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En 1973 un alemán soñó con explotar Lanzarote. 50 años después nadie ha sido capaz de mover las ruinas de su monstruo

De todas las arquitecturas fantasmas y abandonadas a su suerte en España, pocas como la sombra que se levanta en un paraje único de la geografía canaria. Su historia comienza en los primeros años setenta, en un momento en que Lanzarote se abría al turismo internacional al calor de un urbanismo expansivo, leyes favorables a la inversión extranjera y un clima de optimismo económico que parecía no tener límites. 

Y entonces llegó un “visionario”.

Un sueño hiperbólico. En aquel contexto, el empresario alemán Erick Becker imaginó en la costa del Rubicón un complejo turístico gigantesco, compuesto por cinco hoteles, un aparthotel, más de mil doscientos bungalows y una capacidad para cuatro mil personas. La pieza emblemática, el hotel Náutico (rebautizado con los años como Atlante del Sol), debía ser la puerta de entrada a una urbanización de capital germano que veía en Lanzarote un territorio idóneo para atraer visitantes europeos. 

La legislación de la época, encabezada por la Ley Strauss de 1968, incentivaba la inversión alemana en países en vías de desarrollo y contribuyó a dirigir hacia Canarias un aluvión de capital que encontró en la isla una oportunidad aparentemente perfecta. Sin embargo, la elección del emplazamiento demostraría ser un error mayúsculo

Turismo contra el paisaje. La costa del Rubicón presentaba un oleaje virulento, vientos constantes y una geografía abrupta sin playa ni acceso adecuado. En aquellas décadas, la infraestructura de Lanzarote era frágil, y la zona carecía incluso de una carretera que conectara el lugar con los núcleos habitados. 

A pesar de ello, el proyecto avanzó a trompicones, levantando la estructura principal del hotel antes de que la crisis del petróleo de 1973 paralizara la economía europea y arrastrara consigo una promoción que nunca llegaría a abrir sus puertas. Desde entonces, la mole inconclusa quedó abandonada, convertida en un esqueleto de hormigón sin uso que empezaba a insinuar la silueta fantasmagórica que marcaría su futuro.  

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Abandono, ilegalidad y ley. Tras el abandono del proyecto, el Atlante del Sol quedó suspendido en un limbo jurídico que la evolución posterior del urbanismo canario terminó resolviendo en su contra. El Plan Insular de Ordenación de Lanzarote de 1991, pionero en la protección del territorio insular, reclasificó la zona como suelo rústico de protección natural ecológica, anulando el carácter urbano que pudiera haber tenido bajo las normas de los años cincuenta y sesenta. 

Con el paso del tiempo, la zona fue incorporada además a la Red Natura 2000 como Zona de Especial Protección de Aves, reforzando su valor ecológico y blindando aún más su carácter no urbanizable. En paralelo, la legislación española y autonómica fue encadenando nuevas leyes del suelo en 1976, 1990, 1998 y 2007, que consolidaron una normativa ambiental mucho más exigente que la que existía cuando se otorgó la licencia original en 1972. 

Golpe final. El Tribunal Superior de Justicia de Canarias dejó claro en 2016 que esa vieja licencia carecía de validez operativa, porque una obra sin concluir pierde cualquier derecho amparado por normativa obsoleta cuando sobrevienen leyes posteriores. En esencia, lo que en los años setenta pudo ser legal dejó de serlo hace décadas. A ello se unía un hecho determinante: el inmueble nunca llegó a terminarse ni a usarse, y su estado actual (ruina absoluta, sin servicios, sin acceso y sin posibilidad técnica de convertirse en equipamiento operativo) impedía considerarlo obra patrimonializada. 

La justicia concluyó que revivir una licencia de 1972 resultaba tan improcedente como pretender que la isla no hubiera cambiado en cincuenta años. Esa sentencia selló, jurídicamente, el destino del hotel: o seguir abandonado o ser demolido.

