Windows 95 aún sostiene una parte esencial de esta empresa en Alemania. La pregunta es cuánto tiempo más aguantará

A estas alturas, casi todo el mundo sabe que Windows 10 tiene los días contados y que su soporte se apagará pronto. Microsoft empuja fuerte hacia Windows 11, pero el salto no es gratis, los requisitos de hardware levantan una barrera que obliga a muchos a renovar sus equipos. En materia de seguridad, las recomendaciones son claras, quedarse en un sistema sin soporte significa exponerse a fallos y a vulnerabilidades sin solución. Ese es el marco general. Y, aun así, hay historias que ponen en cuestión el manual y nos obligan a mirar la compatibilidad desde otro ángulo.
La teoría dice que nadie debería seguir dependiendo de sistemas que quedaron obsoletos hace décadas. La práctica es distinta. En Alemania, cuenta WDR, un negocio agrícola funciona gracias a un software específico que corre sobre Windows 95, un sistema que en agosto cumplió 30 años. La parte crítica de la línea descansa en una cadena de compatibilidades que sostiene producción y trazabilidad. Migrar suena lógico, pero cada cambio amenaza controladores, periféricos y calibraciones. Por eso el dilema no es nostalgia, es continuidad operativa en una planta que no puede pararse.
Cuando el negocio depende de 1995
Hablamos de una granja con una máquina que domina todo el proceso, desde la bandeja de entrada hasta el empaquetado final. El flujo está milimetrado, los huevos avanzan, se pesan, se etiquetan por calidad y se distribuyen en formatos comerciales de seis y de diez. La coordinación la lleva un software desarrollado para la máquina, que funciona sobre Windows 95 y utiliza su entorno para interactuar con sensores y periféricos. Esa convivencia explica por qué el negocio sigue atado a un sistema de hace treinta años, cambiar un eslabón puede desajustar toda la cadena.
Si el sistema se cae, la línea mecánica seguirá moviendo huevos, pero todo el registro digital desaparece. La trazabilidad tendría que hacerse a mano, con más trabajo y más riesgo de error. El hecho de que el equipo no esté conectado a internet reduce ciertas amenazas, pero no elimina otras mucho más prosaicas, discos duros antiguos, impresoras descatalogadas o componentes eléctricos agotados por el uso. En ese punto, el problema no sería un ciberataque, sino la dificultad de encontrar un repuesto a tiempo para mantener viva la producción. La estabilidad es real, la resiliencia lo es menos.

El coste de reemplazar la línea va mucho más allá de comprar una máquina nueva. Según explica el encargado, equivale a la inversión necesaria para una casa de familia, una cantidad que muchas explotaciones no pueden asumir de golpe. Además, la sustitución exige paralizar la producción durante semanas, certificar procesos y volver a entrenar al personal. Mantener el sistema actual tampoco es gratis, obliga a rastrear componentes que solo existen en catálogos de segunda mano. La decisión se convierte en una balanza, modernización millonaria o mantenimiento artesanal del ecosistema heredado.
El caso sirve para quienes planifican el salto de Windows 10 a Windows 11. El fin de soporte está forzando a empresas de todos los tamaños a auditar inventarios, drivers y aplicaciones internas antes de mover ficha. La lección es sencilla y exigente a la vez. Forzar la actualización sin validar la cadena completa puede romper procesos críticos, mientras que quedarse inmóvil eterniza riesgos y dependencias. Entre ambos extremos, la hoja de ruta pasa por medir, probar y migrar por fases, con prioridades claras y reversibilidad.
La foto global lo confirma. La FAA en Estados Unidos impulsa una renovación que apunta a retirar tecnologías obsoletas en sistemas de control aéreo y a dejar atrás el uso de disquete. Japón cerró en 2024 la era del disquete en la administración tras una limpieza regulatoria que eliminó cientos de trámites que lo exigían. Y en San Francisco, el operador del metro ha financiado la sustitución de un control ferroviario que todavía dependía de cargar software desde disquetes. El patrón se repite más de lo que parece.
Imágenes | Microsoft | Katie Bernotsky