Cultura

«El discurso apocalíptico es muy peligroso y nocivo porque políticamente desactiva a la sociedad»: Juan Pablo Villalobos

El escritor mexicano que radica en Barcelona acaba de publicar «Peluquería y letras» (Anagrama, 2022″, una novela que simula una comedia delirante con una profundidad desde la que analiza los temas que le interesan: la violencia, la migración, la xenofobia, la desigualdad y la pobreza

“Peluquería y letras” (Anagrama, 2022), la nueva novela del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos aparenta ser una novela de enredos con puro divertimento, incluso hace brotar la carcajada por sus episodios delirantes; sin embargo, debajo de esa historia de vida feliz y estable, hay una exploración profunda de la falsa estabilidad que apura el conservadurismo y una reflexión sobre la comunidad de un barrio en Barcelona, que puede extrapolarse a la sociedad y al discurso apocalíptico del México que vivimos.

Este libro parece distinto y alejado de los temas que le interesan al narrador mexicano nacido en Lagos de Moreno, Jalisco, en 1973: la violencia, la xenofobia,el racismo, la discriminación, la pobreza, la desigualdad, la migración, la vejez, y lo es, sin embargo, en el fondo están como contexto lo social, lo político y lo económico que a Villalobos siempre le han interesado, “lo que solemos llamar la Historia con mayúscula, pero a través de la historia con minúsculas, de esas anécdotas aparentemente intrascendentes, frívolas, banales pero que son nuestro día a día; y por debajo de esa cotidianidad aparentemente inofensiva, aparentemente insignificante, están todos los conflictos, y esos conflictos se manifiestan a partir de lo afectivo, de lo familiar, de las relaciones con las personas que están más cerca”, afirma el narrador.

En entrevista, el también autor de “Yo tuve un sueño”, “Fiesta en la madriguera”, “Si viviéramos en un lugar normal”, “Te vendo un perro”, “La invasión del pueblo del espíritu” y “No voy a pedirle a nadie que me crea”, con la que obtuvo el Premio Herralde de Novela 2016, asegura que en México hay un discurso muy peligroso apocalíptico que hemos aceptado, aquel que reza que México no tiene solución y ya no se puede hacer nada, y que es tan nocivo que políticamente desactiva a la sociedad; pero además, asegura, es un discurso que abunda también en la literatura mexicana que se publica y circula en librerías.

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Foto: EL UNIVERSAL /  Germán Espinosa

¿Querías que en esta novela hubiera un juego aún más claro entre verdad y ficción?
Casi todas estas reflexiones que son muy serias en términos de lo que a mí realmente me interesa reflexionar en la literatura están puestas en clave humorística, como chistes y como parodias. Hay una cierta literatura vinculada a un determinado tipo de escritor, un ser que va a vivir al límite para después volver de esas experiencias y poder contarlas.

El paradigma es Hemingway, él va a la guerra, va de safari, va a cazar un oso con sus manos y vuelve para contarlo. Yo no voy a cazar un oso ni quiero ni me interesa, ni tampoco pretendo ir a la guerra; entonces primero hay como un posicionamiento en contra de la figura de ese escritor, y luego hay un posicionamiento más serio que tiene que ver con cuestionar qué tanto realmente uno puede plasmar lo que vive cuando sabemos que el lenguaje es limitado y muchas veces no nos alcanza para representar nuestras percepciones, emociones y sentimientos. Pero, además, que al fin y al cabo la literatura está hecha de palabras, de figuras retóricas y que sería muy ingenuo creer que estamos representando la realidad de una experiencia. Incluso los escritores más realistas, más costumbristas, más convencionales no es que estén escribiendo la realidad tal cual es, están escribiendo la convención.

¿Por eso tu interés en mostrar cómo escribes y qué es para ti la literatura?
El escritor que asume que esa construcción es la realidad está representando las convenciones sin transgredirlas, y a mí lo que interesa, lo que yo reivindico como “literatura de la imaginación”, es el cuestionar esa convención, no para transgredirla como simple provocación sino para repensarla. Y es ahí donde pienso en México en la actualidad. Hay ahora un discurso muy peligroso que hemos aceptado, que es el discurso apocalíptico que circula mucho en México; que es decir: “México no tiene solución”.

¿Ese es el discurso apocalíptico que nos puede neutralizar como sociedad?
Sí, es un discurso apocalíptico de no se puede hacer nada, y detrás de ese discurso hay una serie de ideas muy tóxicas, como que los mexicanos somos violentos, somos corruptos. Luego hay análisis antropológicos de que ya los aztecas lo eran, como si hubiera algo esencial en el mexicano y eso me parece muy tóxico y nocivo porque entonces políticamente nos desactiva. Es como “ya no hay nada que hacer, ya no protestamos, no nos quejamos, ya no hacemos nada por cambiar la realidad”.

El problema es que otros lo van a aprovechar. Si tú no quieres participar políticamente, y una gran parte de la sociedad se desvincula de la política, quien gana son los discursos de la antipolítica, el trumpismo o el bolsonarismo, esos son fenómenos que han triunfado porque gran parte de la población se ha distanciado de la acción política, ha dejado de creer en la política.

¿Una situación que se puede extrapolar a México?
Es que nosotros tenemos que tener cuidado porque fuimos pioneros en la antipolítica, los 80 años del PRI nos llevaron a un consenso y ese consenso era: “todos los políticos son corruptos, todos los políticos son iguales, todos”, y no es verdad; tenemos que volver a creer que eso no es verdad, podemos decir: “la mayoría de los políticos son corruptos”, es distinto; cuando decimos “la mayoría”, entendemos que hay una minoría y entonces ¿por qué no intentamos con la minoría?, eso implica que ahí tenemos una posibilidad; pero sí decimos “todos”, no se puede hacer nada y abandonamos el espacio de la acción política.

