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En 2001 un yate se refugió en una isla remota del Atlántico. Días después sus habitantes empanaban pescado con coca

A la isla de São Miguel, la mayor y más poblada del archipiélago de las Azores, se la conoce como la ‘Ilha Verde’ por sus frondosas praderas. En 2001 lo más apropiado sin embargo era referirse a ella como isla blanca. En una de esas piruetas del destino que suelen inspirar a los guionistas de Netflix (y en este caso así fue) empezaron a arribar a las costas de São Miguel, más concretamente a las de la freguesia de Rabo de Peixe, decenas y decenas de fardos de cocaína sin cortar de una pureza extraordinaria.

Los trajo el Atlántico, por sorpresa y sin que nadie en Rabo de Peixe acertara a explicarse muy bien por qué ni de dónde venían. De lo que sí hay pocas dudas más de 20 años después es de que aquel episodio cambió la historia de la isla.

No solo porque Rabo de Peixe quedase asociado ya para siempre a imágenes surrealistas (se cuenta que en la isla había familias que empanaban caballas con cocaína en vez de harina), sino por la huella que ha dejado en una población de humildes pescadores en la que hasta entonces el polvo blanco era un lujo al alcance de una minoría elitista.

Veinticuatro años después su historia vuelve a ser noticia gracias al streaming. Netflix acaba de estrenar un nuevo documental sobre aquel episodio, ‘Marea blanca: La surrealista historia de Rabo de Peixe’, lanzamiento que coincide con el estreno de la segunda temporada de una serie inspirada en el mismo suceso, la exitosa ‘Rabo de Peixe’.

Un velero a la deriva

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Las Azores son un paraíso en la tierra, pero incluso el mayor de los paraísos puede convertirse en un infierno. Antonino Quinzi lo comprobó en sus carnes a comienzos de junio de 2001, mientras dirigía un yate de 12 metros por el Atlántico rumbo a España. 

Aunque era un marinero experimentado y poco antes había completado la ruta Canarias-Venezuela, cerca de las Azores le sorprendió una fuerte tempestad que dañó el timón de su barco y amenazó con dejarlo a la deriva. Ante semejante panorama Quinzi decidió posponer su plan original, que pasaba por navegar de vuelta de Venezuela a España, y buscar refugio en alguna cala discreta de São Miguel.

Lo de ‘discreta’ no es un matiz menor.

A los vecinos de la parroquia de Pilar da Bretanha que vieron cómo su yate asomaba en el horizonte y buscaba cobijo entre los acantilados, Quinzi les pareció un marinero aficionado más. Uno de tantos dueños de veleros que se lanzan a surcar el océano sin las tablas suficientes y acaban viéndose en aprietos. En este caso se equivocaban. Quinzi era un navegante siciliano bregado y si parecía dar tumbos por la costa de São Miguel era porque en realidad buscaba un lugar apartado en el que ocultar la carga que transportaba.

A bordo de su yate, además de viandas y lo necesario para su larga singladura, escondía cientos y cientos de kilos de cocaína procedente de Venezuela. ¿Cuántos? Oficialmente se habla de media tonelada, aunque hay quien recuerda que el barco podía transportar hasta 3.000 kg y sería raro que el siciliano se lanzase a su viaje oceánico sin aprovechar esa capacidad de carga. El caso es que Quinzi necesitaba llegar a un puerto en el que reparar su yate pero por motivos obvios no podía hacerlo con las bodegas atestadas de fardos.

Para salir del aprieto decidió desprenderse de la droga.

Algunas versiones cuentan que empleó un bote para llevar parte de la carga a una cueva, pero tuvo que abortar la misión al verse sorprendido por unos pescadores. Sea o no cierto el caso es que para librarse de gran parte de su cargamento Quinzi optó por otra solución más radical.

Una oleada de fardos

¿Cuál? Tras asegurarse de que los fardos no se estropearían con el agua, los metió en redes de pesca y luego los sumergió frente a la costa con ayuda de pesadas cadenas y un ancla. Una vez remató la faena, zarpó hacia el puerto de Rabo de Peixe, un humilde y discreto pueblo pesquero situado a poco más de 20 kilómetros de donde había ocultado el cargamento. El plan parecía perfecto, si no fuera porque el mismo oleaje que había obligado a Quinzi a buscar refugio acabó destrozando la red que ocultaba los fardos de coca.

El resultado: decenas y decenas de paquetes empezaron a emerger y las olas los arrastraron hacia el litoral. The Guardian cuenta cómo el primer aviso oficial se registró el 7 de junio de 2001, solo un día después de que se viese el yate de Quinzi merodear por los acantilados. Mientras paseaba por una cala un lugareño se encontró con una gran plástico negro que ocultaba lo que parecían decenas de ladrillos empaquetados. Avisó a la policía, que no tardó en comprobar que eran 270 fardos que pesaban en cerca de 300 kilos.

