Opinión

POR. EL HUSMEADOR

Trump pone a México contra la pared: la intervención en Venezuela es la nueva carta de presión en la revisión del T-MEC 

La imagen es brutal y no admite muchas lecturas diplomáticas: Nicolás Maduro y Cilia Flores esposados, custodiados por soldados estadounidenses con fusiles M4, bajando de un Black Hawk en una base en territorio controlado por la oposición venezolana. Minutos después, Donald Trump tuiteaba en mayúsculas: “VENEZUELA IS FREE. We will run it until it’s stable. America First, always.” Ese 3 de enero de 2026 no solo cayó un régimen. Cayó también cualquier resto de credibilidad que le quedaba a la idea de que Estados Unidos ya no interviene militarmente en América Latina.Y el país que mejor entiende el mensaje porque le toca en carne propia es México. Fitch Ratings lo dijo sin rodeos en su más reciente reporte geopolítico del 6 de enero: la operación venezolana “eleva significativamente el umbral de credibilidad” de las amenazas estadounidenses en temas de seguridad y narcotráfico.

Traducción para mortales: lo que Washington hizo en Caracas puede hacerlo (o al menos amenazar con hacerlo) en cualquier otro punto del hemisferio donde perciba que no se obtienen “resultados demostrables”. Y el próximo punto de máxima tensión ya tiene nombre y fecha: la revisión sexenal del T-MEC, cuyo proceso formal arranca en el segundo semestre de 2026.Según fuentes cercanas a la Casa Blanca consultadas por varios medios estadounidenses en los últimos días, el equipo de Trump ya discute abiertamente tres palancas de presión que antes se consideraban tabú: Amenaza arancelaria selectiva (25 % en autos y autopartes mexicanas si no hay “avances verificables” en el control del fentanilo)

Revisión del Capítulo 31 (solución de controversias) para incluir mecanismos de “cumplimiento en materia de seguridad nacional”

La carta nuclear: insinuar que, en ausencia de cooperación total, México podría pasar a ser considerado “estado facilitador” del narcoterrorismo, abriendo la puerta a medidas extraordinarias bajo la Ley Kingpin o incluso invocación de la Ley de Autorización de Defensa Nacional.

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La administración Sheinbaum ha respondido con el lenguaje clásico de la política exterior mexicana: condena categórica de la intervención, defensa irrestricta de la soberanía y recordatorio de que la cooperación en seguridad “no equivale a subordinación”. Al mismo tiempo, en las últimas 72 horas se han acelerado al menos siete extradiciones de alto perfil hacia Estados Unidos, incluido un operador financiero clave del Cártel de Sinaloa. El mensaje es claro: “Cooperamos, pero no nos arrodillamos”. Sin embargo, en Washington esa combinación ya no alcanza. La lógica trumpista es sencilla y cruelmente efectiva: si en 96 horas pudimos capturar a un presidente en ejercicio y tomar el control de las principales instalaciones petroleras de un país de 28 millones de habitantes, ¿qué tan difícil puede ser estrangular económicamente a México con un par de decretos arancelarios y una campaña mediática de tres meses? El T-MEC ya no es solo un tratado comercial. Se ha convertido en rehén de una agenda de seguridad hemisférica que Estados Unidos está reescribiendo a su conveniencia. México enfrenta entonces el dilema más incómodo de los últimos 30 años: ¿hasta dónde ceder en soberanía operativa (bases, inteligencia compartida, zonas de control conjunto en la frontera) para preservar el acceso al mercado que representa el 78 % de las exportaciones nacionales? La respuesta de los mercados ya empezó a leerse: el tipo de cambio tocó 21.12 pesos por dólar este mediodía y la curva de bonos soberanos a 10 años subió 28 puntos base en cuatro días. Los inversionistas no esperan guerra, pero sí presión brutal. Y la presión brutal, en economía, siempre termina costando caro. La intervención en Venezuela no fue solo un cambio de régimen.  Fue la demostración pública de que Donald Trump está dispuesto a usar la fuerza militar como argumento de negociación comercial. Y la próxima mesa donde se pondrá a prueba esa nueva doctrina se llama T-MEC 2026.México ya no negocia sólo con aranceles y reglas de origen.

Negocia con el cañón de un portaaviones apuntando, metafóricamente, a las costas del Pacifico o la frontera de Tijuana. Bienvenidos al nuevo orden hemisférico.

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