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Hacerse con las inmensas reservas de petróleo de Venezuela parece un "chollo". En realidad es una pesadilla de ingeniería

El tablero geopolítico ha saltado por los aires con la instauración de la «Doctrina Donroe». Según el analista energético Javier Blas, este movimiento busca consolidar un imperio energético desde Alaska hasta la Patagonia para controlar el 40% de la producción mundial. Trump no se ha andado con titubeos dejando claro que su objetivo es el petróleo, recuperar los activos «robados» y ejecutar una reconstrucción relámpago liderada por empresas petroleras estadounidenses. 

Sin embargo, el optimismo de Washington choca con la realidad técnica. Analistas consultados por The Wall Street Journal advierten que no habrá un milagro inmediato en los pozos. De hecho, el mercado ha dejado de temer al desabastecimiento para empezar a descontar una futura saturación de crudo que ya presiona los precios a la baja.

No es «oro negro», es asfalto. La narrativa del éxito fácil choca con la geología. Venezuela posee 303.000 millones de barriles de reservas probadas, pero la gran mayoría se encuentra en la Faja del Orinoco y es crudo extrapesado. A diferencia del petróleo ligero, este es viscoso, denso y no fluye de forma natural; se parece más al alquitrán que al combustible.

A la complejidad geológica se suma una degradación alarmante de la calidad. Una investigación de Reuters, basada en documentos internos de PDVSA, revela que refinerías en India (Reliance) y China (CNPC) han cancelado pedidos o exigido descuentos drásticos porque el crudo llega «sucio», con niveles excesivos de agua, sal y metales. Estas impurezas corroen las torres de destilación y los equipos de refinado, convirtiendo el procesamiento en un proceso costoso y arriesgado. Según la investigadora Luisa Palacios, el país ni siquiera produce los diluyentes (naftas) necesarios para transportar este crudo por tuberías, lo que obliga a depender de importaciones o mezclas ineficientes.

Una rentabilidad bajo mínimos. Pese a la magnitud de las reservas, el petróleo venezolano dista de ser un negocio redondo. Su baja rentabilidad actual se asienta sobre tres pilares críticos que cualquier inversor debe considerar. En primer lugar, la geología juega en contra. Según detalla Forbes, extraer este crudo pesado exige una inversión técnica masiva y constante en inyección de vapor y plantas «mejoradoras» para transformar el betún en un producto comercializable. Sin esta costosa tecnología, el recurso es simplemente inaccesible.

A esto se suman los descuentos estructurales del mercado. Como explica Al Jazeera, debido a su alta densidad y contenido de azufre, este crudo siempre cotiza por debajo de marcadores como el Brent o el WTI. Con un barril que podría caer a los 50-60 dólares en 2026, el margen de beneficio para Venezuela quedaría reducido a la mínima expresión.

El cuello de botella: la logística. Como señala un análisis en Bloomberg, la infraestructura está literalmente en ruinas porque cargar un superpetrolero requiere ahora cinco días, frente al único día que bastaba hace siete años. El colapso es tal que la propia estatal petrolera ha llegado a desmantelar oleoductos para venderlos como chatarra, mientras complejos clave como Paraguaná agonizan por la falta de mantenimiento.

La receta del rescate. Venezuela sueña con los 4 millones de barriles diarios que marcaron su auge en los 70, pero la realidad financiera es un balde de agua fría. Francisco Monaldi, director de política energética en la Universidad de Rice, calcula que el rescate energético exige 10.000 millones de dólares al año durante toda una década. Una meta tan ambiciosa como costosa.

No obstante, el dinero no lo es todo cuando falta capital humano. CBC News recuerda que en 2003 se despidió a 23.000 profesionales cualificados, muchos de los cuales terminaron en las arenas bituminosas de Canadá. Sin este talento, la tecnología de punta estadounidense no tiene manos que la operen. Además, gigantes como ExxonMobil y ConocoPhillips no moverán un solo taladro hasta que se garantice la seguridad jurídica y se salden las deudas milmillonarias de las expropiaciones de la era Chávez.

Pero, ¿por qué Venezuela si ya existe Canadá? Si el crudo es tan «malo» y caro, ¿por qué el interés de Trump? La clave es una simbiosis técnica necesaria. Las refinerías de la Costa del Golfo (Texas y Luisiana) son como «estómagos» diseñados para comida pesada. Irónicamente, el petróleo que EEUU extrae mediante fracking es «demasiado bueno» (muy ligero). Para optimizar sus plantas y producir diésel, necesitan mezclar su crudo ligero con el pesado de Venezuela.

Rory Johnston y Lino Carrillo explican que, aunque el crudo de Canadá es idéntico al venezolano, este último tiene una ventaja imbatible: está a tres días de barco y tiene acceso a aguas profundas, mientras que Canadá sufre un «encierro geográfico» por oleoductos saturados. Además, al controlar este flujo, EEUU corta el suministro a las «teapots» (refinerías independientes) de China, que hasta ahora compraban el crudo venezolano con descuento, eliminando así una ventaja competitiva para Pekín.

Había un pequeño pulso. Detrás de la movilización de Trump, como subraya el New York Times, Chevron se ha posicionado como un jugador clave en toda la ecuación. Este afán de ir a por Venezuela, también se explica porque tenía una única gran petrolera que ha mantenido su presencia en el país desde 1923, sobreviviendo a nacionalizaciones y crisis mientras competidores como ExxonMobil abandonaban el tablero. 

Hay un tesoro oculto. Más allá del petróleo, Venezuela es una «gasolinera» que desperdicia su propio producto. Luisa Palacios y The Kobeissi Letter destacan los 200 billones de pies cúbicos de gas natural (la mayor reserva de la región). Por pura negligencia técnica, PDVSA quema o ventea hoy una cantidad de gas equivalente al consumo de toda Colombia, perdiendo 1.000 millones de dólares anuales en humo. A esto se suma el potencial del Arco Minero con minerales críticos (níquel, coltán, bauxita) esenciales para la industria de defensa y tecnológica.

La paradoja de la «gasolinera sin mangueras». Trump ha tomado el control de la mayor reserva del planeta, pero se ha encontrado con una instalación que no tiene mangueras, cuya red eléctrica colapsa y cuyo combustible requiere un procesado intensivo para no destruir los motores.

Aunque el flujo de exportaciones pueda redirigirse rápidamente de China hacia EEUU en cuestión de meses —beneficiando a las refinerías de Texas y Luisiana—, la reconstrucción real del sector es un proyecto de largo aliento. La verdadera batalla no ha sido la captura de Maduro, sino la gestión de una industria obsoleta en un mundo que empieza a prepararse para el fin de la era fósil. Venezuela es el premio gordo, pero es un premio que viene con una factura de reparación de 100.000 millones de dólares.

Imagen | Freepik

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