POR: EL HUSMEADOR

Gertz Manero: ¡El fiscal que sepultó la justicia en un pantano de impunidad!
En un giro que nadie lamentará –salvo quizás los fantasmas de los casos sin resolver–, Alejandro Gertz Manero ha presentado su renuncia irrevocable como titular de la Fiscalía General de la República (FGR). Lo hizo este 27 de noviembre de 2025, en medio de un Senado convulsionado por rumores y sesiones a puerta cerrada, donde hasta prohibieron el acceso a la prensa para «discutir» su salida.
Seis años y medio de un mandato que prometía ser el ariete contra la corrupción –recordemos las fanfarrias de 2019, cuando López Obrador lo ungía como el salvador autónomo de la justicia– terminan no con un portazo de dignidad, sino con un susurro de derrota. Gertz se va, pero deja tras de sí un legado gris, opaco y asfixiante: una institución convertida en oficina particular, donde la persecución selectiva y la inacción crónica han sido la norma.
Hablemos claro: la actuación de Gertz Manero no ha sido solo mediocre; ha sido un desastre calculado, un papel gris que oscurece cualquier atisbo de esperanza en el sistema judicial mexicano. Nombrado con 91 votos en el Senado como el primer fiscal «independiente» de la era posreforma, su gestión ha brillado por ausencia de logros. ¿Cuántos corruptos de alto calibre duermen en prisión gracias a él? Cero. Casos emblemáticos como el de Emilio Lozoya y Odebrecht se desmoronaron como castillos de naipes, con carpetas de investigación tan endebles que los jueces las desechaban una y otra vez.
Y cuando las cosas salían mal –que era siempre–, Gertz no asumía: culpaba al Poder Judicial, a la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) o a quien se le pusiera enfrente. En julio de 2025, ante el escándalo de Pegasus y los sobornos a Peña Nieto, el fiscal se lavó las manos alegando «falta de ratificación de denuncias», como si la FGR fuera una notaría y no el brazo ejecutor de la justicia.
¿Impunidad administrada? Exacto. Así lo describen expertos como Estefanía Medina de Tojil: un funcionario que «gestiona la impunidad» en lugar de combatirla.
Pero el gris de Gertz va más allá de la ineficacia; es un tono turbio, teñido de intereses personales y sumisión al poder. Encuestas como la de MCCI-Reforma de 2022 revelan que el 79% de los mexicanos lo considera corrupto, y el 88% cree que usó la FGR para resolver sus líos familiares –piensen en las investigaciones contra su sobrino o las pautas publicitarias extorsivas que le adjudicaron en 2025.
Reformas regresivas, como las que impulsó para centralizar el poder en su oficina, no hicieron más que opacar la transparencia prometida. Y ni hablemos de su bajo perfil maquiavélico: mientras AMLO lo blindaba, Gertz perseguía a «enemigos» selectivos –opositores, periodistas, activistas– pero dejaba intactos a los peces gordos del viejo régimen. ¿Autonomía? Una farsa. Era el fiel escudero de Palacio Nacional, un gris funcionario que priorizaba la lealtad sobre la ley. Ahora, ¿qué futuro le espera a la FGR tras esta renuncia? El Senado debe ratificarla en votación calificada, argumentando «causas graves» –un trámite que huele a eufemismo para encubrir el fracaso.
Mientras, un interino tomará las riendas –quizás Glafira Ramírez, subprocuradora actual–, pero el verdadero drama está en la sucesión. Nombres como Ernestina Godoy, consejera jurídica de Sheinbaum, o Arturo Zaldívar, el exministro de la SCJN, suenan fuerte en los pasillos morenistas. Godoy, exfiscal de la CDMX, trae bagaje de lealtad a la 4T; Zaldívar, con su historial de reformas controvertidas, promete continuidad en el control político. ¿Independencia real? Difícil. Bajo Sheinbaum, la FGR podría mutar a un instrumento aún más afinado al Ejecutivo, con énfasis en «justicia social» que, en la práctica, signifique más selectividad y menos rendición de cuentas. Sin una reforma profunda –que devuelva autonomía real, fortalezca la investigación técnica y acabe con la politización–, la fiscalía seguirá siendo un elefante blanco, gris y estéril. La renuncia de Gertz no es un triunfo; es un alivio pírrico.
México merece más que un relevo de sillas en el banquete de la impunidad. Exigimos un fiscal que no administre el desastre, sino que lo desmantele. Si Sheinbaum y el Senado fallan, el gris se convertirá en negro: el de una justicia muerta. ¿Escucharán? La historia, cruel como siempre, ya tiene la respuesta.