A lo largo de los días siguientes las autoridades recibieron avisos parecidos de gente que se encontraba con fardos mientras paseaba por las costas. Se dice que en solo dos semanas los agentes se incautaron de más de 400 kg de droga, lo que no es mal balance si se tiene en cuenta que la policía estimaba que el cargamento total rondaba los 500 kg.

Pero… ¿Y el resto? Y sobre todo, ¿transportaba en realidad el yate más droga, como recela uno de los periodistas lusos que cubrió el suceso? «El barco podía transportar hasta 3.000 kg y nadie cruzaría el Atlántico con solo una pequeña parte de lo que puede llevar», argumenta Nuno Mendes, un reportero que se desplazó desde Lisboa para cubrir la noticia.

Hubiese más o menos droga, casi cien kilos o muchos más, lo que parece evidente es que la mayor parte de esa cocaína sin requisar acabó en manos de los habitantes de São Miguel, donde viven apenas 140.000 personas. El foco se pone sobre todo en la población de Rabo de Peixe, uno de los pueblos más empobrecidos de Portugal. Las historias que se cuentan de cómo llegó aquel ‘maná’ narcótico a sus calles son tan rocambolescas, tan fuera de lo común, que aún hoy en día resulta difícil saber si son fantasía o hechos verídicos.

Se cuenta que los pescadores echaban cucharaditas de coca al café como si se tratara de azúcar, que había casas en las que se empezó a empanar el pescado con el polvo blanco e incluso que hubo chicos que creyeron que los fardos contenían tiza y la utilizaron para marcar las líneas de la portería en un campo de fútbol. ¿Realidad? ¿Puro folclore?

Copas de coca a 20 euros (o menos)

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Por supuesto circulan también relatos que muestran que no todo el mundo en la isla era tan ingenuo. Hubo quien vio en la carga perdida de Quinzi una oportunidad para enriquecerse rápidamente. Las historias en torno a ese boom del narcotráfico son menos pintorescas, pero igual de delirantes:  jóvenes caminando por São Miguel con bolsas de la compra llenas de coca, un trapichero que vendía tanta droga desde su coche que acabó con los asientos tiznado…

Se cuenta que había tanta coca (o quizás tan poca idea de su valor real) que algunos lugareños vendían vasos de cerveza hasta arriba de coca pura por 20 euros. Otros dicen que se podía comprar uno de esos ‘copos’ por solo cinco euros. La situación llegó hasta tal punto que a finales de junio la policía reconocía ya su miedo aun «tráfico masivo» de coca y en julio las cadenas locales ya emitían mensajes para advertir a los isleños de los riesgos del narcótico.

El problema no fue solo el aluvión de coca. Era el desconocimiento. La drogadicción no llegó a la isla con Quinzi, pero antes de que su yate asomase en el horizonte el problema lo representaban sobre todo la heroína y el hachís. Circulaba polvo blanco, pero era un lujo restringido para la élite. 

En 2017 El País recordaba que esa nueva realidad se dejó sentir rápidamente en los hospitales. «Tuvimos 20 muertes y un número incalculable de sobredosis en las tres semanas posteriores al desembarco. Pero son estadísticas no oficiales que improvisamos con la ayuda de médicos y el personal sanitario», relata Mendes.

Desde entonces varios medios han vuelto a São Miguel y Rabo de Peixe para averiguar cómo ha vivido la isla las últimas dos décadas. La huella de la coca parece aún aplastante. En 2022 Ara aseguraba que una parte relevante de la población de Rabo de Peixe había tenido problemas con las drogas.

El problema no era solo la cantidad de narcótico, sino sus características. Análisis posteriores mostraron que la pureza del alcaloide superaba el 80%. De hecho era tan potente que algunos consumidores se pasaron a la heroína para sobrellevar los síntomas de la abstinencia. «Fue una pesadilla. Algunos jóvenes que nunca habían tocado un cigarrillo empezaron a consumir cocaína», recuerda en Telegraph José Lopes, inspector de la policía judicial.

¿Y Quinzi? El siciliano que inició la historia acabó apresado. La policía logró seguirle la pista, lo detuvo y lo llevó a la prisión de Ponta Delgada a la espera de juicio. Apenas una semana y media después de su arresto logró fugarse en un episodio que daría para otro reportaje, pero no logró evitar durante mucho tiempo a la justicia. 

Al fin y al cabo estaba en una isla, las autoridades redoblaron los controles en los puertos y el aeropuerto y su foto acabó en las redacciones de los periódicos locales. Lo encontraron no mucho después, oculto en la casa de un pescador local.

Imágenes| Netflix 1 y 2, Wikipedia y Otávio Nogueira (Flickr)

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