra electrónica, está entrando en una fase profundamente contradictoria en la que resurgen tecnologías del siglo pasado y tácticas propias del XIX, no por elección doctrinal sino por agotamiento material.

Hay vídeos realmente explosivos.

La guerra que mira atrás. Ucrania ha entrado en una fase en la que el relato de innovación permanente empieza a resquebrajarse, porque junto a drones y guerra electrónica están reapareciendo de forma cada vez más visible tecnologías y prácticas que se daban por superadas, no como rarezas aisladas sino como soluciones estructurales a un conflicto que se ha convertido en una prueba de resistencia industrial y logística. 

El campo de batalla ya no avanza al ritmo de la tecnología disponible, sino al de los recursos que aún quedan en stock, lo que está empujando a los ejércitos a rescatar armas, doctrinas y métodos que pertenecen a otras épocas, adaptándolos a un entorno radicalmente distinto.

Minas soviéticas. La mina anticarro soviética TM-62 se ha convertido en uno de los mejores ejemplos de esta regresión funcional, no porque sea especialmente sofisticada, sino porque combina tres virtudes clave en una guerra de desgaste: potencia, simplicidad y abundancia. 

Diseñada para destruir blindados desde el subsuelo, hoy se emplea también como carga de demolición improvisada y como munición aérea lanzada desde drones, aprovechando su enorme carga explosiva para compensar la falta de munición moderna. El resultado es un artefacto de los años sesenta que ha encontrado una segunda vida en la guerra más vigilada y tecnificada de la historia, demostrando que, cuando el suministro falla, la creatividad se apoya en lo que ya existe.

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Captura de imagen de un video compartido en las redes sociales que muestra la vista desde un dron bombardero ucraniano mientras arroja una mina antitanque TM-62 sobre una posición rusa

La guerra de atrición. La reutilización masiva de la TM-62 no responde a una preferencia táctica, sino a una realidad industrial que afecta a ambos bandos, aunque con especial crudeza en el lado ruso, donde producir y sostener armamento avanzado resulta cada vez más costoso. 

En este contexto, reciclar municiones heredadas del arsenal soviético reduce la presión logística y permite mantener el ritmo operativo, aunque sea a costa de saturar el terreno con explosivos y aceptar niveles de destrucción y peligro que convierten el frente en un espacio cada vez más hostil e incontrolable, tanto durante la guerra como en el futuro.

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TM-62

Cuando los motores desaparecen. Ese mismo agotamiento explica el regreso de los animales, una vez más, al frente ruso, primero como solución logística y después como herramienta de combate, en un proceso que recuerda a los últimos compases de grandes guerras industriales del pasado. 

La pérdida constante de blindados, camiones, motocicletas y vehículos ligeros, unida a los problemas de mantenimiento y suministro, ha llevado a sustituir motores por tracción animal, algo que no obedece a romanticismo militar alguno, por supuesto, sino a la necesidad de mover hombres y material cuando los medios modernos ya no están disponibles en cantidad suficiente.

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Un soldado de caballería ruso visto a través de la cámara termográfica de un dron

El regreso de la caballería. El paso más extremo de esta lógica ha sido la reaparición de cargas de caballería, una imagen que parecía desterrada del imaginario bélico desde hace más de un siglo y que ahora reaparece en vídeos reales del frente. 

Lejos de ser una táctica eficaz, estas cargas reflejan una improvisación desesperada, en la que se intenta cruzar zonas batidas por drones con medios que no generan firmas térmicas ni dependen de combustible, pero que carecen de cualquier protección frente a un enemigo que controla el aire de forma casi permanente.

Caballos como blancos. Así, en un entorno donde cualquier movimiento es detectado desde kilómetros de distancia, los caballos se han convertido en blancos fáciles para drones FPV, con imágenes que muestran animales y jinetes saltando por los aires alcanzados por explosiones directas, una auténtica sangría que ilustra el choque brutal entre tácticas del siglo XIX y un campo de batalla dominado por robots voladores. 

Incluso cuando los operadores intentan minimizar el daño a las monturas, la realidad es que el uso de caballería expone a animales y soldados a una muerte casi segura, sin aportar ventajas tácticas reales.

Distorsión propagandística. Mientras estas escenas se repiten, los medios rusos afines al Kremlin las han presentado como ejemplos de ingenio y adaptación, envolviendo la escasez en un discurso épico que evita hablar de pérdidas y resultados. 

Como explicaban en Forbes, esta narrativa no busca convencer al adversario, sino sostener la moral interna y ocultar el hecho de que recurrir a caballería no es una innovación brillante, sino una señal inequívoca de que los recursos modernos se están agotando y de que la guerra se está librando con lo que queda a mano.

Retroceder en el tiempo. Así, la combinación de minas soviéticas recicladas y cargas de caballería dibuja el retrato de un ejército que, bajo el mando de Putin, ha pasado de prometer una guerra mecanizada de alta intensidad a depender de soluciones propias de conflictos anteriores a la Primera Guerra Mundial

De hecho, lo habíamos visto anteriormente con los tanques de la era soviética. No es una adaptación orientada a la victoria, sino más bien el síntoma de una degradación progresiva en la que cada paso atrás en el tiempo refleja una pérdida de capacidad material, y en la que el precio lo pagan tanto los soldados como los animales arrastrados a una guerra que ya no puede avanzar sin mirar al pasado.

Imagen | WarGonzo, X, Vitaly V. Kuzmin

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