¿Y ante eso a quién le va bien?
Pues a los discursos más violentos, a los discursos discriminatorios, a los discursos reaccionarios que utilizando el miedo vienen y nos dicen: “necesitamos mano dura, necesitamos pena de muerte, necesitamos armar a la sociedad”. ¿Pero estamos locos o qué? Si armamos a la sociedad lo único que vamos a tener es una guerra civil en diez años; es una locura absoluta lo que está proponiendo ahora el PRI, es de dementes.

¿El peligro de la acción mediante las armas?
En la situación en la que está México pensar en que las armas empezaran a circular de manera legal y que se distribuyeran más de las que ya de por sí hay, nos llevaría a situaciones de “el perro del vecino está ladrando ‘voy y mato al perro’” y el vecino sale y mata al vecino; es decir, entraríamos en situaciones absolutamente absurdas de violencia. Entonces, hay un momento muy peligroso de aceptar esos discursos sin crítica. 

¿Pero es privativo de la realidad o ese discurso está en la ficción?
También está en la literatura, hay muchísima literatura apocalíptica, muchísima literatura mexicana que está abordando la violencia como una representación del horror, que lo que pretende es escandalizar y desmoralizar al lector supuestamente para que reaccione, pero lo que sucede cuando lees esos libros es que te asustas y cuando terminas de leer esos libros dices “puta, casi que voy a salir corriendo y me voy a esconder”.
En esas estábamos hablando de una novela aparentemente divertida que en la profundidad nos confirma que eres provocador y cuestionas todo.
Ese libro era parte de otra experiencia. Yo estaba escribiendo otro libro más largo donde estaba hablando de la utopía y de la felicidad, y desde ese libro se desprendió este librito en el que quedaron las reflexiones más metanarrativas, las reflexiones sobre el ejercicio de la escritura y del escritor en la sociedad. Lo que sucede es que cuando yo estoy escribiendo esto, leyendo y estudiando desde la antropología, la sociología, las religiones, el concepto de felicidad y de utopía, hay un momento en el que veo que alrededor de la felicidad está la idea de la estabilidad y narrativamente los cuentos infantiles ya nos lo enseñan: “fueron felices y comieron perdices”, ahí se acabó el cuento y ya no hay nada que contar. Tolstoi dice: “todas las familias felices son iguales” como si entonces solo hay que contar las historias de las familias desgraciadas. Úrsula K. Le Guin señala que lo que dice Tolstoi es una frase que suena muy bien, pero es mentira. Estoy de acuerdo con ella, porque es mentira.

Y segundo la idea de la estabilidad nos dice que la felicidad es un lugar al que hay que llegar y una vez que llegas ya; pero la estabilidad es el discurso número uno del conservadurismo ¿qué quiere el conservadurismo?, que nada cambie. Si alguien logra ascender socialmente o si alguien ya nació con esos privilegios, dice “güey, que nada cambie”. Y está bien, pero lo que es pernicioso es que el que trata de defender su posición de estabilidad lo que hace es defenderse de lo que está a su alrededor, actúan ante su realidad de manera defensiva y lo que más me preocupa es que en la defensa de la estabilidad surgen muchas violencias, que no son las violencias de las armas y de los asesinatos pero que son violencias simbólicas; por ejemplo, que no cambien las leyes para que las demás personas tengan más derechos porque si tienen más derechos, híjole.

¿Y tú que estás por la “literatura de la imaginación” hablas de la realidad?
Creo que la tendencia que tenemos la mayoría de las veces los escritores, es a escribir de los momentos en los que la Historia con mayúsculas irrumpe en la cotidianidad, pero irrumpe de manera exagerada; es decir, aparece la violencia o aparece lo que entendemos como relevante desde un punto de vista histórico. Los novelistas siempre trabajamos con lo cotidiano, con la vida común y corriente, pero solemos focalizarnos y contarla cuando va a aparecer lo importante, y aquí en “Peluquería y letras” como que no va a aparecer lo importante nunca, o va a estar muy escondido y es más bien el lector el que tiene que ir sospechando dónde se está escondiendo ese otro discurso que sí que está hablando de los temas que siempre me han preocupado y que me siguen preocupando: el racismo, la xenofobia, la violencia, los discursos de odio.

Y sobre todo este libro tiene una reflexión, ahí sí muy explícita sobre cuál es el lugar del escritor y su posición respecto de su activismo, o responsabilidad social, la idea del escritor que tiene que comprometerse con su realidad. Está el tema y hay una reflexión allí como de decir, hay que hablar de esto sí, pero hay que tener cuidado de cómo se hace y que a veces se instrumentalizan esos temas simplemente para hacer un buen libro.

¿El escritor va moldeando ese pedazo de realidad y lo va moldeando o deformando?
De hecho es una novela en clave, como dirían los franceses, sobre cómo escribo y cómo he escrito mis otros libros y es una puesta en escena del ejercicio de escritura; es decir, el escritor nos narra que está escribiendo ese libro que estamos leyendo, mientras lo vamos leyendo, y hay ahí una intención de vincular la escritura no sólo con la cotidianidad, sino con algo muy específico de mi vida que es el caminar, no sólo como narrador sino como lector me gustan mucho y siempre me han interesado los escritores que pasean, los escritores que vagabundean, como Efrén Hernández, por ejemplo, en el caso de México, que es un escritor que me encanta.

La vida y escritura es ese ir andando y encontrando las cosas, encontrando las personas y descubriendo, en mi casa, qué hay de literatura en eso que me voy encontrando en lo cotidiano.

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