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El hotel fantasma y vigilante. Con el paso del tiempo, el Atlante del Sol pasó de ser un proyecto frustrado a convertirse en un elemento extraño incrustado en uno de los espacios naturales más bellos y singulares de Lanzarote: las piscinas naturales de Los Charcones. Allí, entre el viento, la roca volcánica y los charcos cristalinos, el hotel abandonado adquirió una presencia inquietante, casi escultórica. 

Para los turistas que descubren la zona, la estructura semiderruida se ha vuelto parte del paisaje, un ejemplo de belleza en la decadencia que contrasta con la serenidad de las pozas naturales. Para otros, es una herida abierta, un recordatorio de la especulación de los años setenta y del urbanismo que se promovía sin atender a la realidad física del territorio. 

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Turismo del caos. Su inaccesibilidad (la ausencia de carretera sigue siendo hoy una de las principales limitaciones) lo ha mantenido fuera del circuito turístico convencional y ha contribuido a su degradación. El viento, el salitre y el abandono han hecho del edificio un cascarón peligroso, utilizado ocasionalmente como refugio improvisado por campistas desde los años setenta, especialmente en Semana Santa, cuando familias enteras llegaban a ocupar las habitaciones sin ventanas aplicando normas mínimas de convivencia. 

La estampa es tan insólita como reveladora: un hotel que nunca abrió convertido en campamento esporádico de quienes buscan una experiencia singular en un paraje aislado.

Entre la memoria, el negocio y la protección. A lo largo de las décadas, diferentes propietarios intentaron recuperar el destino del edificio, ya fuera otorgándole un uso turístico o transformándolo en un equipamiento asistencial. Entre ellos, la empresa Hipercan Don Jersey SL trató de reclasificar el suelo para convertir el hotel en un centro sociosanitario, alegando que la licencia de 1972 seguía teniendo vigencia y que la reforma permitiría dotar al municipio de un nuevo servicio público. 

Pero las administraciones mantuvieron una posición firme: Yaiza ya disponía de equipamientos suficientes, el inmueble estaba en ruinas y los terrenos pertenecían a un espacio natural protegido cuyo valor ecológico debía prevalecer sobre cualquier intervención. Los tribunales confirmaron esta postura reiteradamente. Ni el argumentario patrimonial, ni la intención de reconvertir el edificio, ni la apelación a inversiones antiguas lograron revertir una situación que jurídicamente estaba cerrada desde hacía décadas. Incluso si existiera voluntad de reconstruir, el coste de rehabilitación sería desorbitado. Y si se optara por la demolición, la operación (valorada en más de un millón de euros) requeriría afrontar obstáculos técnicos y medioambientales considerables.

Futuro incierto. En los últimos años, la discusión sobre el futuro del Atlante del Sol ha recuperado fuerza gracias a reportajes y redescubrimientos mediáticos. Algunos residentes sostienen que, de haber prosperado el proyecto original, la zona estaría hoy mucho más desarrollada, con infraestructuras, servicios y actividad económica alrededor de Los Charcones. Otros, en cambio, defienden que la demolición devolvería al enclave su estado natural y restauraría la pureza paisajística de uno de los rincones más apreciados de la isla. 

Para visitantes y fotógrafos, el contraste entre la naturaleza intacta y el eco del fracaso arquitectónico añade un valor casi poético al lugar. En ese sentido, el Atlante del Sol se ha convertido en un símbolo de otra época: el ejemplo de una planificación turística apresurada, desconectada de la realidad ambiental, guiada por políticas expansivas y expectativas desmedidas. Un proyecto que quiso desafiar el viento y la geografía y terminó convirtiéndose en una cicatriz persistente. 

Hoy, medio siglo después, la ruina sigue en pie, sometida al viento, la sal y el tiempo, vigilando silenciosamente las piscinas naturales más bellas de Lanzarote. Su destino continúa sin resolverse, atrapado entre la nostalgia, la burocracia, la protección ecológica y la carga económica que implicaría cualquier intervención. Mientras tanto, el hotel fantasma seguirá siendo lo que siempre ha sido: una advertencia esculpida en hormigón sobre los límites de la ambición turística y un recordatorio permanente de que no todos los sueños que tuvieron forma de edificio estaban destinados a levantarse frente al mar. 

Imagen | Wolfgang Sterneck

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